La mora que se coge de una zarza y la que se coge de un árbol comparten nombre, color y capacidad de manchar la camiseta, y poco más. La primera sale de un Rubus, pariente de la rosa. La segunda sale de una morera, del género Morus, familia de las moráceas, la misma de la higuera. Ni siquiera son el mismo tipo de fruto: la mora de zarza es un conjunto de drupitas de una sola flor, mientras que la de morera es una sorosis, un fruto compuesto por decenas de flores diminutas que se fusionan al madurar. De ahí que cada mora de morera lleve incrustado ese rabito filiforme que no hay manera de quitar.

Aclarado eso, las moreras son de los frutales más fáciles que se pueden plantar en España: aguantan calor, caliza y sequía, se multiplican solas por estaca y empiezan a dar fruto pronto.

Las especies que interesan

El género tiene una docena larga de especies, pero en la práctica peninsular todo se reduce a tres, más algún híbrido.

Morus alba, la morera blanca. Originaria del centro y norte de China, llegó a la península con la industria de la seda: sus hojas son el alimento del gusano Bombyx mori. Es la de crecimiento más rápido, la más plantada en calles y caminos, y la que se usa como portainjertos. Sube a 12 o 15 metros, con hojas muy variables —enteras o con dos, tres y cinco lóbulos en la misma rama— y fruto que madura en junio, blanco, rosado o negruzco. Su mora es dulce pero sosa: azúcar sin acidez que la sostenga. Se planta por la sombra, por el forraje y por la rapidez, no por el sabor.

Morus nigra, la morera negra o moral. Procede de Asia occidental y lleva en el Mediterráneo tanto tiempo que se comporta como propia. Es un árbol más bajo y más lento, de 8 a 10 metros, de tronco pronto retorcido y aspecto viejo desde joven, con hojas gruesas, ásperas al tacto y casi siempre acorazonadas sin lóbulos. Su fruto es otra cosa: mora grande, de un morado casi negro, jugosa y con una acidez que equilibra el dulzor. Quien plante una morera por la fruta, planta esta. La contrapartida es que crece despacio, tarda algo más en entrar en producción y es algo menos resistente al frío intenso.

Morus rubra, la morera roja americana. Poco frecuente en viveros españoles. Muy rústica al frío, fruto bueno, intermedio entre las dos anteriores. Su interés real aquí está en los híbridos con M. alba, como 'Illinois Everbearing', que producen durante muchas semanas seguidas en lugar de concentrar toda la cosecha en veinte días.

Conviene separar dos árboles que se confunden con las moreras y no lo son. La morera de papel (Broussonetia papyrifera) tiene hojas parecidas y un fruto anaranjado esférico y peludo, nada que ver con una sorosis alargada; rebrota de raíz con enorme agresividad y se ha convertido en una molestia en varias ciudades españolas. Y la maclura (Maclura pomifera) da unas bolas verdes rugosas del tamaño de una naranja que no se comen. Ninguna de las dos da moras.

Moras maduras de Morus nigra en la rama

Macho, hembra y la decisión que hay que tomar antes de plantar

Las moreras suelen ser dioicas: hay pies masculinos y pies femeninos, aunque algunos ejemplares cambian de sexo o presentan ramas de ambos. Solo los femeninos dan fruto, y no necesitan macho cerca porque muchas variedades cuajan por partenocarpia.

Los clones sin fruto que se venden para arbolado urbano —'Fruitless', 'Sterile', 'Kagayamae'— son en su mayoría pies masculinos. No ensucian el suelo, pero florecen en marzo y sueltan polen anemófilo en cantidad, y el polen de Morus es un alérgeno relevante en ciudades como Madrid, Zaragoza o Córdoba. Es decir: elegir un árbol sin moras resuelve la mancha en el pavimento y puede agravar la primavera de alguien alérgico en casa. Merece la pena decidirlo a conciencia y preguntar en el vivero si el clon es masculino o realmente no floreciente.

Dónde va y en qué suelo

Pleno sol, sin discusión. A la sombra la morera se alarga, no fructifica en condiciones y da moras aguadas. Soporta el calor extremo del verano interior y también el viento, aunque su madera es blanda y las ramas largas se parten en tormentas fuertes.

