Estruja una hoja entre los dedos y huele a resina. Tiene cinco puntas, los bordes finamente aserrados y sale una sola por nudo, alternando a lo largo de la ramilla. Con eso basta para saber que no estás delante de un arce, aunque el dibujo de la hoja se le parezca mucho. Es un liquidámbar, y su fama viene entera de lo que hace entre noviembre y diciembre.

El género Liquidambar tiene pocas especies y en jardinería española casi siempre se planta la americana, Liquidambar styraciflua, originaria del este de Estados Unidos y de las montañas de México y Centroamérica. Las otras dos que se ven de vez en cuando son Liquidambar orientalis, de Turquía, y Liquidambar formosana, de China y Taiwán, esta última con hoja de tres lóbulos en vez de cinco.

Hojas rojas de liquidámbar en otoño

De dónde sale ese rojo

El amarillo y el naranja del otoño ya estaban en la hoja todo el verano, tapados por la clorofila. Cuando el árbol retira la clorofila para recuperar el nitrógeno antes de soltar la hoja, esos pigmentos quedan a la vista. El rojo y el púrpura funcionan distinto: son antocianinas que la hoja fabrica en ese momento, no pigmentos que estuvieran escondidos. Y fabricarlas cuesta azúcares y condiciones concretas.

Esas condiciones son tres. Sol directo sobre la copa durante el día, porque la antocianina se sintetiza a partir de los azúcares que produce la hoja iluminada. Noches frescas, por debajo de unos 7 u 8 °C, pero sin helada fuerte, que interrumpen la salida de azúcares de la hoja y los dejan acumulados allí. Y un otoño seco, sin semanas de cielo tapado.

De ahí se deduce lo que pasa en cada zona de España. En el interior peninsular —Madrid, ambas Castillas, Aragón, el norte de Extremadura— el liquidámbar colorea de forma espectacular porque el otoño da noches frías con días soleados. En la cornisa cantábrica el color llega, aunque suele salir más apagado y con más marrón por la humedad y la falta de sol. En el litoral mediterráneo cálido y en el sur costero, con noches que no bajan de 12 °C hasta bien entrado diciembre, el árbol tira la hoja casi amarilla o directamente verdosa. Es el mismo ejemplar y la misma variedad: cambia el clima.

Y cambia también de un año a otro en el mismo jardín. Un otoño lluvioso y templado da un color mediocre en un árbol que el año anterior estuvo escarlata. No es que el árbol haya enfermado.

La cal apaga el color antes que nada

Aquí está el asunto que decide si el árbol merece la pena en tu parcela. El liquidámbar es una especie calcífuga: quiere suelo ácido o neutro, con un pH entre 5,5 y 6,8. Buena parte del suelo español es calizo, con pH por encima de 7,5, y el agua de riego de media península es dura.

En ese suelo el hierro precipita y la raíz no lo puede absorber, aunque el análisis diga que hay hierro de sobra. La consecuencia se ve en junio: las hojas nuevas salen amarillas con los nervios verdes marcados, un dibujo de red muy característico. Es clorosis férrica. El árbol crece a medio gas, la copa se ralea, los brotes se secan por la punta y en otoño el follaje pasa del amarillo enfermo al marrón sin pisar el rojo. Nadie planta un liquidámbar para eso.

Antes de comprarlo, mide el pH del suelo con un kit de jardinería y échale unas gotas de ácido clorhídrico rebajado o incluso de vinagre fuerte a un puñado de tierra: si burbujea, hay caliza activa y el árbol lo va a pasar mal. Con caliza se puede sostener a base de quelato de hierro EDDHA —el único que aguanta pH altos, los quelatos EDTA y DTPA se degradan ahí— aplicado en riego a la salida del invierno y repetido en junio. Es una cura anual de por vida, no un arreglo. Si el suelo es francamente calizo, planta un Acer campestre, un Pistacia o un fresno y ahorra el disgusto.

Variedades escogidas por el color

Un liquidámbar de semilla es una lotería: puede virar a escarlata, a burdeos o quedarse en amarillo pardo. Las variedades injertadas dan el color previsible porque son clones seleccionados justamente por eso.

  • 'Worplesdon': la más plantada en Europa. Lóbulos algo más estrechos, naranja y púrpura, colorea temprano y aguanta bien la hoja.
  • 'Lane Roberts': rojo oscuro casi negruzco, muy uniforme.
  • 'Festival': porte estrecho y una mezcla de melocotón, amarillo y rosa en vez del rojo puro.
  • 'Slender Silhouette': columnar de verdad, apenas dos metros de ancho por doce o quince de alto. Para calles estrechas y patios largos.
  • 'Gum Ball': forma arbustiva y redondeada, injertada a media altura; se queda en tres o cuatro metros.
  • 'Rotundiloba': lóbulos redondeados en vez de puntiagudos y, lo importante, no fructifica. Es la elección lógica junto a una acera o una zona de paso.

