La etiqueta del vivero suele decir la altura que tiene el ejemplar dentro de la maceta, no la que tendrá dentro de veinte años. De ahí salen los jacarandás plantados a dos metros de la fachada y los liquidámbares en patios de ocho metros cuadrados. Antes de elegir árbol para un jardín pequeño hay que fijar dos números: la altura y la anchura que puede alcanzar sin estorbar. Todo lo demás viene después.

Qué cuenta como árbol pequeño

Un criterio útil para jardín particular: menos de 8 metros de altura y menos de 6 de diámetro de copa en su madurez, alcanzados sin poda de contención. Esa última condición es la importante. Un árbol que solo se mantiene pequeño a base de recortarlo cada invierno no es un árbol pequeño; es un árbol grande al que se le está haciendo la vida difícil, y acabará con una copa densa de chupones y heridas que no cierran.

En un jardín pequeño, la anchura decide antes que la altura. Un árbol de 7 metros de alto y copa estrecha cabe donde no cabe uno de 5 metros con copa de 9, como la acacia de Constantinopla. Antes de comprar conviene salir al jardín con una cinta métrica y marcar el círculo real disponible, contando el vuelo sobre la parcela del vecino y sobre la acera.

Y una cifra que ahorra disgustos: la raíz de un árbol se extiende con frecuencia más allá de la proyección de la copa, y lo hace en los primeros 40-60 cm de suelo. Plantar a menos de 3 metros de una solera, un muro o una tubería de saneamiento antiguo es buscarse una reparación.

Árbol del amor (Cercis siliquastrum)

El ciclamor mediterráneo es probablemente la opción más agradecida para el interior peninsular. Alcanza 5 a 8 metros, con copa redondeada e irregular y tronco a menudo torcido, que es parte de su gracia. En marzo y abril, antes de sacar la hoja, se cubre de flores rosa magenta que brotan directamente de las ramas viejas e incluso del tronco.

Tolera la caliza sin pestañear, aguanta sequía una vez establecido, resiste heladas de -15 °C y no exige abonado. Sol pleno. La hoja, redondeada y acorazonada, amarillea bien en otoño.

Dos cosas que hay que saber. La primera: tiene raíz pivotante y el trasplante de ejemplares grandes falla a menudo, así que se compra planta joven, de contenedor, y se planta en otoño en su sitio definitivo. La segunda: florece sobre madera de dos o más años. Podar las ramas en invierno para "darle forma" equivale a tirar la floración de la primavera siguiente. Se poda poco, y justo después de florecer.

Es sensible a la verticilosis, sobre todo en suelos pesados y encharcados. Si una rama se marchita de golpe en verano, cortarla por debajo de la zona afectada y desinfectar la herramienta.

Flores rosadas de Cercis siliquastrum sobre la rama

Árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica)

El crespón resuelve el problema de agosto: florece cuando el jardín ya no tiene nada más, de julio a septiembre, en panículas rosas, fucsias, malvas o blancas. Se queda entre 4 y 7 metros, admite formación en varios troncos y tiene una corteza que se exfolia en placas dejando el tronco liso y canela, un valor decorativo en invierno. En otoño la hoja pasa por naranja y rojo.

Sol directo —a media sombra florece poco y coge oídio—, suelo con drenaje, riego moderado en verano y buena resistencia al frío peninsular, en torno a -12 °C, aunque el brote tierno se hiela con tardías.

El oídio es su punto débil, sobre todo en primaveras húmedas y en sitios sin ventilación. Hay cultivares seleccionados por resistencia, muchos de ellos híbridos con Lagerstroemia fauriei bautizados con nombres de pueblos indios —'Natchez', blanco, 'Tuscarora', coral, 'Muskogee', malva—; conviene mirar la talla adulta de cada uno, porque algunos superan holgadamente los 7 metros.

Sobre la poda: florece en madera del año, así que se puede aclarar en febrero cortando ramillas finas y las panículas secas. Lo que arruina el árbol es el terciado anual de las ramas gruesas por el mismo punto, que genera unos nudos deformes y un montón de varas endebles que se doblan con el peso de la flor. Se poda fino, no grueso.

Arce japonés (Acer palmatum)

De 3 a 6 metros según cultivar, con formas que van del arbolito de copa abierta a las variedades disectas de porte llorón que no pasan de metro y medio. El color de otoño es la razón por la que se compra, y en los cultivares buenos es rojo escarlata, naranja o amarillo puro.

Aquí hay que ser claro sobre dónde funciona: quiere suelo ácido, fresco, ambiente húmedo y semisombra, con protección del viento seco y del sol de la tarde. En Galicia, la cornisa cantábrica o el norte de Cataluña se cultiva sin problema. En Madrid, Zaragoza, Murcia o Sevilla, plantado en tierra caliza y regado con agua dura, el resultado previsible es una planta con las hojas quemadas por el borde desde julio y clorosis creciente cada año.

