El fruto rosado que se abre en cuatro gajos y deja asomar una semilla naranja es lo más vistoso del bonetero, y también lo que conviene vigilar: contiene heterósidos cardiotónicos y alcaloides, y no debe llegar a la boca de un niño. Con esa advertencia por delante, conviene entender qué se compra cuando en el vivero pone Euonymus: bajo ese nombre caben un seto perenne de costa, un tapizante de sombra que trepa por un muro sin ayuda y un arbusto caduco que en noviembre se pone de color carmín. No son la misma planta ni piden lo mismo.

El género pertenece a la familia de las celastráceas y reúne alrededor de 130 especies repartidas por Europa, Asia y Norteamérica. En España se cultivan de forma habitual cinco o seis, y dos crecen espontáneas en el monte: Euonymus europaeus y Euonymus latifolius. Los nombres populares —evónimo, bonetero, husera, árbol del clérigo— vienen unos del fruto, que recuerda al bonete de un eclesiástico, y otros de la madera, con la que se torneaban husos de hilar.

Frutos y follaje de una planta del género Euonymus

Toxicidad: lo primero que hay que saber

Todas las partes de la planta son tóxicas, y de forma muy señalada los frutos y las semillas. Los principios activos son heterósidos cardiotónicos (evonósido y compuestos afines) junto con alcaloides sesquiterpénicos. La ingestión provoca vómitos, dolor abdominal y diarrea intensa, y en cantidades altas puede afectar al ritmo cardíaco. La corteza y las hojas también irritan.

Esto no obliga a renunciar a la planta, pero sí condiciona dónde se pone. Los frutos maduran en septiembre y octubre, son de un rosa fucsia que atrae la vista y quedan colgando cuando la hoja ya ha caído, justo a la altura de un niño pequeño en el caso de un bonetero de porte bajo. En un patio de colegio, en una guardería o en un jardín donde gatee un crío, hay opciones mejores. Si ya está plantado, la medida sensata es retirar los frutos en otoño con una tijera, no arrancar el arbusto.

Con los animales domésticos ocurre algo parecido: perros y gatos rara vez comen las cápsulas, pero los caballos y el ganado sí ramonean los setos y hay casos documentados de intoxicación. Ante una ingestión, lo que procede es llamar al Instituto Nacional de Toxicología o al veterinario, no esperar a ver qué pasa.

Qué tienen en común todos los evónimos

Más allá del porte, que va del rastrero al arbolillo de seis metros, las especies comparten rasgos que sirven para reconocerlas y para cultivarlas.

Las hojas son opuestas, casi siempre elípticas y con el borde finamente aserrado. Las flores pasan desapercibidas: pequeñas, verdosas o amarillentas, en cimas axilares, abiertas entre mayo y junio. Nadie planta un evónimo por su floración, aunque las abejas la aprovechan bien. El interés está en el fruto, una cápsula de tres a cinco lóbulos que se abre en otoño y expone semillas envueltas en un arilo carnoso naranja, y en el follaje, sea por el color otoñal en las caducas o por la variegación en las perennes.

En cuanto a exigencias, son plantas de suelo indiferente: aguantan bien la caliza —algo que agradece medio país— y toleran pH de 6 a 8. Lo que no perdonan es el encharcamiento prolongado, porque la Phytophthora entra por la raíz y no hay tratamiento razonable una vez instalada. Un suelo pesado y arcilloso se corrige plantando sobre un caballón de veinte centímetros, no añadiendo arena al hoyo.

Las especies que merecen sitio en el jardín

Euonymus japonicus, el seto de siempre

Arbusto perenne de hasta cuatro o cinco metros si se le deja, con hoja coriácea, lustrosa y de un verde oscuro que refleja la luz. Es la especie que se ve recortada en bola en las plazas, en seto bajo delante de una fachada o formando pantalla en un chalet de costa. Su gran virtud es la tolerancia a la salinidad: resiste la brisa marina cargada de sal mejor que casi cualquier otro arbusto de seto, lo que explica su presencia masiva en el litoral mediterráneo y atlántico.