Comprar el árbol en octubre o noviembre, ya coloreado en el vivero, es la manera más simple de no equivocarse: ves el color exacto que compras.

Las bolas espinosas del suelo

El fruto es una cápsula esférica de tres o cuatro centímetros erizada de puntas duras, que madura en otoño y va cayendo durante todo el invierno. Un ejemplar adulto suelta cientos. Sobre césped no molestan; sobre una acera, una entrada de garaje o el borde de una piscina son un tobillo torcido esperando, porque ruedan bajo el pie, y se cuelan en los skimmers. Tampoco se deshacen con el cortacésped: hay que barrerlos.

No hay tratamiento razonable para evitar la fructificación en un árbol de jardín. La decisión se toma en el vivero eligiendo 'Rotundiloba' o colocando el árbol donde la caída no importe.

Dónde plantarlo

Un Liquidambar styraciflua en un jardín español llega sin problema a 20 o 25 metros de altura y 10 de anchura, y crece deprisa: entre 40 y 70 centímetros al año durante las primeras dos décadas. La raíz es superficial y potente, se extiende más allá de la proyección de la copa y levanta baldosas, bordillos y soleras finas.

Deja al menos seis metros hasta la fachada, la piscina o el pavimento, y ocho si el pavimento es una acera de baldosa sobre cama de arena. Ponlo a pleno sol: en sombra parcial crece torcido buscando la luz y el otoño se le queda en amarillo desvaído. Necesita, además, sitio para lucir: un árbol de copa piramidal encendida en rojo pide verse entero desde una distancia de veinte o treinta metros, y encajado en un patio pequeño no se aprecia.

Se planta a raíz desnuda o en contenedor entre noviembre y febrero, fuera de días de helada. En maceta no es un árbol viable a medio plazo salvo las formas enanas tipo 'Gum Ball', y aun esas acaban pidiendo suelo.

Los primeros veranos

En su hábitat de origen el liquidámbar vive en vegas y llanuras de inundación, con el suelo fresco todo el año. Eso explica su comportamiento aquí: aguanta encharcamientos cortos mucho mejor que la sequía. Un ejemplar joven que pasa julio y agosto de secano en Toledo o Zaragoza se defolia a mediados de agosto, y ese año no hay otoño que ver.

Durante los tres o cuatro primeros veranos, riego profundo y espaciado: 40 o 50 litros de una vez cada siete o diez días en interior cálido, mejor que un chorrito diario que solo moja los primeros centímetros y educa a la raíz a quedarse arriba. Un acolchado de 8 o 10 centímetros de corteza de pino sobre el alcorque, sin tocar el tronco, ahorra riegos, acidifica poco a poco y mantiene la superficie fresca.

De abono, materia orgánica ácida en otoño —compost, estiércol maduro, corteza compostada— y nada de compost de champiñón ni de cenizas, que suben el pH justo en lo que no le conviene. En primavera, si el árbol va lento, un fertilizante para plantas acidófilas.

La poda es casi innecesaria y conviene que lo siga siendo. El liquidámbar tiene una guía central dominante y se forma solo con una copa piramidal limpia. Cortar esa guía para "bajarlo" arruina la silueta para siempre y provoca una mata de chupones desordenados en el punto de corte. Limítate a quitar ramas secas, cruzadas o rotas, en invierno.

Plagas y problemas reales

Sanitariamente da poco trabajo. Aparecen pulgones en la brotación de primavera y alguna cochinilla en ramas jóvenes, con la negrilla asociada, pero rara vez pasa de ahí ni justifica un tratamiento en un árbol grande. Lo que sí lo mata es la asfixia radicular en suelos compactados y mal drenados, y la Armillaria que se instala en esas condiciones. Y lo que arruina el ejemplar sin matarlo, ya está dicho, es la caliza.

Vigila también los golpes de calor: en olas de más de 40 °C con viento seco, las hojas se queman por el borde y se caen. Con el suelo húmedo el árbol lo encaja; con el suelo seco, no.

En resumen

El liquidámbar tiñe de escarlata un jardín peninsular durante seis u ocho semanas al año, pero cobra sus condiciones por adelantado: suelo ácido o neutro, sol pleno, agua en verano y espacio de sobra lejos de pavimentos y muros. En suelo calizo entra en clorosis, pierde el color y se convierte en un problema crónico. Elige variedad injertada si el color te importa, 'Rotundiloba' si va cerca de una zona de paso, y comprueba el pH del suelo antes de pagar el árbol, no después.


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