Del suelo no exige casi nada: franco, arenoso o algo arcilloso, ácido o calizo, incluso pobre. No da clorosis férrica en terrenos calizos, lo que la hace útil en zonas donde el melocotonero o el kiwi dan problemas. Lo que sí la mata es el agua parada: en suelo compactado con encharcamiento invernal la raíz se asfixia y el árbol se seca por la punta de las ramas hacia abajo.

Sobre la distancia, hay que ser serio. El sistema radicular de Morus alba es superficial y expansivo; levanta soleras, aceras y bordillos y busca las juntas de las tuberías antiguas. Seis metros como mínimo hasta cualquier cimiento o pavimento, y ocho si el ejemplar va a llegar a adulto sin poda. Morus nigra es más contenida, pero tampoco es árbol de alcorque estrecho.

Y el detalle que se olvida al plantar en enero: en junio caerán moras. Bajo un árbol femenino no ponga piedra clara, madera de terraza, tendedero ni el sitio de aparcar el coche. La mancha de mora, ayudada por los pájaros que las comen y las reparten, es de las que no se van con agua.

Riego, abonado y qué esperar cada año

Los dos primeros años son los que deciden si el árbol será autónomo o dependiente. Riegos profundos y espaciados: mojar bien 40 o 50 centímetros de perfil una vez por semana en verano hace que la raíz baje a buscar agua. Riegos cortos y diarios mantienen las raíces arriba y crean un árbol que se marchita a la primera semana sin goteo.

Pasado el tercer o cuarto año, una morera establecida vive prácticamente de secano en la mitad norte y con dos o tres riegos de apoyo en julio y agosto en el sur y el interior. Ahora bien, si se busca fruta y no solo sombra, hay un periodo que no admite sed: de mediados de mayo a la recolección, mientras la mora engorda. Un golpe de calor con el suelo seco en ese momento da moras pequeñas, secas y que caen antes de tiempo.

El abonado es mínimo. Compost o estiércol bien hecho extendido bajo la copa al final del invierno, cada uno o dos años, y listo. El exceso de nitrógeno produce brotes largos y acuosos, madera todavía más frágil de lo que ya es y menos fruto.

Multiplicación: estaca, injerto y por qué la semilla decepciona

Estaca leñosa. Es el método clásico y funciona muy bien en Morus alba. En diciembre o enero se toman trozos de madera del año anterior, de unos 25 centímetros y grosor de lápiz, con tres o cuatro yemas, y se entierran dejando una fuera, en arena o en tierra ligera y a la sombra. En primavera enraízan buena parte. Con hormona de enraizamiento sube el porcentaje.

Estaca de Morus nigra. Aquí baja mucho la fiabilidad: la morera negra enraíza mal de madera dura. Da mejor resultado el esqueje semileñoso de junio con niebla o campana, o directamente el acodo, o el injerto de púa o escudete sobre pie de Morus alba. Un moral injertado empieza a dar moras en dos o tres años.

Semilla. Germina bien tras un mes o dos de estratificación en frío, pero da plantas variables, tardías en producir y de sexo desconocido hasta que florecen, cinco o seis años después. Como diversión está bien; para tener fruta, no.

La época de plantación es de noviembre a febrero, con el árbol dormido, obligatoriamente si va a raíz desnuda. En contenedor puede estirarse a marzo, evitando plantar con calor.

Poda: cuándo y cuánto

El momento no es indiferente. Las moreras sangran savia abundantemente si se cortan al final del invierno o al arrancar la primavera, y esa savia que corre por la corteza favorece pudriciones. Lo apropiado es podar en otoño, con la hoja ya caída, o hacer cortes finos en pleno verano.

En los primeros años, poda de formación: un eje claro, la cruz a la altura que interese, tres o cuatro ramas madre bien repartidas y fuera lo que se cruce. A partir de ahí, mantenimiento ligero, aclareo del interior y retirada de madera seca.

