Abre sus flores en diciembre y sigue abriéndolas en marzo, sobre ramas que en ese momento no tienen una sola hoja. De ahí el epíteto: nudiflorum, «de flor desnuda». El Jasminum nudiflorum es un arbusto caducifolio de la familia de las oleáceas, pariente del olivo y del aligustre, que invierte el calendario habitual del jardín y gasta su energía cuando casi nada más está en activo.
Qué es exactamente esta planta
Procede del oeste de China —Gansu, Sichuan, Yunnan y el sureste del Tíbet—, donde crece en laderas rocosas y bordes de barranco entre los 800 y los 4.500 metros de altitud. Esa procedencia de montaña explica su resistencia al frío, que es la cualidad por la que se cultiva.
Forma una mata de varas verdes y de sección cuadrangular, largas y arqueadas, que alcanzan entre 2 y 4 metros si se les da algo a lo que agarrarse, o se quedan en un montículo desordenado de 1 a 1,5 metros de alto si se dejan sueltas. Las hojas son opuestas y trifoliadas, con foliolos pequeños de 1 a 3 cm, de un verde oscuro y brillante. Las flores salen solitarias en las axilas, miden entre 2 y 2,5 cm de diámetro y tienen seis lóbulos amarillos que se abren desde un tubo estrecho; los capullos son rojizos antes de abrir, lo que da a la planta un moteado de dos colores muy característico en pleno invierno.
Conviene aclarar tres cosas desde el principio, porque las tres provocan compras equivocadas:
No huele. Los jazmines perfumados del jardín español son Jasminum officinale, Jasminum sambac o Jasminum grandiflorum. El de invierno carece de fragancia apreciable. Quien lo planta buscando el olor del jazmín de verano se queda con las ganas todos los años; quien lo planta buscando color en enero acierta siempre.
No trepa por sí solo. No tiene zarcillos ni tallos volubles: no se enrosca en nada ni se pega a la pared. Lo que hace es alargar varas que caen por su propio peso. Si se quiere sobre un muro o una celosía, hay que atarlo, y hay que seguir atándolo cada año. Ese es el motivo de que tantos ejemplares acaben convertidos en un revoltijo desmadejado al pie de una pared.
No es el jazmín amarillo de flor grande. En vivero se confunde con el Jasminum mesnyi (jazmín primulino o de San José): ese es perenne, tiene flores semidobles bastante mayores, florece algo más tarde y aguanta mucho menos el frío, en torno a los -6 °C. Si el arbusto que tienes delante conserva las hojas en pleno invierno, no es nudiflorum. Y ojo con otra planta que también se vende como «jazmín amarillo»: Gelsemium sempervirens, el falso jazmín de Carolina, que sí es una trepadora auténtica y es tóxica en todas sus partes, con alcaloides que afectan al sistema nervioso. No pertenece siquiera a la misma familia. El jazmín de invierno, en cambio, no figura entre las plantas de jardín problemáticas.
Otra confusión frecuente es con la forsitia. Ambas son amarillas y de floración temprana, pero la forsitia tiene flores de cuatro lóbulos sobre ramas pardas y florece en marzo; el jazmín de invierno tiene seis lóbulos sobre ramas verdes y ya va por la mitad de su temporada cuando la forsitia empieza.
Dónde plantarlo
A pleno sol florece más, y esa es la regla en el norte y en el interior peninsular. Pero tolera la sombra mucho mejor que la mayor parte de arbustos de flor, y ahí está su mejor uso: es de las pocas plantas que florecen decentemente en una pared orientada al norte, un sitio que en un jardín español suele quedarse vacío o relegado a hiedras. Con tres o cuatro horas de luz directa da flor suficiente.
En Andalucía, Murcia o el interior extremeño el problema no es el invierno sino el verano: por encima de los 38-40 °C sostenidos el follaje se chamusca y la planta se para. En esas zonas hay que darle sombra en las horas centrales, y una orientación este o norte es preferible a una sur.
Tres situaciones donde funciona especialmente bien: cubriendo un talud o el borde de un muro de contención, donde las varas cuelgan y se cubren de flor a la altura de los ojos; sobre una barandilla o una valla de obra, atado; y en maceta grande junto a una entrada, donde se ve el mes que está en flor.
Suelo y plantación
Es poco exigente. Acepta suelos arcillosos, francos y arenosos, y —dato importante en media España— vive sin problema en terrenos calizos y con pH alto, sin la clorosis férrica que arruina camelias, azaleas o gardenias en las mismas condiciones. Lo único que no perdona es el encharcamiento prolongado.
