Frota una hoja de lentisco entre los dedos y te quedará en la piel un olor resinoso, entre trementina y monte quemado por el sol. Ese olor identifica a Pistacia lentiscus mejor que cualquier ficha de vivero, y explica de paso casi todo lo que hace esta planta: la resina es su forma de aguantar meses sin agua, calor de cuarenta grados y viento cargado de sal sin despeinarse.

En un jardín peninsular hay pocas plantas leñosas que pidan tan poco. Una vez arraigado, un lentisco no necesita riego, ni abono, ni tratamientos, ni prácticamente poda. A cambio pide paciencia: crece despacio y tarda años en formar una mata densa.

Qué planta es exactamente

El lentisco es un arbusto perennifolio de la familia de las anacardiáceas, la misma del pistacho (Pistacia vera) y del mango. Es planta nativa de toda la cuenca mediterránea y en España aparece de forma natural en el litoral, en Baleares, en el valle del Ebro, en Andalucía y en buena parte del interior cálido, formando parte del maquis y de la garriga junto a coscoja, palmito, aladierno y espino negro.

Lo habitual es que se quede en 2 o 3 metros de altura, con porte redondeado y muy ramificado desde la base. En condiciones favorables y con muchos años encima puede convertirse en un arbolillo de 5 o 6 metros con tronco propio; ejemplares así se ven en Baleares y en el sur.

La hoja es la clave para reconocerlo. Es compuesta, coriácea, de un verde oscuro brillante, y sobre todo paripinnada: tiene entre 4 y 10 foliolos dispuestos por pares y no termina en un foliolo suelto en la punta. Además el raquis, el eje que sostiene los foliolos, va alado, con dos aletas de tejido verde a los lados. Ese detalle lo separa del terebinto o cornicabra (Pistacia terebinthus), que tiene hoja imparipinnada, raquis sin alas y encima es caducifolia: en invierno se queda desnuda. Si dudas en el campo, cuenta los foliolos de la punta.

Hojas compuestas y coriáceas del lentisco

Flores discretas, frutos que cambian de color

La floración va de marzo a mayo y pasa desapercibida: son flores muy pequeñas, sin pétalos, agrupadas en panículas axilares. Las masculinas tiran a rojizo por las anteras y las femeninas son verdosas. La polinización es por viento, así que no esperes un desfile de abejas en primavera; el lentisco aporta al jardín estructura y hoja, no espectáculo floral.

El fruto sí llama la atención. Es una drupa del tamaño de un guisante que sale verde, pasa a un rojo coral vistoso a finales de verano y termina negra al madurar en otoño e invierno. Que en la misma rama coexistan frutos rojos y negros es normal, no es señal de nada raro. Esos frutos son un recurso de primer orden para currucas, mirlos, petirrojos y zorzales en pleno invierno, cuando escasea todo lo demás.

Y aquí conviene una advertencia que ahorra decepciones: el lentisco es dioico. Cada pie es macho o hembra, y solo las hembras dan fruto, y solo si hay un macho a distancia razonable. En los viveros casi toda la planta procede de semilla y se vende sin sexar, con lo que compras a ciegas. Si el objetivo es tener frutos para los pájaros, planta un grupo de tres o cuatro ejemplares en lugar de uno solo; la probabilidad de que caiga al menos una hembra y un macho sube mucho. Un lentisco aislado que nunca fructifica no está enfermo ni mal cuidado: es macho, y punto.

Frutos del lentisco pasando de rojo a negro

Dónde plantarlo

A pleno sol. Tolera media sombra y sobrevive bajo pinos o entre otros arbustos, pero allí se estira, se ralea y pierde la densidad que lo hace útil como pantalla. En sombra franca no prospera.

El suelo le da bastante igual mientras drene. Va bien en calizas, en margas, en arenas de dunas y en pedregales; el pH alcalino no le supone problema, al contrario que a tantas plantas de jardín. Lo que no perdona es el encharcamiento invernal en arcillas compactadas: ahí se le pudre el cuello y muere sin dar mucho aviso, con la hoja mustia de un día para otro. En terreno pesado, planta en caballón o en un montículo de 20-30 cm de altura.

La tolerancia a la salinidad es de las mejores que hay entre arbustos ornamentales. Aguanta salpicadura de mar directa, viento salino y suelos con conductividad alta, así que en primera línea de costa es de las pocas apuestas seguras junto al mirto, el palmito y Pittosporum tobira.

Frío: hasta dónde llega

Aquí está el límite real de la especie. El lentisco es una planta termófila: en la Península su distribución natural se corta justo donde las heladas se vuelven frecuentes. Un ejemplar adulto y bien asentado aguanta heladas breves de -7 u -8 °C con quemaduras en la hoja de las que se recupera rebrotando. Por debajo de eso, o con heladas repetidas y prolongadas, pierde ramas enteras.

