Hasta 1941 esta conífera solo se conocía por sus fósiles. El paleobotánico japonés Shigeru Miki describió el género Metasequoia a partir de restos de hace millones de años y lo dio por extinguido, y ese mismo año un forestal chino localizó unos árboles enormes y desconocidos en un valle de Hubei que resultaron ser exactamente eso. El género volvió del registro fósil a la lista de árboles vivos, y en 1948 el Arnold Arboretum repartió semillas por medio mundo. Todas las metasecuoyas que hoy crecen en parques españoles descienden de aquel puñado de semillas.
Cómo es el árbol
Metasequoia glyptostroboides pertenece a las cupresáceas y tiene una particularidad que la separa de casi todas las coníferas que conocemos: es caduca. En otoño no pierde solo las acículas, sino las ramillas laterales enteras, que se desprenden como pequeñas plumas. Antes de caer, el follaje pasa del verde claro a un tono cobrizo anaranjado que dura dos o tres semanas.
El porte es cónico y muy regular, con una guía central marcada. En cultivo alcanza de 25 a 35 m con el tiempo, y en sus poblaciones de origen se han medido ejemplares de 50 m. El crecimiento es lo que sorprende: en suelo profundo y con agua, de 60 cm a 1 m al año durante las primeras décadas. Un árbol plantado con dos metros de altura pasa de los diez en menos de quince años.
La corteza es fibrosa, de un pardo rojizo que se desprende en tiras longitudinales. Con la edad, la base del tronco desarrolla unos contrafuertes acanalados muy característicos, y bajo la inserción de cada rama se forma una depresión profunda que en inglés se llama coloquialmente la "axila" del árbol.
Distinguirla de las que se le parecen
Hay dos confusiones habituales y la primera se resuelve en tres segundos con las hojas en la mano.
El ciprés calvo (Taxodium distichum) también es una conífera caducifolia de aspecto similar. La diferencia decisiva: en Metasequoia las acículas y las ramillas se disponen de forma opuesta, enfrentadas dos a dos; en Taxodium son alternas. Mira una ramilla a contraluz y lo verás sin dudar. Además, el ciprés calvo emite neumatóforos —esas rodillas de madera que asoman del suelo en terrenos encharcados— y la metasecuoya no.
La segunda confusión es de nombre. La secuoya roja (Sequoia sempervirens) y la secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum) son perennes, viven mucho más y necesitan condiciones distintas. Quien pide una metasecuoya pensando en el árbol milenario de California se va a llevar otra cosa: la Metasequoia es longeva pero no en esa escala, y su interés está en el crecimiento rápido y en el follaje que se renueva cada año.
Clima: dónde prospera en España
El frío no le preocupa. Aguanta -25 °C sin daño, y en algunos ensayos ha soportado temperaturas inferiores. En Castilla y León, Aragón, Navarra o cualquier zona de montaña el invierno no es un obstáculo.
Lo que la limita es la sequedad. La metasecuoya viene de valles húmedos y umbríos con precipitación abundante todo el año, y no tolera la combinación de aire seco, calor fuerte y suelo que se agota. En el interior peninsular, con julios de 38 o 40 °C y humedad relativa baja, el follaje se quema por los bordes, la copa clarea y el crecimiento se para. Puede vivir, pero exige riego constante durante todo el verano y de por vida, no solo mientras se establece.
Donde da lo mejor de sí es en la cornisa cantábrica y Galicia, en el Pirineo, en fondos de valle y a orillas de agua. También funciona bien en jardines del centro y del noreste siempre que haya riego seguro y algo de protección del viento seco. En el litoral mediterráneo cálido y seco y en el sur árido, es una elección forzada.
Un detalle a tener en cuenta: brota pronto, ya en marzo en climas suaves, y una helada tardía de -3 o -4 °C en abril quema la brotación nueva. El árbol rebrota y no muere, pero pierde buena parte del crecimiento de esa temporada. En vaguadas donde se acumula el aire frío conviene pensárselo.
Suelo y agua
Quiere suelo profundo, fresco, fértil y de reacción ácida a neutra. En sustratos calizos con pH alto entra en clorosis férrica: las acículas amarillean, el crecimiento se detiene y la copa se ve pobre. Es una de las razones por las que fracasa en tantos jardines de la mitad este peninsular. Si tu suelo tiene caliza activa, este árbol no es el adecuado y ningún quelato lo va a sostener durante cuarenta años.
Tolera suelos húmedos e incluso encharcamientos temporales en invierno, pero no soporta el agua permanentemente estancada tan bien como el ciprés calvo. Confundir ambas cosas es lo que mata ejemplares plantados en la orilla equivocada de un estanque.
El riego es la clave de los primeros años. Durante los cinco primeros veranos necesita aportes regulares y abundantes, con la idea de que el suelo nunca llegue a secarse en profundidad. Un acolchado orgánico de 8 o 10 cm sobre la zona de raíces, sin tocar el tronco, reduce mucho la evaporación y protege el sistema radicular superficial. Pasado ese periodo sigue agradeciendo el agua estival; en clima seco no se independiza nunca del riego.
El espacio que hace falta
El fallo de sitio no se nota al plantar: se cobra la factura quince años después, cuando ya no hay marcha atrás. Una metasecuoya no es un árbol de jardín pequeño. Con 30 m de altura potencial, un diámetro de copa de 8 a 10 m y un sistema radicular somero y muy extendido, planta un ejemplar a tres metros de la casa y en década y media tendrás raíces bajo los cimientos, contrafuertes levantando el pavimento y una sombra que ocupa toda la parcela.