Los cultivares variegados —'Aureomarginatus' con borde amarillo, 'Albomarginatus' con borde blanco, 'Bravo'— son los más vendidos, y el de hoja diminuta ('Microphyllus') sirve para setos bajos de treinta o cuarenta centímetros donde antes se ponía boj. Precisamente ahí ha ganado terreno desde que la oruga del boj (Cydalima perspectalis) arrasó las plantaciones: el evónimo de hoja pequeña no le interesa a esa polilla.

Su punto flaco es doble. El primero es el oídio (Erysiphe euonymi-japonici), que cubre las hojas jóvenes de un fieltro blanco en primavera y en el otoño templado y húmedo, deforma los brotes y termina defoliando. El segundo es la cochinilla del evónimo (Unaspis euonymi), que hay que mirar de cerca para verla: los machos son escamitas blancas alargadas que salpican el envés de la hoja como si alguien hubiera espolvoreado harina, y las hembras son escudos pardos, en forma de mejillón, pegados a las ramas. Un seto muy infestado se queda amarillento y ralo por dentro y acaba muriendo por partes.

En frío no es la especie más dura del género: aguanta bien hasta unos -10 °C, y por debajo de eso empieza a quemarse la hoja. En Burgos, Soria o Teruel es una planta que sufre; en Valencia, Sevilla o Vigo va sobrada.

Hojas lustrosas de Euonymus japonicus

Euonymus fortunei, tapizante, trepador o arbusto según le convenga

Especie perenne de origen chino, de hoja más pequeña y textura más fina que la anterior, y con una particularidad que decide dónde merece la pena plantarla: emite raíces adventicias en los tallos. Si la plantas al pie de un muro, tapiza el suelo un par de temporadas y después empieza a subir por la pared sin necesidad de guías ni alambres, hasta tres o cuatro metros. Si la plantas en campo abierto, se queda en una alfombra de treinta centímetros. Y si en algún momento un tallo trepador alcanza altura y le da bastante luz, cambia de fase, produce brotes más gruesos y erguidos y empieza a florecer y fructificar.

Los cultivares clásicos son 'Emerald 'n' Gold' (verde con borde dorado, que vira a rosado con el frío), 'Emerald Gaiety' (borde blanco) y 'Coloratus' (verde que se tiñe de púrpura en invierno, excelente como cubresuelos bajo árboles). Es la más resistente al frío del grupo perenne: soporta sin daño los -20 °C, así que funciona en la meseta norte, donde el japonicus pasa apuros.

Con las variedades variegadas hay que hacer una tarea que se olvida: revertir la variegación. Cada cierto tiempo aparece un brote enteramente verde, sin la franja de color. Ese brote tiene más clorofila, crece más deprisa y más vigoroso que el resto, y si no se corta desde la base va comiéndose la planta hasta que en tres o cuatro años tienes un arbusto verde común y corriente donde compraste uno dorado. Se corta en cuanto se ve, siguiendo el tallo hasta el punto de origen.

Euonymus alatus, el color de otoño

Caduco, originario de Asia oriental, de porte redondeado y ramas horizontales que alcanzan los dos o tres metros. Tiene dos atractivos. El primero son las crestas de corcho —cuatro aletas longitudinales que recorren los tallos jóvenes y dan a la silueta invernal un aspecto muy reconocible—. El segundo es el color otoñal: un carmín fucsia, encendido y uniforme, que pocos arbustos igualan en la Península.

Ese color, sin embargo, no sale igual en todas partes. Necesita contraste térmico en otoño, noches frescas seguidas de días luminosos, y suelo neutro o ligeramente ácido. Plantado en la costa mediterránea, donde octubre y noviembre siguen templados, el alatus pasa del verde a un rojo apagado o directamente a un pardo decepcionante y la hoja cae sin espectáculo. En el interior peninsular, en el norte o en zonas de montaña es donde da lo que promete.

El cultivar 'Compactus' se queda en metro y medio y es el adecuado para jardines pequeños. Un apunte: en el este de Estados Unidos esta especie se ha comportado como invasora agresiva y su venta está prohibida en varios estados. En España no se le conoce ese comportamiento, pero conviene no plantarla en el borde de una masa forestal.

