Un karité plantado hoy no daría fruto hasta dentro de quince o veinte años, y no alcanzaría plena producción hasta pasado el medio siglo. Ese calendario explica casi todo lo que hay que saber del árbol: por qué no existen plantaciones comerciales, por qué la manteca sale de recolección y no de cultivo, y por qué comprar un sobre de semillas por internet acaba casi siempre en un tiesto con tierra y nada dentro.
El árbol es Vitellaria paradoxa, de la familia Sapotaceae, la misma del zapote y del chicle. En la bibliografía antigua aparece como Butyrospermum parkii o Butyrospermum paradoxum, sinónimos que todavía se leen en etiquetas de cosmética y en listados INCI. En inglés se llama shea, del bambara sii; karité viene de las lenguas mandé de África occidental.
Dónde vive y por qué nadie lo planta
Su territorio es una franja de sabana que cruza África de oeste a este, desde Senegal y Malí hasta Uganda y el sur de Etiopía, entre unos 600 y 1.500 mm de lluvia anual repartidos en una sola estación húmeda, con una seca larga y marcada. Se reconocen dos subespecies: V. paradoxa subsp. paradoxa, la occidental, y subsp. nilotica, la oriental, cuya grasa es notablemente más blanda porque lleva mayor proporción de ácido oleico.
Lo que el visitante ve en esas sabanas no son bosques de karité sino parques agroforestales: campos de mijo, sorgo o algodón con karités adultos dispersos, respetados uno a uno cuando se desbroza. Nadie los sembró en filas. Se conservan los que nacen solos, y ese árbol lleva siglos siendo seleccionado sin que exista un cultivar en el sentido hortícola del término. El karité sigue siendo, técnicamente, una especie silvestre explotada.
La razón de que no haya plantaciones es puramente económica y tiene que ver con el tiempo. Un mango injertado produce al cuarto año; un karité de semilla tarda entre quince y veinte, y su rendimiento serio llega hacia los treinta o cuarenta. Existen ensayos de injerto que adelantan la entrada en producción, pero nunca se han generalizado. A cambio, el árbol vive doscientos o trescientos años, de modo que quien respeta uno adulto hereda un capital que su bisabuelo no plantó.
Conviene saber, además, que la especie figura en la Lista Roja de la UICN en categoría de amenaza: la presión sobre la leña, el carboneo, el acortamiento de los barbechos y la roturación mecanizada están dejando poblaciones envejecidas, con muchos árboles viejos y muy pocos jóvenes que los reemplacen.
Cómo es el árbol
Alcanza de 10 a 15 metros, excepcionalmente 20, con copa ancha y ramificación abierta. La corteza es gruesa, muy fisurada en placas rectangulares, y esa característica no es decorativa: le permite sobrevivir a los incendios rasantes de estación seca que en la sabana pasan cada año o cada dos. Toda la planta contiene látex blanco, típico de las sapotáceas, que sale al romper una hoja o un pecíolo.
Las hojas son coriáceas, oblongas, de 12 a 25 cm, con el margen ondulado y el pecíolo largo, y se agrupan en penachos densos en el extremo de las ramas, dejando el resto de la rama desnuda. Los brotes nuevos salen de color rojizo o bronce antes de virar a verde oscuro. En plena sequía el árbol pierde parte de la hoja, pero no queda del todo desnudo.
Florece al final de la estación seca, entre diciembre y marzo en su área natural, con fascículos densos de flores pequeñas, blanco crema y muy olorosas, agrupadas al final de las ramas. Son hermafroditas y las poliniza sobre todo la abeja; de hecho el karité sostiene una producción de miel notable en la región, y la miel y la manteca salen del mismo árbol con meses de diferencia.
Del fruto a la manteca
El fruto es una baya elipsoide de 4 a 6 cm, verde al principio y parduzca al madurar, con una pulpa carnosa dulce que se come en fresco y que, en periodo de escasez alimentaria previo a la cosecha de cereal, tiene un peso real en la dieta local. Dentro hay una semilla —a veces dos— de cubierta lisa y brillante, la "nuez de karité", con un contenido en materia grasa que ronda el 45-55 % del peso seco del cotiledón.
