Llega la primera helada seria de noviembre y el ginkgo se vacía. Las hojas, que llevaban dos semanas virando al amarillo, caen casi todas el mismo día y dejan un círculo dorado perfecto bajo la copa. Ningún otro árbol de jardín hace eso con esa puntualidad, y esa escena basta para justificar los quince o veinte años que tarda en tener porte de árbol adulto.

Ginkgo biloba es la única especie viva de todo un grupo vegetal. No es una conífera, aunque se le clasifique cerca; no es una frondosa moderna; pertenece a la división Ginkgophyta, que en el Jurásico repartía decenas de especies por medio planeta y hoy conserva exactamente una. De ahí lo de fósil viviente, etiqueta que popularizó Darwin y que en este caso no es marketing.

Doscientos millones de años, no doscientos años

Conviene aclarar el dato porque circula mal escrito por todas partes. La antigüedad del linaje del ginkgo se mide en cientos de millones de años: hay fósiles de hojas prácticamente idénticas a las actuales en estratos del Jurásico, el género aparece en el registro desde hace unos 170 millones de años y los antecesores del orden se reconocen ya en el Pérmico. Lo que envejece doscientos o mil años es cada ejemplar concreto, que también es mucho: en templos de China, Corea y Japón hay ginkgos documentados con más de un milenio.

Ese pasado explica rasgos que en un árbol de jardín parecen extravagancias. Las hojas tienen nervadura dicótoma: los nervios salen del pecíolo y se van bifurcando en abanico sin formar nunca la retícula que vemos en un roble o un tilo. La forma es flabeliforme, con una hendidura central que parte el limbo en dos lóbulos —de ahí biloba—, aunque en ramas viejas muchas hojas salen enteras. Y en la reproducción conserva algo que ninguna otra planta con semilla mantiene salvo las cícadas: espermatozoides móviles, con flagelos, que nadan hasta el óvulo.

Hojas en abanico de Ginkgo biloba con nervadura dicótoma

Macho o hembra: la decisión se toma en el vivero

El ginkgo es dioico. Hay pies masculinos y pies femeninos, y la diferencia práctica es enorme. Los femeninos producen unas semillas carnosas del tamaño de una ciruela pequeña cuya cubierta exterior, la sarcotesta, al madurar y caer al suelo desprende ácido butírico. El olor es el de la mantequilla rancia, se pega a las suelas de los zapatos y dura semanas. Un ejemplar adulto tira cientos de semillas cada otoño sobre la acera, el césped o el capó del coche.

El problema es que un ginkgo nacido de semilla no revela su sexo hasta que fructifica, y eso puede tardar veinte o treinta años. Plantar un plantón barato de origen desconocido es tirar una moneda al aire y esperar tres décadas para ver el resultado. La solución existe y es sencilla: comprar un clon masculino injertado. Los cultivares 'Autumn Gold', 'Princeton Sentry', 'Saratoga' o 'Fastigiata' son selecciones de pie macho, y el vivero debe poder acreditarlo en la etiqueta. Pregunte por el sexo del árbol antes de pagar: si en el mostrador no saben contestar, ese ejemplar viene de semilla y no hay garantía ninguna.

Añado un matiz que suele omitirse: la sarcotesta irrita la piel. Contiene ácidos ginkgólicos, alquilfenoles emparentados químicamente con los del zumaque venenoso, y provoca dermatitis de contacto en personas sensibles. Si le toca recoger semillas caídas de un ginkgo hembra municipal, hágalo con guantes.

Porte, ritmo de crecimiento y los primeros años

De joven el ginkgo es feo, y hay que decirlo antes de que el comprador se arrepienta. Durante la primera década crece con un eje dominante muy marcado y ramas laterales escasas, irregulares, repartidas sin ninguna simetría; parece un palo con brazos torcidos. Hacia los quince o veinte años empieza a rellenar, y pasados los treinta ya tiene la copa cónica ancha de las fotos de parque. Un ejemplar viejo se abre y se aplana por arriba.

El tamaño final ronda los 20 a 30 metros de altura y 8 a 12 de anchura de copa, así que no es árbol para un patio de diez metros cuadrados. La fama de crecimiento lentísimo está algo exagerada: en tierra profunda, con riego regular y sin competencia, un ginkgo joven hace 30 a 50 cm al año, ritmo comparable al de muchos arces. Lo que sí es cierto es que en suelo pobre, compactado y seco se queda en 10 o 15 cm anuales y da la sensación de estar parado.