Distancias mínimas razonables: 10 m de edificaciones, conducciones y muros, 8 m de otros árboles grandes, y nunca bajo tendido eléctrico. En alineación de calle exige alcorques amplios y aceras anchas, o acaba rompiéndolas.
Tampoco es buen árbol para poner césped debajo: la sombra es densa y las raíces superficiales compiten con ventaja. Bajo su copa funcionan mejor helechos, hostas o un simple acolchado.
Plantación
La mejor época es el otoño, de octubre a diciembre, para aprovechar las lluvias y que el sistema radicular se instale antes del primer verano. En zonas de invierno muy crudo puede retrasarse a finales de febrero.
Cava un hoyo del doble de ancho que el cepellón pero no más profundo, descompacta las paredes si el terreno es arcilloso y planta con el cuello justo a nivel del suelo. Enterrarlo unos centímetros de más pudre la corteza del cuello y el árbol se estanca a los pocos años sin que se vea el motivo desde fuera.
Si el ejemplar viene alto, entutórale con un tutor bajo, atado a un tercio de la altura, y retíralo a los dos años. Un tutor demasiado alto o mantenido demasiado tiempo produce troncos débiles que no engordan bien.
Poda: lo justo y a tiempo
Un ejemplar bien colocado no necesita poda. Su arquitectura natural es la mejor que va a tener.
La única intervención que merece la pena es en los primeros años: si el árbol desarrolla dos guías competidoras, hay que suprimir una en cuanto se detecte. Una horquilla en la base de la copa de un árbol de 30 m es un fallo estructural que un día se rompe con viento y arrastra medio ejemplar.
Nunca lo desmoches. Cortar la guía de una conífera de porte cónico arruina la forma para siempre: rebrota en varias puntas desordenadas y el árbol ya no vuelve a tener silueta. Si el sitio es demasiado pequeño para su altura, el problema no se arregla podando; se arregla no plantándolo ahí.
Las ramas bajas se pueden ir levantando poco a poco para dar paso, a razón de un verticilo cada dos o tres años, y siempre en invierno con el árbol parado.
Multiplicación
Enraíza con facilidad, lo que ha sido su salvación como especie cultivada. Los esquejes semileñosos tomados en junio o julio, de 15 cm, con hormona y bajo nebulización, dan porcentajes altos. Los esquejes leñosos de material del año, recogidos en pleno invierno y puestos en cama fría, también funcionan.
La semilla es otro cantar: en cultivo la viabilidad es baja porque la diversidad genética de la población plantada es mínima —todo procede de aquellas semillas de 1948— y hay mucha autofecundación. Las plántulas que salen crecen rápido, eso sí.
Plagas, enfermedades y cultivares
Es un árbol sano. Apenas tiene enemigos específicos en España, y los problemas que aparecen son casi siempre consecuencia de un árbol mal situado: cancros de Botryosphaeria y muerte de ramas en ejemplares estresados por sequía repetida, o clorosis por caliza. Corrige la causa y el síntoma se va; trata el síntoma y volverá cada año.
En vivero se ven cochinillas y algún ácaro sobre plantas jóvenes en contenedor, sin trascendencia una vez plantadas en suelo.
Entre los cultivares, 'Gold Rush' (también etiquetado como 'Ogon') es el más extendido, de follaje amarillo dorado y crecimiento algo más contenido. Su punto débil: el sol directo del mediodía en verano peninsular le quema las acículas, así que pide una posición con sombra en las horas centrales. 'Sheridan Spire' tiene porte más estrecho y columnar, útil donde el ancho de copa es un problema. Ninguno de ellos convierte a la metasecuoya en un árbol pequeño.
Por qué plantarla, y cuándo no
A favor: crecimiento rápido de verdad, silueta limpia, textura fina y ese cambio de color en otoño que pocas coníferas ofrecen. Al ser caduca, deja pasar el sol de invierno donde un cedro o un ciprés lo bloquearían todo el año. Es magnífica junto a agua, en grandes parques, en fincas y en alineaciones amplias, y aguanta bien la contaminación urbana.
En contra: pide agua, pide suelo no calizo, pide sitio. En una parcela de doscientos metros cuadrados de un chalé adosado, con suelo calcáreo y verano seco, es una decisión de la que uno se arrepiente. Ahí tienen más sentido un Ginkgo biloba, un almez o un árbol frutal.
En resumen
Metasequoia glyptostroboides es una conífera caducifolia descubierta viva en China en 1941 tras conocerse solo como fósil, y toda la población cultivada procede de la distribución de semillas de 1948. Crece hasta un metro al año y llega a 25-35 m, con corteza rojiza, contrafuertes en la base y follaje cobrizo en otoño. Se distingue del ciprés calvo porque sus acículas van opuestas, no alternas. Resiste -25 °C pero no la sequía ni la caliza: necesita suelo profundo, fresco y de pH ácido a neutro, riego seguro los cinco primeros veranos y, en clima seco, para siempre. Déjale al menos diez metros de distancia a cualquier edificación, corrige las guías dobles de joven y no la desmoches nunca. Es un árbol de parque, de finca o de orilla de agua; en un jardín pequeño y seco no cabe.