En el jardín botánico de Howrah, junto a Calcuta, hay un ejemplar de Ficus benghalensis cuya copa cubre cerca de dos hectáreas y se apoya en más de tres mil columnas que parecen troncos independientes. No lo son. Es un solo individuo, con un solo juego de genes, que lleva más de dos siglos avanzando en horizontal. Y empezó su vida como una semilla del tamaño de un grano de sémola atrapada en la horquilla de otro árbol.

A ese grupo de higueras se las llama estranguladoras, y el nombre describe bastante mal lo que hacen. Vale la pena entender el mecanismo real, porque explica tanto la forma del árbol como los problemas que dan las especies emparentadas que se plantan en calles y jardines españoles.

Ejemplar adulto de Ficus benghalensis con sus raíces columnares

Qué es una higuera estranguladora

No es un grupo taxonómico, sino una forma de vida. Dentro del género Ficus, que reúne unas ochocientas especies repartidas por los trópicos de todo el planeta, esta estrategia ha aparecido de forma independiente en varios linajes. Las especies más conocidas son Ficus benghalensis (el banyan de la India), Ficus religiosa (el árbol bajo el que, según la tradición budista, Siddhartha alcanzó la iluminación), Ficus aurea en Florida y el Caribe, Ficus macrophylla en el este de Australia y Ficus microcarpa en el sudeste asiático.

El término técnico es hemiepífito: la planta pasa la primera parte de su vida como epífita, sin contacto con el suelo, y la segunda como árbol enraizado normal. Ese cambio de régimen es lo que la distingue de una liana, que sale del suelo y sube, y de un parásito, que se conecta a los conductos del huésped y le roba savia elaborada.

Conviene dejarlo claro porque se repite mucho lo contrario: la higuera estranguladora no es un parásito. No perfora al árbol que la sostiene ni le extrae nada por vía interna. Lo usa como andamio. Que el andamio acabe muerto es una consecuencia, no un mecanismo de alimentación.

De semilla en una rama a árbol en el suelo

Los higos de estas especies los comen pájaros, murciélagos frugívoros y monos. Las semillas, diminutas y numerosas —un solo higo puede llevar centenares—, salen intactas en los excrementos. Casi todas caen en sitios inútiles. Unas pocas quedan depositadas en la horquilla de una rama gruesa, en una grieta de corteza o en el nudo de una palmera, donde se acumula humus, musgo y humedad.

Ahí germina y arranca la fase difícil. La plántula vive con un puñado de gramos de materia orgánica y sin reserva de agua: en cuanto pasan diez días sin lluvia, está en apuros. Por eso estas higueras tienen hojas coriáceas, gruesas y con cutícula brillante, y por eso crecen despacio durante años. Muchas se secan en ese periodo. La que sobrevive empieza a emitir raíces aéreas, hilos finos y colgantes que bajan por el tronco del huésped buscando tierra.

El momento en que la primera raíz toca el suelo lo cambia todo. La planta deja de depender del agua de un nido de musgo y se conecta a un depósito ilimitado. A partir de ahí el crecimiento se dispara: la raíz que era un cordón se engrosa hasta convertirse en un tronco, brotan más raíces, y las que se cruzan entre sí se sueldan por anastomosis formando una malla continua alrededor del árbol de apoyo.

El estrangulamiento, con más precisión

La imagen popular es la de una boa que aprieta hasta asfixiar. La realidad es más lenta y tiene tres frentes a la vez.

El primero, y probablemente el decisivo, es la sombra. La higuera crece por encima de la copa del huésped y le tapa la luz. Un árbol tropical que pierde su posición en el dosel se apaga en pocos años.

El segundo es la competencia en el suelo. Cuando las raíces de la higuera se han establecido, ocupan el mismo volumen de tierra que las del huésped y son mucho más agresivas captando agua y nutrientes.

El tercero sí es mecánico: la malla de raíces soldadas impide que el tronco del huésped siga engrosando y comprime el floema, la capa que transporta los azúcares desde las hojas hasta las raíces. Es un anillado progresivo. Pero llega tarde en el proceso y actúa sobre un árbol que ya está debilitado por las otras dos causas.

El resultado final es reconocible: el huésped muere, se pudre y desaparece, y queda una columna hueca de raíces entretejidas con un vacío en el centro con la forma exacta del tronco que hubo allí. En algunos ejemplares se puede entrar por ese hueco.

Cómo un árbol acaba ocupando una hectárea

Aquí entra lo que hace único al banyan. Las ramas horizontales emiten hacia abajo raíces columnares que, al llegar al suelo y engrosar, se convierten en pilares. Cada pilar sostiene el peso de la rama, y la rama, ya apoyada, puede seguir alargándose. Repetido durante siglos, el sistema no tiene un límite estructural claro: el árbol avanza como una arboleda que camina.

El ejemplar de Howrah es el caso de estudio. Perdió su tronco original en 1925, cuando hubo que retirarlo por podrido tras los daños de un rayo. El árbol siguió vivo sin ningún problema, porque para entonces cada porción de la copa ya tenía sus propios pilares y sus propias raíces. Es un árbol sin centro.