Ramas aladas y follaje otoñal de Euonymus alatus

Euonymus europaeus, el bonetero de aquí

Arbusto o arbolillo caduco de hasta seis metros, espontáneo en buena parte de la mitad norte peninsular, en setos, bordes de bosque y riberas, sobre suelos frescos y a menudo calizos. Ramas verdes y cuadrangulares, hoja que en otoño pasa por amarillos y rojos, y el fruto característico de color rosa intenso.

Para un jardín naturalista o un seto mixto de especies autóctonas es una elección excelente, y los pájaros —petirrojos, currucas, mirlos— se comen el arilo y dispersan la semilla. Pero hay que saber dos cosas antes de plantarlo cerca de la huerta.

La primera: es el hospedante invernal del pulgón negro de las habas (Aphis fabae). El insecto pasa el invierno en forma de huevo en las yemas del bonetero, eclosiona en marzo, se multiplica sobre sus brotes tiernos y en abril y mayo emigra en masa a las habas, la remolacha y las judías. Un bonetero a diez metros del bancal es una fábrica de pulgón sincronizada con tu siembra de primavera.

La segunda: en mayo aparece la oruga del bonetero (Yponomeuta cagnagella), que teje bolsas de seda blanca y puede defoliar el arbusto por completo hasta dejarlo como una escultura de telaraña. Impresiona mucho y no mata la planta: rebrota en junio y en julio ya está frondosa otra vez. Salvo en ejemplares jóvenes o muy visibles, lo razonable es no tratar; si molesta, se cortan y retiran las bolsas a mano cuando aún son pequeñas.

Su pariente silvestre Euonymus latifolius vive en hayedos y bosques húmedos del norte —Pirineo, Cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico— y se distingue por hojas mayores y frutos más grandes, de cinco aristas, muy colgantes.

El "Euonymus pulchellus" de los viveros

Este nombre circula en el comercio español aplicado a un evónimo perenne enano, de hoja muy menuda y porte denso, que se emplea para bordurillas y topiaria pequeña. Botánicamente el nombre no se sostiene como especie independiente. La planta que llega a la maceta con esa etiqueta encaja con las formas de hoja pequeña de Euonymus japonicus, cercanas o idénticas a 'Microphyllus'. Para el jardinero la consecuencia es directa: cultívalo como un japonicus —misma sensibilidad al frío intenso, mismo riesgo de oídio y de cochinilla— y no esperes de él nada distinto por el nombre de la etiqueta.

Plantación y cuidados

Época. El mejor momento para plantar es el otoño, de octubre a diciembre en las zonas de invierno suave, porque el suelo aún está templado y la raíz se instala antes del calor. En la meseta y en zonas de heladas fuertes conviene esperar a final del invierno, febrero o principios de marzo, para que la planta no pase su primer invierno recién trasplantada.

Exposición. Sol o media sombra. Los variegados necesitan luz para mantener el color —a la sombra profunda pierden el dorado y se vuelven verdosos—, pero en Andalucía, Extremadura o el valle del Ebro el sol de las tres de la tarde en agosto quema el borde blanco o amarillo de las hojas. La combinación que funciona en clima cálido es sol de mañana y sombra de tarde.

Riego. Los dos primeros años, riegos regulares y profundos: mejor veinte litros cada diez días que dos litros diarios, porque el riego superficial deja la raíz en los primeros centímetros y ahí es donde se cuece en julio. A partir del tercer año, un japonicus de costa se apaña casi solo, y un fortunei a la sombra pide poco. El alatus y el europaeus agradecen suelo fresco todo el verano; si les falta agua, adelantan la caída de la hoja y te quedas sin color otoñal.

Abonado. Un abono de liberación lenta en marzo es suficiente. Cargar la mano con nitrógeno produce brotes acuosos y blandos, que son exactamente lo que buscan el oídio y la cochinilla. Un seto de evónimo sobreabonado es un seto enfermo al año siguiente.