Para jardines pequeños hay cultivares enanos que resuelven el problema de espacio: 'Mariken', globoso y por debajo de los dos metros, 'Troll', 'Jade Butterflies' o el compacto 'Chi Chi'. Todos son injertos, todos son machos y todos funcionan bien en maceta grande. Si lo que se busca es una forma estrecha para una calle o un lindero, 'Fastigiata Blagon' y 'Princeton Sentry' mantienen una columna de tres o cuatro metros de anchura.

Dónde va bien en España

La rusticidad al frío no limita en ninguna parte de la Península: el ginkgo aguanta sin daño -25 °C y bastante más, de modo que Soria, Burgos o el Pirineo le vienen holgados. Además brota tarde, ya entrado abril, lo que le libra de las heladas tardías que castigan a otras especies ornamentales.

El problema aquí es el verano, no el invierno. En el interior manchego, en el valle del Guadalquivir o en Extremadura, un ginkgo sin riego pasa julio y agosto con quemadura marginal en la hoja: el borde del abanico se pone marrón y quebradizo, y en años duros el árbol defolia en agosto y pierde por completo el amarillo de otoño. No es que la especie no soporte el calor —en Tokio y en Seúl los veranos son tórridos—, es que no soporta calor y sequía a la vez. Con riego de apoyo y suelo profundo vive perfectamente en Madrid, Zaragoza o Sevilla; en secano estricto al sur del Tajo, no lo intente.

Da su mejor versión en la mitad norte y en climas de transición: Galicia, la cornisa cantábrica, León, Navarra, la Cataluña interior, las zonas altas de Castilla. Conviene saber también que el amarillo intenso de otoño depende del contraste térmico. En litorales templados y sin noches frías la hoja pasa a un amarillo apagado, casi ocre, y cae de forma escalonada. El oro puro pide otoños con noches de cinco grados.

Suelo, plantación y riego

Es una especie poco exigente en química de suelo: tolera pH de 5 a 8 sin clorosis, se lleva bien con los suelos calizos que dominan medio país y aguanta arcillas siempre que drenen. Lo que no perdona es el encharcamiento prolongado. Un ginkgo plantado en una cubeta de arcilla donde el agua se queda tres días acaba con podredumbre de raíz, y esa es la forma de muerte más habitual en jardín particular. Si el hoyo de plantación tarda más de veinticuatro horas en filtrar un cubo de agua, hay que corregir el drenaje o cambiar de sitio.

La época de plantación va de noviembre a febrero, con el árbol en reposo. Es de las pocas especies ornamentales que todavía se encuentran a raíz desnuda en invierno, opción más barata y que enraíza mejor que el contenedor si se planta enseguida. El hoyo, amplio —tres veces el cepellón en anchura— y con el cuello de la raíz a ras de suelo, nunca enterrado. Si el árbol viene injertado, el punto de injerto se queda por encima de la tierra.

Durante los tres o cuatro primeros veranos hay que regar en serio: 40 a 60 litros por riego cada diez o quince días en zonas cálidas, mejor pocas veces y mucho que un goteo diario superficial. El objetivo es que la raíz baje. Del quinto año en adelante, un ginkgo establecido en la mitad norte se sostiene solo; en el sur seguirá agradeciendo dos o tres riegos profundos en pleno verano durante toda su vida.

Abonado: poco y en primavera. Un puñado de abono de liberación lenta equilibrado en marzo, o compost extendido bajo la proyección de la copa, cubre las necesidades. Forzar con nitrógeno produce brotes largos y blandos que no aportan estructura y se doblan con el viento.

Ejemplar adulto de Ginkgo biloba con la copa ya desarrollada

Poda: cuanto menos, mejor

El ginkgo construye su forma solo y no responde bien a las intervenciones fuertes. La poda se limita a lo formativo en los primeros años y siempre en parada vegetativa, de diciembre a febrero: quitar ramas cruzadas, eliminar competidores de la guía central, elevar la cruz si el árbol va junto a un paso. Nada más.

Despuntar un ginkgo joven por el eje central para que ramifique antes sale caro: el árbol responde con varios brotes competidores desde el mismo punto, la horquilla que se forma se abrirá con los años y se pierde el tronco recto, que es precisamente lo mejor que tiene la especie. La ramificación llega sola; hay que esperarla.