La salida en esas zonas es la maceta: sustrato para acidófilas, riego con agua de lluvia o poco mineralizada, ubicación a resguardo y trasplante cada dos o tres años. Funciona, pero es un cultivo que exige atención, no un árbol que se planta y se olvida.

No abonar con nitrógeno fuerte: el brote blando se quema aún más rápido.

Acacia de Constantinopla (Albizia julibrissin)

Copa aparasolada y plana, hoja bipinnada muy fina que da sombra ligera y flores en pincel rosa de junio a agosto. Alcanza 6-8 metros de alto, pero se extiende con facilidad hasta 8 o 10 metros de ancho; ahí está su verdadera exigencia de espacio. Sobre una zona de estar, esa sombra tamizada es de lo mejor que hay.

Crece muy rápido, tolera el calor y la sequía y aguanta hasta unos -15 °C. A cambio: madera frágil que pierde ramas con viento fuerte, vida relativamente corta —treinta o cuarenta años—, brotación muy tardía (a menudo hasta mayo, lo que asusta al que cree que se le ha secado) y una producción abundante de legumbres cuyas semillas germinan por todo el jardín y por los alrededores.

Su problema sanitario serio es la marchitez por Fusarium oxysporum f. sp. perniciosum, que mata el árbol en una o dos temporadas sin tratamiento eficaz. Existen selecciones con resistencia, como 'Charlotte' y 'Tryma'. Si en la zona ya han muerto albizias, no vale la pena replantar la misma especie en el mismo hoyo.

Pata de vaca (Bauhinia)

La hoja bilobulada, idéntica a una huella de vaca, y las flores grandes, parecidas a orquídeas, la hacen muy reconocible. El género tiene aquí un límite claro que es climático: son árboles subtropicales.

Bauhinia variegata y su forma blanca 'Candida' llegan a 6-8 metros y sufren daños por debajo de -2 o -3 °C. Bauhinia × blakeana, la de flor púrpura más espectacular y floración muy prolongada, es un híbrido estéril que se multiplica por injerto o estaquilla y resulta aún más friolero. Bauhinia forficata, de flor blanca y estrecha, es la más resistente del grupo y tolera heladas ligeras de hasta unos -6 °C con daño en las puntas.

Traducido a mapa: costa mediterránea sur, Andalucía occidental cálida, Canarias y microclimas litorales protegidos. En Valladolid o en Teruel no hay manera. Quieren sol pleno, suelo drenado y riego regular en verano, y agradecen resguardo del viento porque la hoja es grande y se desgarra.

Lilo (Syringa)

La lila común, Syringa vulgaris, forma un arbolillo o arbusto grande de 4 a 6 metros con las panículas perfumadas de abril y mayo. Es rústica hasta -25 °C y tolera bien la caliza.

Su condición no negociable es el frío del invierno: necesita un periodo de reposo con horas de frío para diferenciar la flor. Plantada en la costa de Málaga o de Alicante crece, hace hoja y no florece, o florece de forma pobre y desigual. Para clima suave hay mejor opción en Syringa pubescens subsp. microphylla 'Superba', más compacta, que florece en primavera y repite en verano y otoño con menos exigencia de frío.

Otro detalle práctico del vivero: buena parte de las lilas de flor doble van injertadas sobre patrón de aligustre o de fresno. Si el injerto queda enterrado o el patrón se anima, empiezan a salir rebrotes de aligustre desde la base que, si no se cortan a ras cada año, terminan comiéndose la planta. Plantar el injerto por encima del nivel del suelo y vigilar los rebrotes. Las lilas de pie franco, propagadas por estaca o acodo, no dan ese problema aunque emitan sus propios hijuelos.

Podar siempre justo después de la floración, cortando las panículas marchitas. Las yemas de flor del año siguiente se forman en verano; una poda de invierno las corta.

Seis más que merecen sitio

Jabonero de China (Koelreuteria paniculata). De 7 a 9 metros, muy tolerante a la caliza, la sequía, la contaminación y el calor. Flor amarilla en julio y unos frutos en farolillo de papel que decoran hasta el otoño. Siembra bastante por sí solo.

Granado (Punica granatum). Entre 3 y 5 metros, sol, calor, suelo mediocre y poco riego. Flor roja de mayo a julio, fruto en otoño y hoja amarilla antes de caer. La variedad 'Legrellei' es de flor doble jaspeada y no fructifica. Aguanta hasta unos -10 °C.

Madroño (Arbutus unedo). Perenne autóctono de 4 a 6 metros, que florece y fructifica a la vez en otoño. Resistente a la sequía, sin plagas notables y con corteza rojiza atractiva. Crece despacio, que en un jardín pequeño es una virtud.