Esa grasa es la manteca. Su perfil es muy particular: dominan el ácido esteárico y el oleico, en proporciones que suelen rondar el 35-45 % cada uno según la procedencia, más palmítico y linoleico en cantidades menores. El esteárico es el que la mantiene sólida a temperatura ambiente y le da ese tacto de cera que se funde en la mano; el oleico es el que hace que la manteca de karité oriental sea más untuosa que la occidental.
Lo que la distingue de casi cualquier otra grasa vegetal es la fracción insaponificable, entre un 3 y un 11 % frente al 0,5-2 % habitual en aceites comunes: triterpenos como alfa y beta amirina, lupeol y butirospermol, además de esteroles y tocoferoles. Ahí está buena parte de su reputación cosmética, y también la razón de que el refinado importe tanto, porque el desodorizado a alta temperatura se lleva parte de esos compuestos por delante.
La recolección y el procesado son trabajo de mujeres de forma casi exclusiva en toda el área de distribución, hasta el punto de que la manteca se conoce como "el oro de las mujeres". El circuito tradicional pasa por despulpar, cocer o secar la nuez, tostarla, molerla y batir la pasta con agua hasta que la grasa se separa y flota.
Intentar cultivarlo en España
Aquí llega la parte que interesa a quien tenga la tentación. En la Península, al aire libre, no hay dónde. El karité es un árbol tropical de sabana que no tolera heladas: por debajo de 5 °C empieza a sufrir y una helada de verdad, aunque sea de una noche, se lo lleva. Necesita medias anuales por encima de los 25 °C y un verano largo y caliente para acumular crecimiento. Ni la costa de Málaga ni la Axarquía, que aguantan mangos y aguacates, le dan calor suficiente de forma sostenida. En las zonas costeras cálidas de Canarias es imaginable como ejemplar de colección, con mucha paciencia; en el resto del país, solo en invernadero cálido o como planta de interior grande con luz muy alta.
Y antes que el clima está el problema de la semilla. La nuez de karité es recalcitrante: no soporta la desecación ni el almacenamiento en frío. Pierde viabilidad en pocas semanas —del orden de dos a cinco— y no hay forma de conservarla como se conserva la de un pino o un tomate. Un sobre comprado por internet, recolectado hace meses, secado para el transporte y guardado en un almacén, llega inerte. No germinará, no porque falte técnica al sembrador, sino porque el embrión ya está muerto. Si alguien quiere intentarlo de verdad, la única vía es semilla fresca recién extraída del fruto, sembrada en días.
La germinación tampoco se parece a lo que uno espera. Es hipogea y criptocotilar: la semilla emite primero una radícula gruesa que engorda bajo tierra formando una estructura tuberosa, y solo semanas después —a veces uno o dos meses— aparece el brote en superficie. Quien remueve la maceta a las tres semanas creyendo que no ha pasado nada rompe la raíz justo cuando el proceso iba bien. Se siembra a 2-3 cm en sustrato arenoso, muy drenante, a 28-32 °C constantes y con humedad moderada.
El resto del manejo es previsible: sol directo pleno, riego regular en la estación de crecimiento y bastante seco en invierno, suelo profundo, ligero y drenado, y ninguna tolerancia al encharcamiento. La raíz pivotante es larga desde el principio, así que hay que criarlo en maceta honda o en tubete forestal, nunca en bandeja plana. Crece del orden de 15 a 25 cm al año, y ese ritmo no se acelera abonando más: un exceso de nitrógeno da brotes blandos que se queman al primer golpe de sol o de frío.
Manteca de karité: lo que hace y lo que se le atribuye
Merece la pena separar dos cosas que se venden juntas. Por un lado está el uso tradicional en África occidental, donde la manteca es grasa de cocina, combustible de lámparas, impermeabilizante de paredes de adobe, ungüento para la piel y el cabello y remedio doméstico para dolores, quemaduras leves y afecciones cutáneas. Por otro, lo que muestran los estudios.