En suelos pesados que se compactan, abre un hoyo amplio, más ancho que profundo, y mezcla la tierra extraída con un tercio de compost o mantillo maduro y algo de arena gruesa. No plantes en un agujero estrecho lleno de sustrato blando en medio de una arcilla compacta: se convierte en un cubo sin desagüe y la raíz se asfixia el primer invierno lluvioso.
La época de plantación es el otoño, de octubre a noviembre, en toda la mitad sur y en el litoral: la planta echa raíz durante el invierno y llega al verano asentada. En zonas de heladas fuertes —Castilla, Aragón interior, montaña— es preferible esperar a finales de invierno, febrero o principios de marzo, cuando el suelo empieza a templarse. Si compras un ejemplar en flor en enero, puedes plantarlo igualmente: la floración no se resiente si el cepellón se manipula con cuidado y el suelo no está helado.
Para el trasplante de ejemplares establecidos, el momento es justo después de la floración, en marzo, y conviene reducir antes la parte aérea a la mitad para compensar la raíz perdida.
Riego
Los dos primeros años es cuando importa: riego regular, cada 4 o 5 días en verano en clima seco, procurando que el agua penetre en profundidad en lugar de mojar solo la superficie. Una vez enraizado, es notablemente resistente a la sequía y en el norte peninsular puede pasar el verano solo con la lluvia.
En el sur, un riego semanal abundante en julio y agosto mantiene el follaje presentable. En invierno, prácticamente no necesita nada: la planta está en flor pero sin hojas, la evaporación es mínima y la lluvia suele bastar. Regar un jazmín de invierno en un suelo pesado durante diciembre es la vía más rápida a la pudrición del cuello.
En maceta el cálculo cambia: el sustrato se seca mucho más deprisa, hay que comprobar con el dedo dos o tres centímetros hacia abajo, y el plato bajo la maceta se vacía siempre después de regar.
Abonado
Es un arbusto frugal y responde mal al exceso. Con una capa de 3-4 cm de compost o estiércol bien hecho extendida alrededor del pie en otoño tiene de sobra para el año. Si prefieres abono mineral, un granulado de liberación lenta equilibrado, aplicado una vez a la salida del invierno, cumple.
Lo que hay que evitar es el nitrógeno abundante en primavera y verano, del tipo que se usa para el césped. Con nitrógeno de más el jazmín produce varas larguísimas de un verde tierno, muy vulnerables a la cochinilla, y muy poca yema floral. El resultado se ve seis meses después: mucha rama y un invierno sin flores.
Poda: aquí se decide la floración del año siguiente
El punto clave es que florece sobre madera del año anterior. Las yemas de flor que se abren en enero se formaron el verano pasado. Quien recorta el arbusto en noviembre «para dejarlo ordenado antes del invierno» está tirando a la basura toda la floración; lo mismo vale para la poda de febrero, que corta las varas cuando aún les quedan semanas de flor.
El momento correcto es justo al terminar la floración, entre finales de marzo y principios de abril. Así la planta dispone de toda la primavera y el verano para producir la madera que florecerá el invierno siguiente.
Cómo hacerlo:
Corta las varas que han florecido dejando dos o tres yemas —unos 5 cm— desde la estructura permanente del arbusto o desde la rama principal atada al muro. De esos tocones brotarán las varas nuevas de la temporada.
Cada tres o cuatro años, suprime desde la base entre un cuarto y un tercio de las ramas más viejas, las que se han vuelto leñosas, grises y ya solo florecen en la punta. Esa renovación por tercios evita tener que recurrir a una poda drástica.
Si el ejemplar ya está degenerado en una maraña, admite un rejuvenecimiento severo: se corta todo a 30-50 cm del suelo en marzo. Rebrota con fuerza, pero da por perdida la floración del invierno siguiente y cuenta con dos temporadas para recuperar la forma.
Multiplicación
Es de las plantas más fáciles de reproducir del jardín, y el método más cómodo lo hace ella sola. Cualquier vara que toque el suelo enraíza por sí misma en unos meses. Basta con localizar en primavera un punto donde la rama descanse sobre la tierra, sujetarlo con una piedra o una horquilla de alambre, mantenerlo húmedo y separar la planta hija el otoño siguiente, cortando por detrás del punto de enraizamiento. Es acodo natural, sin más trabajo que el de fijar la rama.