Guillomo (Amelanchier lamarckii). De 4 a 6 metros, flor blanca en marzo, frutos comestibles en junio que gustan a los pájaros y otoño naranja intenso. Prefiere suelo neutro o algo ácido y clima no extremo; en el sur seco no es su sitio.

Sauzgatillo (Vitex agnus-castus). Arbolillo mediterráneo de 3 a 5 metros, con espigas azul lavanda en pleno verano y aroma en la hoja. Sequía y salinidad, sin problema. Rebrota bien si una helada fuerte lo daña.

Magnolia estrellada (Magnolia stellata). De 3 a 4 metros, de crecimiento lento, con flores blancas estrelladas en febrero y marzo sobre la rama desnuda. Necesita suelo ácido y fresco y un sitio donde las heladas tardías no le quemen la flor, que es su principal riesgo.

Compras que salen grandes

Cuatro especies frecuentes en centros de jardinería que no encajan en un jardín pequeño, por mucho que el ejemplar de la maceta parezca modesto:

Jacaranda mimosifolia: 10-15 metros y copa muy ancha, además de exigir clima sin heladas fuertes. Es árbol de calle ancha o de parque.

Liquidambar styraciflua: se compra por el color de otoño y termina en 20-25 metros con raíces superficiales que levantan pavimentos.

Melia azedarach: rápido y resistente, pero de 8 a 12 metros, con frutos que ensucian y que son tóxicos por ingestión para personas y perros; con niños pequeños o mascotas conviene descartarlo.

Ficus microcarpa y Ficus benjamina plantados en tierra: en clima cálido alcanzan tamaños enormes y desarrollan un sistema radicular agresivo, causante habitual de daños en soleras y alcantarillado.

Sobre el majuelo (Crataegus) y otros rosáceos ornamentales, un aviso distinto: son hospedantes del fuego bacteriano (Erwinia amylovora), organismo de cuarentena en la Unión Europea. Algunas comunidades autónomas han establecido restricciones a la plantación de hospedantes en zonas protegidas o de producción frutícola; antes de plantarlo conviene comprobar la normativa local y comprar en vivero con pasaporte fitosanitario.

Árbol pequeño en maceta

Se puede, con condiciones. El recipiente mínimo razonable para un arbolito ronda los 60-80 litros, y por debajo de eso el árbol vive estresado y depende del riego diario. Hace falta drenaje real —agujeros amplios, sustrato que no se compacte, nada de plato con agua estancada—, abonado de liberación lenta cada primavera, porque el sustrato se agota, y renovación del cepellón cada dos o tres años, recortando raíces y devolviendo tierra nueva.

En maceta, además, la raíz queda expuesta a la temperatura exterior: en invierno se hiela antes que en el suelo y en verano el sustrato de una maceta negra al sol puede pasar de 40 °C y cocer las raíces finas. Colocar la maceta a la sombra aunque la copa esté al sol resuelve la mitad del problema.

Los que mejor lo llevan de esta lista: arce japonés, granado, lagerstroemia de porte compacto, magnolia estrellada y sauzgatillo. Los que peor: albizia y bauhinia, que quieren volumen de tierra.

Lagerstroemia indica en flor durante el verano

Cómo plantarlo para que no dé guerra

Época: otoño para los caducifolios, de octubre a diciembre, que llegan a la primavera con la raíz trabajada. Los de origen subtropical, como las bauhinias, mejor en primavera, ya pasado el riesgo de heladas.

Hoyo ancho, al menos el triple del diámetro del cepellón, y no más profundo que este. Descompactar los laterales y el fondo. El cuello, a ras de suelo. Si el cepellón trae raíces enrolladas, abrirlas y cortar las que giren, porque de mayores estrangulan el tronco.

Tutor solo si hace falta por viento, bajo y flexible, y retirado al segundo año: un árbol atado rígido no engrosa bien el tronco. Acolchado de 8-10 cm sin tocar la corteza. Y riegos abundantes y espaciados los tres primeros veranos, aunque la especie sea resistente a la sequía; esa resistencia llega cuando la raíz ya está hecha, no el primer año.

En resumen

Elegir árbol para jardín pequeño es sobre todo un problema de medidas y de clima, no de gusto. Se mide el círculo disponible, se mira la anchura adulta de la especie y se descarta todo lo que necesite poda anual para caber.

Para interior seco y suelo calizo: Cercis siliquastrum, Koelreuteria paniculata, Punica granatum, Vitex agnus-castus, Lagerstroemia indica. Para suelo ácido y clima húmedo: Acer palmatum, Amelanchier lamarckii, Magnolia stellata. Para litoral cálido sin heladas: las bauhinias. Para invierno frío: el lilo, que sin horas de frío no florece.

Y dos avisos concretos: la albizia ocupa más ancho del que aparenta y muere de fusariosis, y el terciado anual del árbol de Júpiter destroza su porte para siempre.


Contenidos relacionados