Poda. Aquí conviene distinguir. El japonicus en seto se recorta dos veces al año: a finales de invierno, en febrero, y una segunda pasada en junio, después del empuje de primavera. Recortar en septiembre con calor húmedo obliga a la planta a sacar brotes tiernos justo cuando el oídio está activo, y ese seto amanece blanco en octubre. Al fortunei tapizante le basta un repaso en marzo, más la eliminación de los brotes revertidos cuando aparezcan. Y al alatus hay que dejarlo en paz: su gracia está en la ramificación horizontal y en las aletas de corcho, y un tijeretazo de seto le destroza la silueta y no vuelve a recuperarla en años. Como mucho, retirar madera muerta o alguna rama cruzada en invierno.

Distancias. Para un seto de japonicus de altura media, tres plantas por metro lineal; para bordura baja de hoja pequeña, cuatro o cinco. Plantar más apretado no acelera el cierre del seto: solo multiplica la competencia y el riesgo de hongos por falta de aire entre pies.

Plagas y enfermedades: qué hacer y cuándo

Cochinilla del evónimo (Unaspis euonymi). El momento de intervenir no es cualquiera. El escudo protege al insecto adulto y los tratamientos foliares le resbalan; hay que actuar sobre las ninfas móviles, que aparecen tras la puesta, típicamente en mayo y de nuevo a finales de verano. Un aceite de parafina aplicado a final del invierno, mojando bien las ramas y el interior del seto, reduce mucho la población de partida. Si el arbusto está muy tomado, la poda severa de las ramas más infestadas y su retirada del jardín hace más que cualquier pulverización.

Oídio. Se combate antes con cultivo que con azufre: aclarar el interior del seto para que circule el aire, no regar por aspersión sobre la hoja al atardecer, y no forzar el crecimiento con nitrógeno. Si hace falta tratar, azufre mojable en primavera, siempre por debajo de 28 °C —por encima quema la hoja— y nunca a pleno sol de mediodía.

Pulgón. El negro sobre europaeus en primavera y, ocasionalmente, colonias sobre brotes tiernos de las perennes. Con un chorro de agua a presión y algo de paciencia con las mariquitas suele bastar; el jabón potásico resuelve los casos serios.

Podredumbre de raíz. Hojas mates, crecimiento parado, planta que se desploma en verano sin causa aparente. Casi siempre es agua estancada. No se cura: se corrige el drenaje y se replanta.

Multiplicación

Las especies perennes se multiplican con facilidad por esqueje semileñoso tomado en julio o agosto: trozos de diez a quince centímetros del crecimiento del año, ya algo endurecido, sin la punta blanda, deshojando la mitad inferior y enterrándolos en una mezcla a partes iguales de turba y perlita, bajo plástico y a la sombra. El Euonymus fortunei es aún más agradecido: cualquier tallo tumbado que toque tierra húmeda enraíza solo, y basta con separarlo con su cepellón en primavera.

Por semilla es otra historia. El embrión de Euonymus europaeus tiene doble letargo y necesita un periodo templado seguido de tres o cuatro meses de frío húmedo a unos 4 °C antes de germinar; la vía sencilla es sembrar las semillas limpias de arilo en otoño en un semillero a la intemperie y esperar a la primavera siguiente, o incluso a la segunda. Merece la pena solo si buscas planta autóctona para una restauración o un seto silvestre, porque de los cultivares variegados la semilla no reproduce el color.

En resumen

Elige la especie por el trabajo que le vas a encargar. Para seto perenne en costa, Euonymus japonicus, asumiendo revisiones periódicas contra cochinilla y oídio. Para cubrir suelo en sombra, tapizar un muro o resistir inviernos duros de interior, Euonymus fortunei, cortando sin contemplaciones los brotes que revierten a verde. Para color de otoño, Euonymus alatus, siempre que el clima tenga otoños frescos: en litoral cálido decepciona. Y para seto silvestre o jardín naturalista, el Euonymus europaeus autóctono, lejos del bancal de habas por el pulgón negro que hiberna en sus yemas.

En todos los casos, suelo bien drenado por encima de cualquier otra consideración, abonado moderado, poda de setos en febrero y junio en lugar de a final de verano, y la cabeza puesta en los frutos: son bonitos, son tóxicos y en un jardín con niños pequeños hay que retirarlos en otoño.


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