Los ejemplares jóvenes son bastante más delicados: a partir de -4 o -5 °C ya sufren daños serios. En la Meseta norte, en el interior de Aragón o en zonas de montaña, plantarlo es una apuesta perdida salvo en microclimas muy protegidos contra un muro orientado al sur. En el litoral mediterráneo, en Baleares, en el valle del Guadalquivir, en Canarias y en el litoral atlántico sur no hay ningún problema.

Riego, o más bien la ausencia de riego

Los dos primeros veranos hay que regar. Un riego generoso cada 15 o 20 días durante junio, julio y agosto del primer año, y algo menos el segundo, basta para que la raíz baje. A partir del tercer año, en clima mediterráneo litoral, el lentisco se mantiene solo con la lluvia. En zonas de menos de 350 mm anuales puede agradecer un riego de socorro a mediados de agosto, nada más.

Regar de más es lo que mata al lentisco de jardín. Un programador que suelte agua tres veces por semana porque el césped de al lado lo pide asfixia la raíz, favorece podredumbres y produce un crecimiento blando y desgarbado que luego se hiela al primer frío. Si el lentisco comparte zona con plantas de riego frecuente, sácalo de ese sector o lo perderás en dos o tres años.

Abonado

Prácticamente no lo necesita. En la plantación puede ir una palada de compost bien hecho mezclado con la tierra de relleno, y con eso está resuelto. En maceta sí conviene un abono de liberación lenta para arbustos mediterráneos en primavera, porque el sustrato se agota.

Los abonos ricos en nitrógeno le sientan mal: producen brotes largos, tiernos y separados que rompen el porte compacto y atraen pulgón. Menos es más.

Cuándo plantar y cómo trasplantar

La mejor época es el otoño, de octubre a diciembre en la mitad sur y en el litoral. La planta aprovecha las lluvias y la tierra todavía templada para emitir raíz durante todo el invierno y llega al primer verano con reservas. La segunda opción es finales de invierno, febrero o marzo, en zonas donde haya heladas fuertes. Plantar en mayo o junio obliga a regar todo el verano y multiplica el riesgo de pérdida.

El lentisco desarrolla una raíz principal profunda, y eso condiciona el trasplante. Un ejemplar de contenedor forestal o de maceta de 3-5 litros se planta sin drama. Uno adulto arrancado del campo se pierde con mucha facilidad, porque la raíz pivotante queda cortada y el sistema radicular restante no sostiene a la planta. Si compras planta en contenedor y ves que la raíz da vueltas en espiral en el fondo, corta esas raíces circulares antes de plantar: si no, estrangulan el cuello al cabo de unos años.

Cava un hoyo amplio, al menos el triple del cepellón en anchura, y descompacta bien; en profundidad no hace falta pasarse. Planta con el cuello a ras de suelo, nunca enterrado, forma un alcorque y da un riego de asiento abundante para asentar la tierra alrededor de las raíces.

Poda

Soporta la tijera extraordinariamente bien, incluso el recorte a máquina, y rebrota de madera vieja, lo que lo convierte en material de primera para setos formales, bolas y topiaria mediterránea. Pero si lo que quieres es un arbusto de porte natural, la poda debe ser mínima: retirar ramas secas, aclarar el interior si se ha cerrado demasiado y poco más.

El momento es al final del invierno, entre febrero y marzo, antes de que arranque la brotación. Los recortes de mantenimiento de un seto pueden repetirse en junio y a principios de septiembre. Evita podar en pleno verano bajo sol directo: la madera recién descubierta se quema y las heridas grandes exudan resina durante semanas.

Un apunte útil para quien recupera plantas descuidadas: un lentisco viejo, ralo y desnudo por abajo se puede rebajar drásticamente en marzo, casi a tocón, y rebrota con fuerza desde la base. Es la misma capacidad que le permite recolonizar el monte después de un incendio.

Multiplicación

Por semilla es el camino habitual en vivero forestal. Se recogen los frutos negros y maduros en diciembre o enero, se despulpan frotándolos en un colador bajo el grifo y se ponen en agua: los que flotan suelen estar vacíos y se descartan, porque la proporción de semilla vana en esta especie es alta. Después conviene una estratificación fría de unas 4-6 semanas en nevera, entre arena húmeda o en bolsa con vermiculita, y siembra en febrero en contenedor profundo. La nascencia es irregular y se escalona durante semanas.

Por esqueje es más lento de lo que promete cualquier manual. Se toman esquejes semileñosos de brotes del año a finales de verano, de 10-15 cm, se les quitan los foliolos inferiores, se aplica hormona de enraizamiento y se ponen en perlita con arena bajo plástico o nebulización. El enraizamiento es bajo y tarda meses. El acodo bajo de una rama baja, sujeta al suelo y cubierta, funciona mejor para un aficionado que quiere uno o dos ejemplares.

Plagas y problemas

Es una planta sana. En jardines se ven agallas en las hojas producidas por pulgones específicos del género Pistacia: son deformaciones huecas, a veces en forma de cuerno o de bolsa, llamativas pero inofensivas para el arbusto. No hace falta tratar; con retirar las hojas afectadas si molestan estéticamente es suficiente.