Sobre lo segundo, el terreno firme es corto pero real: la manteca de karité funciona como emoliente y oclusivo. Reduce la pérdida de agua transepidérmica, mejora la piel seca (xerosis) y se usa con criterio dermatológico como coadyuvante emoliente en dermatitis atópica y en la piel deshidratada de labios, codos y talones. Eso está razonablemente respaldado y es, sencillamente, lo que hace una grasa rica en insaponificable aplicada sobre una barrera cutánea deteriorada.
Lo que no está demostrado es bastante más de lo que se anuncia. No borra estrías ya formadas ni cicatrices; hidratar la piel y masajearla mejora la elasticidad y la apariencia, pero ni la manteca ni ninguna otra reconstruye la dermis rota. No es un protector solar: su factor estimado se mueve en torno a 3-6, insuficiente para nada, y usarla como pantalla en la playa es una quemadura anunciada. Los ensayos con extractos triterpénicos en dolor articular son escasos y de calidad limitada, así que no hay base para presentarla como antiinflamatorio de uso interno o externo con efecto clínico. Y no cura el eccema: lo alivia mientras se aplica.
En seguridad, la manteca de karité tiene un historial muy bueno. Aunque procede de una semilla oleaginosa, la refinada contiene proteína residual en cantidades ínfimas y las reacciones alérgicas documentadas son excepcionales, incluso en personas alérgicas a frutos secos; aun así, quien tenga alergias graves conocidas hará bien en probar antes en una zona pequeña. Sobre piel muy grasa o con tendencia acneica en la cara, la aplicación abundante puede ser comedogénica: en ese caso es mejor reservarla para cuerpo, manos y labios. Y si el asunto es una lesión que no cierra, una dermatitis que empeora o un dolor persistente, la consulta es con el médico o el farmacéutico, no con el tarro.
Elegir y conservar el producto
La manteca sin refinar es de color marfil o amarillento, con olor característico a nuez y a humo procedente del tostado, y conserva íntegra la fracción insaponificable. La refinada es blanca, inodora y de aspecto más "cosmético", a costa de haber perdido parte de esos compuestos. Ninguna de las dos es mejor en abstracto: para untar el cuerpo entero, la refinada resulta más llevadera; para una crema de manos de invierno, la cruda rinde más.
Al leer la etiqueta, buscar Butyrospermum parkii butter en los primeros puestos de la lista de ingredientes. Muchas cremas "de karité" lo llevan en proporciones del 2 o el 3 %, después del agua, los emulsionantes y varios aceites minerales; eso no es una manteca de karité, es una crema con un poco de karité.
Un detalle que asusta sin motivo: si el tarro pasa calor y se enfría despacio, aparecen granos duros dentro. No está estropeado ni contaminado; es recristalización de la estearina. Se arregla fundiendo la manteca al baño maría a temperatura suave y enfriándola rápido, incluso en la nevera, removiendo mientras espesa. Guardada al abrigo de la luz y por debajo de 25 °C, aguanta bien un par de años.
En resumen
Vitellaria paradoxa es un árbol de sabana africana de crecimiento lentísimo, larga vida y corteza a prueba de fuego, que nunca ha llegado a domesticarse porque tarda quince o veinte años en dar el primer fruto. De su semilla sale la manteca de karité, una grasa dominada por ácido esteárico y oleico con una fracción insaponificable inusualmente alta.
Cultivarlo en España al aire libre no es viable fuera de enclaves canarios muy cálidos: no aguanta heladas y necesita calor sostenido. Además su semilla es recalcitrante y muere en semanas, de modo que las que se venden por correo llegan inservibles. Quien lo intente necesita semilla fresca, 28-32 °C, maceta honda por la raíz pivotante y aceptar que el brote tarde uno o dos meses en asomar.
Como cosmético, la manteca hace bien lo que hace una buena grasa emoliente: retener agua en la piel y aliviar la sequedad. No protege del sol, no borra estrías ni cicatrices y no sustituye a un tratamiento médico. Con eso claro, es de los productos más honrados que hay en el estante.