Con esquejes también funciona: trozos semileñosos de 10-15 cm tomados en agosto o septiembre, deshojados por la mitad inferior, en una mezcla de turba y perlita a partes iguales, a la sombra y con el sustrato siempre húmedo. Enraízan en cuatro a seis semanas, y con hormona de enraizamiento la proporción sube bastante.
Por semilla no merece la pena y además rara vez es posible: en Europa casi todos los ejemplares cultivados proceden de un material clonal autoincompatible, de modo que apenas fructifican. Si ves bayas negras en tu planta, tienes una rareza.
Plagas
La cochinilla algodonosa (Planococcus citri) es la visitante habitual. Se reconoce por las masas blancas algodonosas en las axilas de las hojas y en los cruces de ramas, acompañadas de melaza pegajosa y, después, de negrilla. Prospera en ejemplares densos, mal ventilados y sobrealimentados de nitrógeno.
Contra focos pequeños, un algodón con alcohol de 70° pasado directamente sobre las colonias las elimina. Para infestaciones extendidas, jabón potásico al 1-2 % pulverizado a última hora de la tarde, repitiendo cada 7-10 días hasta cortar el ciclo; hay que mojar el envés y las horquillas, porque es donde se refugian. En invierno, con la planta sin hojas, un aceite de parafina resulta especialmente eficaz porque asfixia las formas invernantes y se aplica sin riesgo de quemar follaje.
También pueden aparecer pulgones en los brotes tiernos de primavera —mismo tratamiento con jabón potásico— y araña roja (Tetranychus urticae) en posiciones muy calurosas y secas, delatada por un punteado amarillento en el haz y telarañas finísimas en el envés. Contra la araña roja lo más efectivo es corregir el ambiente: mojar el follaje en las tardes de verano y evitar plantar contra un muro sur que reverbera calor.
Enfermedades
Da pocos problemas. Las que hay son casi todas consecuencia de errores de cultivo, no de patógenos agresivos:
Pudrición radicular por hongos de suelo en terrenos encharcados. Se manifiesta como amarilleo general, marchitez pese al suelo húmedo y varas que se secan de la punta hacia abajo. No tiene tratamiento fiable una vez avanzada; se previene con drenaje y sin regar de más en invierno.
Manchas foliares fúngicas en primaveras muy lluviosas, con lesiones pardas de borde definido. Suelen ser cosméticas. Retirar y eliminar las hojas caídas y aclarar la mata para que circule el aire basta en la mayoría de los casos.
Negrilla: ese polvo negro sobre las hojas no es una enfermedad en sí, sino un hongo que vive de la melaza que segregan cochinillas y pulgones. Elimina el insecto y la negrilla desaparece sola con las lluvias.
Resistencia al frío
Es su gran baza. La madera aguanta sin daño hasta alrededor de -15 °C, lo que lo hace cultivable en prácticamente toda la Península, incluidas las zonas frías de Castilla y León, Aragón o Navarra.
Las flores abiertas, en cambio, son otra cosa: una helada fuerte las estropea y las deja pardas en una noche. Eso no arruina la temporada, porque la planta no abre todos los capullos a la vez, sino en oleadas sucesivas cada vez que llega un periodo templado. Por eso la floración se estira de diciembre a marzo y por eso un ejemplar puede quedar deslucido una semana y estar espléndido a la siguiente.
En invierno suave —costa mediterránea, Canarias, litoral atlántico sur— florece antes y a veces de forma menos espectacular, porque las oleadas se solapan. Sigue siendo una de las poquísimas manchas de color de esos meses.
En resumen
El Jasminum nudiflorum es un arbusto caducifolio chino de varas verdes arqueadas que florece de amarillo entre diciembre y marzo, con la planta desnuda de hojas. No perfuma, no trepa solo y no es lo mismo que el Jasminum mesnyi perenne ni que el tóxico Gelsemium sempervirens.
Pide sol o media sombra —tolera muros al norte mejor que casi cualquier otro arbusto de flor—, suelo drenado sin importarle la cal, riego solo los dos primeros años y muy poco abono. La regla que decide el resultado es la poda: se hace al acabar la floración, en marzo o principios de abril, cortando las varas florecidas a un par de yemas, porque las flores del invierno próximo se forman en la madera de este verano. Cualquier corte en otoño o invierno se lleva la floración por delante.
Vigila la cochinilla algodonosa, ventila la mata, no lo riegues en diciembre y multiplícalo dejando que una rama toque el suelo. Con eso tienes color en el jardín justo en los meses en que no hay ningún otro.