En maceta y en ambientes muy resguardados puede aparecer cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas. Lo demás que le pasa al lentisco de jardín suele ser problema de suelo o de riego, no de bicho: hoja amarilla y caída generalizada casi siempre significa raíz asfixiada.

Para qué sirve en el jardín

Sus usos más lógicos son cuatro. Como seto perenne de 1,5 a 2,5 metros, sin riego, en sustitución de los tópicos setos de ciprés o de Photinia que consumen agua y se llenan de hongos. Como pantalla cortavientos en costa, donde pocas plantas resisten la sal. Como masa de fondo en jardín seco, combinado con romero, lavanda, Teucrium fruticans, palmito y mirto. Y como refugio y comedero para aves, aprovechando el fruto invernal y la espesura de la mata.

Conviene deshacer una idea que circula mucho en zonas de interfaz urbano-forestal: que el lentisco, por ser autóctono y resistente, es buena planta para reducir el riesgo de incendio junto a la casa. No lo es. La resina y los aceites esenciales que lo hacen tan aromático lo convierten en un combustible muy inflamable, que arde con llama viva incluso verde. Otra cosa es su comportamiento después: rebrota de cepa con vigor y recupera la cobertura en pocos años. Excelente para restaurar monte quemado, mala elección para plantarlo pegado a la fachada en una urbanización rodeada de pinar.

La resina, el aceite y los otros usos tradicionales

De las incisiones en el tronco del lentisco se obtiene el almáciga o mástique, una resina aromática que se solidifica en lágrimas. La producción comercial seria está concentrada en la isla griega de Quíos, con una variedad seleccionada (Pistacia lentiscus var. chia) y denominación de origen protegida; se usa en repostería, en licores y en aromas. Los ejemplares de jardín peninsulares dan cantidades testimoniales, así que no cuentes con ello como aprovechamiento.

En muchas comarcas del sur y de Baleares se extrajo históricamente aceite de los frutos, el llamado aceite de mata, destinado a candiles y jabón más que a la cocina. Las hojas, muy ricas en taninos, se usaron para curtir pieles. Ninguna parte de la planta es tóxica, pero tampoco es una planta comestible en sentido práctico: el fruto es astringente y poco agradable.

Lentisco como bonsái

Es uno de los mejores materiales mediterráneos para bonsái y hay una tradición sólida de trabajarlo en España, Italia y Grecia. Reúne casi todo lo que se busca: hoja pequeña que reduce bien con el trabajo, brotación desde madera vieja, corteza que envejece con carácter, resistencia enorme a la falta de agua y tolerancia a la defoliación parcial en verano.

Sus exigencias en maceta son concretas. Sustrato muy drenante, tipo akadama con puzolana o grava volcánica, nada de tierra retentiva. Riego cuando la superficie se seca, no antes; en bonsái el lentisco muere ahogado mucho más a menudo que de sed. Sol pleno todo el año. Protección de heladas fuertes, porque la maceta expone la raíz al frío mucho más que el suelo. Los alambrados hay que vigilarlos, ya que la corteza es fina y se marca en pocas semanas durante la brotación primaveral.

El material más apreciado procede de recolección (yamadori) de matas viejas con base gruesa, y aquí toca recordar que arrancar planta del monte requiere autorización del propietario y de la administración forestal correspondiente. Cada comunidad autónoma tiene su normativa y en muchos espacios protegidos está sencillamente prohibido.

Dónde conseguirlo

Los garden centers lo venden en maceta de 3 a 10 litros, y en algunos casos ya formado en bola o en copa, a precio de ornamental. Para plantaciones grandes sale mucho más a cuenta el vivero forestal, que lo sirve en bandeja o contenedor de 300-400 cc, con planta de una o dos savias y a precio de céntimos. Esa planta pequeña, plantada en otoño, adelanta en pocos años a un ejemplar grande trasplantado, porque no arrastra el trauma radicular.

Al comprar, mira el fondo del contenedor y descarta lo que tenga raíces enrolladas o salidas por los agujeros de drenaje. Y si el destino es restauración de una parcela, pregunta por la procedencia: la planta de región de procedencia adecuada se adapta mejor al clima local que la producida a mil kilómetros.

En resumen

Pistacia lentiscus es la solución para el jardín mediterráneo que no quiere factura de agua: pleno sol, cualquier suelo que drene, tolerancia extrema a sequía y sal, y riego solo durante los dos primeros veranos. Se reconoce por la hoja paripinnada de raquis alado y por el olor a resina al frotarla. Al ser dioico, plantar varios ejemplares es la única forma de asegurarse frutos, ese rojo que vira a negro y que alimenta a los pájaros en invierno.

Los dos límites que hay que respetar son el frío, con daños serios por debajo de -5 °C en planta joven, y el exceso de agua, que le pudre el cuello en suelos pesados. Lo demás es dejarlo crecer despacio: poda mínima a final de invierno, nada de abonos nitrogenados y paciencia, porque la mata densa y bonita llega hacia el cuarto o quinto año y a partir de ahí dura décadas sin pedir nada.


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