Otro ejemplar célebre, el Thimmamma Marrimanu de Andhra Pradesh, disputa el récord de mayor superficie de copa del mundo. En la India, el Ficus benghalensis es el árbol nacional, y su sombra ha funcionado durante siglos como plaza de pueblo: bajo un banyan grande se celebran mercados, asambleas y bodas, y en algunas aldeas cabe entero el ganado del vecindario.

Higuera estranguladora en su hábitat tropical

La avispa sin la que no habría higos

El higo no es un fruto: es un sicono, un receptáculo carnoso hueco con centenares de flores diminutas mirando hacia dentro. Como están encerradas, no las puede polinizar el viento ni una abeja cualquiera. Lo hacen unas avispas minúsculas de la familia Agaonidae, de dos o tres milímetros.

La hembra entra por un poro estrechísimo del ápice del higo, el ostiolo, y en el trayecto pierde las alas y parte de las antenas: es un viaje de ida. Dentro poliniza las flores, pone sus huevos en algunas de ellas y muere. Las larvas se desarrollan, la nueva generación se aparea dentro del higo, y las hembras salen cargadas de polen a buscar otro árbol en floración.

Lo notable es la especificidad: cada especie de Ficus tiene normalmente su propia especie de avispa, y sin ella no hay semilla viable. Por eso las higueras estranguladoras funcionan como especies clave en sus ecosistemas: fructifican de forma asincrónica, distintos árboles en distintos meses, y sostienen a la fauna frugívora en las épocas en que no hay otra cosa que comer.

También explica un fenómeno reciente en España. El Ficus microcarpa, plantado durante décadas en calles del sur peninsular y de Canarias, nunca producía descendencia porque su avispa polinizadora no estaba aquí. Cuando Eupristina verticillata apareció en nuestros ambientes urbanos, empezaron a salir plántulas espontáneas en muros, alcorques y juntas de fábrica. Un árbol ornamental inofensivo se convirtió, sin cambiar nada en él, en una planta con comportamiento invasor en las zonas más cálidas.

Parientes con este mismo hábito en jardines españoles

No hace falta ir a los trópicos. En el litoral mediterráneo y en Canarias se plantan desde el siglo XIX especies con la misma biología.

Ficus macrophylla, la higuera de Moreton Bay, es la más espectacular. Los ejemplares del Parque Genovés y la Alameda Apodaca en Cádiz, los del Parque de Málaga o los de Puerto de la Cruz en Tenerife tienen contrafuertes de varios metros y copas de más de treinta metros de diámetro. Es un árbol para parques públicos, no para una parcela: sus raíces levantan aceras, entran en arquetas y colectores y desestabilizan muros. Distancias de menos de quince o veinte metros a una edificación acaban en obra. Además es sensible al frío; por debajo de unos −2 ºC empieza a quemarse el follaje, lo que la limita a la costa y a las islas.

Ficus religiosa aparece con menos frecuencia, pero es la que peor se porta cerca de construcciones: en su medio natural coloniza rocas y muros, y en las ciudades del sur de Asia se la ve creciendo sobre cornisas y templos, abriendo la fábrica con las raíces. Si nace espontánea en una junta de un muro, la solución es arrancarla mientras es un plantón de un palmo.

Ficus elastica, el ficus de interior de toda la vida, también es hemiepífito en Assam y Malasia. Las raíces aéreas que le salen de las ramas en un salón con humedad alta no son una anomalía: es la planta haciendo lo que hace en el bosque. En Meghalaya, en el noreste de la India, se conducen esas raíces sobre cauces de río para formar puentes vivos que soportan el paso de personas durante generaciones.

Si la intención es tener una higuera estranguladora en casa, la vía razonable es el cultivo en maceta o como bonsái. Ficus microcarpa y Ficus benghalensis se prestan a ello: soportan poda de raíz, brotan bien tras el pinzado y desarrollan raíces aéreas engrosadas si se mantiene humedad ambiental alta. Interior luminoso sin sol directo del mediodía, riego cuando el sustrato se seque en superficie, y ni una corriente de aire frío en invierno.

En resumen

Las higueras estranguladoras son especies del género Ficus que germinan sobre otro árbol, viven un tiempo como epífitas y bajan raíces hasta el suelo para acabar independizándose. No son parásitas: matan al huésped por sombra, por competencia radicular y por compresión del floema, en ese orden de importancia, y dejan una columna hueca donde estuvo su tronco. Las raíces columnares que emiten desde las ramas les permiten extenderse en horizontal sin límite claro, hasta cubrir hectáreas en el caso del Ficus benghalensis. Su reproducción depende por completo de avispas polinizadoras específicas, hecho que en España ha convertido al Ficus microcarpa en un árbol que ahora se siembra solo en las zonas cálidas. Y sus parientes ornamentales —sobre todo Ficus macrophylla— son magníficos en un parque y ruinosos a diez metros de una casa.


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