Sí conviene saber que tolera bien el trasplante y la recuperación tras daños graves —rebrota desde tocón y desde raíz con una facilidad notable—, cualidad que lo hizo célebre tras Hiroshima, donde varios ejemplares próximos al hipocentro sobrevivieron y siguen vivos.

Plagas, enfermedades y uso como árbol de calle

Aquí está su argumento más fuerte. El ginkgo es de los árboles ornamentales con menos problemas fitosanitarios que se pueden plantar: no tiene pulgón propio, no lo atacan los barrenillos habituales, resiste bien a Armillaria y apenas sufre hongos foliares. Ni un tratamiento en toda su vida. Se atribuye a la química defensiva que arrastra desde el Mesozoico, cuando sus herbívoros eran otros muy distintos.

Soporta además la contaminación urbana, la compactación del alcorque y la sal de deshielo mejor que casi cualquier alternativa, y su sistema radicular es profundo y ordenado, sin las raíces someras que levantan aceras en chopos, moreras o ailantos. Por eso es arbolado viario de primera categoría, siempre que se planten machos. Distancia mínima recomendada a fachada o pavimento: cinco o seis metros para un cultivar de porte normal.

Multiplicación

Por semilla es fácil pero lento y con la lotería del sexo: necesita estratificación fría de unos dos meses a 4 °C y germina bien en primavera. Sirve para producir portainjertos, no para tener un árbol de calidad conocida.

Por esqueje semileñoso en julio, tomando brotes del año ya endurecidos en la base, con hormona de enraizamiento y sustrato de perlita y turba bajo nebulización, se consiguen porcentajes razonables. La ventaja es evidente: el esqueje conserva el sexo y las características del árbol madre. El injerto de púa en invierno sobre patrón de semilla es la técnica comercial estándar para los cultivares con nombre.

En bonsái el ginkgo es un clásico, sobre todo en estilo chokkan y en formas de escoba. Agradece maceta profunda, riego abundante en verano y trasplante cada dos o tres años a comienzos de primavera, antes del desborre.

La hoja de ginkgo en la farmacia: tradición y evidencia

Merece aclaración, porque el árbol se conoce más por las cápsulas que por el jardín. La medicina tradicional china usó durante siglos la semilla cocinada, no la hoja; el extracto de hoja estandarizado es un desarrollo europeo del siglo XX, con ginkgólidos, bilobálido y glucósidos de flavonoles como componentes de referencia. Dicho de otro modo: lo que se vende en el herbolario no es lo que empleaba la tradición.

En cuanto a la evidencia clínica, las revisiones sistemáticas sobre demencia y deterioro cognitivo no han encontrado un beneficio consistente ni clínicamente relevante, y los grandes ensayos de prevención dieron resultado negativo. Para la claudicación intermitente los resultados son, en el mejor de los casos, modestos. Tampoco es inocuo por ser natural: interacciona con anticoagulantes y antiagregantes aumentando el riesgo de sangrado, se recomienda suspenderlo antes de una cirugía programada y se han descrito convulsiones en personas con epilepsia. Cualquier consumo debe consultarse con el médico o el farmacéutico, no decidirse por cuenta propia.

Sobre las semillas crudas, un aviso concreto: contienen ginkgotoxina, un antagonista de la vitamina B6 que puede provocar convulsiones, con riesgo especial en niños pequeños. En Japón hay casos documentados de intoxicación por comer cantidades importantes de semilla incluso cocinada. Si tiene un ejemplar hembra y niños en casa, recoja las semillas caídas y no las deje al alcance.

En resumen

Ginkgo biloba es un árbol de plantar una vez y no tocar más: rústico hasta -25 °C, indiferente al pH, sin plagas, sin poda, con raíces que no levantan el pavimento y un otoño amarillo que ningún otro iguala. A cambio pide espacio —20 a 30 metros de altura final—, paciencia durante los quince primeros años y un suelo que drene, porque el encharcamiento sí lo mata.

Las dos decisiones que hay que acertar se toman antes de plantar: un cultivar masculino injertado, para no heredar el olor de las semillas dentro de dos décadas, y una ubicación pensada para el riego de los veranos secos del interior peninsular. Con eso resuelto, el resto lo hace el árbol solo durante los próximos siglos.


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