El desmoche anual o bianual —dejar el tronco con muñones— se lleva haciendo desde siempre con las moreras de calle porque el árbol lo tolera. Tolerarlo no es lo mismo que estar bien: cada muñón grueso es una puerta abierta a hongos de pudrición, el tronco se va vaciando por dentro y los chupones que rebrotan quedan mal anclados a la corteza. Ese es el árbol que se abre por la mitad en una tormenta de agosto veinte años después. En un jardín particular no hay ninguna razón para desmochar; si el árbol es demasiado grande para el sitio, el problema fue elegir el sitio.

La forma llorona Morus alba 'Pendula' se trata aparte: no crece a lo alto porque su altura es la del injerto, así que la poda consiste en recortar las ramas que arrastran por el suelo y vaciar el interior de la cúpula cada dos o tres años para que entren luz y aire.

Frío, plagas y otros problemas

Morus alba establecida aguanta sin daño −15 °C, y la var. tatarica bastante más, lo que la hace válida para casi toda la península. Morus nigra es algo más delicada y se comporta mejor por debajo de los −12 °C aproximadamente; en la meseta norte se planta, pero prefiere resguardo. Lo que castiga la cosecha en zonas frías son las heladas tardías de abril: el árbol rebrota sin problema, pero la floración quemada se traduce en un año sin moras.

Sanitariamente son árboles tranquilos. Se ven focos de cochinilla en ramas de ejemplares estresados, algo de pulgón en los brotes tiernos de primavera que se corrige solo, y en años lluviosos podredumbres del fruto. En suelos encharcados y con heridas de poda mal hechas puede instalarse Armillaria en el cuello, y contra eso no hay tratamiento práctico: se previene con drenaje y no regando contra el tronco.

El látex blanco que sueltan hojas y ramas al cortarlas irrita piel y mucosas sensibles, y los frutos verdes sientan mal. Guantes para podar y esperar a que la mora esté hecha resuelve ambas cosas.

Recoger la mora, que es lo difícil

La mora madura entre finales de mayo y julio según especie, clima y altitud, y lo hace de forma escalonada durante tres o cuatro semanas. No hay una fecha de cosecha: hay una temporada de pasar por debajo cada dos días.

La mora está en su punto cuando se desprende con el mínimo roce. Si hay que tirar, le falta, y sabrá ácida y áspera. Como es imposible ir cogiéndolas una a una en un árbol de ocho metros, el método clásico sigue siendo el mejor: extender una sábana o una malla bajo la copa y sacudir suavemente las ramas. Cae lo maduro y se queda lo verde.

El fruto es extremadamente perecedero: dos días en la nevera y empieza a fermentar. Ese es el motivo de que la mora de morera no se vea en fruterías, no que sea rara o mala. En casa se come el mismo día, se congela extendida en bandeja o se destina a mermelada, licor o zumo. Y se maneja con delantal viejo, porque el zumo tiñe.

Para qué más sirven

Más allá de la fruta, la morera cumple varios papeles a la vez. Como árbol de sombra es de los mejores para clima seco: hoja grande, copa densa desde mayo, y en cuanto cae la hoja en noviembre deja pasar el sol de invierno a la fachada. Como forraje, sus hojas tienen un contenido proteico alto y se han usado siempre para alimentar cabras, ovejas y conejos; es una fuente de alimento veraniega valiosa en secano. La seda sigue siendo su vínculo histórico: Bombyx mori come hoja de Morus alba y de nada más. Y la madera, dura, flexible y de veta bonita, se ha empleado en tonelería, aperos y torneado.

En resumen

Si el objetivo es fruta, Morus nigra injertada; si es sombra rápida o forraje, Morus alba. Ambas quieren pleno sol, toleran caliza, sequía y calor, y solo rechazan el suelo encharcado. Plántelas entre noviembre y febrero a seis metros largos de cualquier pavimento o cimiento, riegue en profundidad los dos primeros años y no las deje pasar sed mientras la mora engorda en mayo y junio. Pode en otoño, ligero y de formación, en lugar de desmochar cada invierno. Y asuma desde el principio que en junio caerán moras: elija bien lo que hay debajo del árbol y tenga la sábana preparada.


Contenidos relacionados