La corteza del lado sur de un cerezo joven puede estar a 20 °C por encima de la temperatura del aire una mañana despejada de enero. Cuando el sol se pone y el termómetro cae a -4 °C en un par de horas, ese tejido recalentado revienta. Ahí está la razón de fondo del encalado de troncos, y no en las plagas ni en las hormigas, que es lo que suele contarse.

Tronco de árbol encalado de blanco en su parte baja

De dónde viene la costumbre

La cal ha sido durante siglos el material barato por excelencia del campo mediterráneo. Cada comarca tenía sus caleras, y con la misma lechada se blanqueaban las fachadas, los corrales, los abrevaderos y los troncos de los frutales. El encalado agrícola está documentado en toda la cuenca mediterránea y en Centroeuropa desde mucho antes de que existiera un solo fitosanitario de síntesis.

A esa función agronómica se le fueron sumando otras. En caminos y carreteras sin alumbrado, la franja blanca del tronco marcaba el borde de la calzada para carros y, más tarde, para coches: por eso las hileras de plátanos y moreras de tantas carreteras nacionales aparecen pintadas en fotografías de los años cincuenta y sesenta. En los pueblos andaluces y extremeños el encalado de los árboles de la plaza formaba parte del blanqueo general de primavera, con un componente estético y de limpieza tan importante como el técnico.

Conviene tener presente ese origen mixto, porque explica por qué se sigue encalando en sitios donde no hace ninguna falta.

El problema real que resuelve

El daño que evita una capa blanca tiene nombre: quemadura de sol de invierno, también llamada asoleado o, cuando termina en grieta, heladura de corteza. El mecanismo es este:

En un día soleado de invierno, la radiación calienta la corteza expuesta al sur y al suroeste. Una corteza oscura y lisa absorbe mucha radiación y puede subir 15 o 20 grados por encima del aire. Ese calor local reactiva parcialmente el cámbium, el tejido vivo que hay justo bajo la corteza, sacándolo de su estado de reposo y de su endurecimiento al frío. Al ocultarse el sol, la temperatura se desploma en poco tiempo y las células que habían perdido la aclimatación mueren congeladas.

El resultado se ve en primavera: una placa alargada de corteza hundida y deprimida en la cara sur o suroeste del tronco, a veces con una grieta longitudinal que llega a la madera. Por esa herida entran hongos de chancro y, en frutales de hueso, se dispara la gomosis. Un árbol joven puede quedar anillado y morir; uno adulto arrastra el defecto de por vida.

Una capa blanca reduce el problema por pura física: reflejando la radiación en lugar de absorberla, la corteza pintada apenas se separa de la temperatura ambiente y no llega a desaclimatarse. Es el mismo motivo por el que en el sur se pinta también antes del verano, cuando una poda de aclareo deja de golpe al descubierto una corteza que llevaba años a la sombra y que se abrasa en el primer julio.

Donde el encalado tiene sentido, entonces, es en climas con fuerte oscilación térmica diaria en invierno: interior de Castilla, Aragón, Teruel, Soria, valles del Sistema Ibérico, La Rioja alta. En la costa mediterránea, con inviernos suaves y amplitudes pequeñas, el beneficio es escaso.

Lo que el encalado no hace

Aquí hay que deshacer varios nudos, porque a la cal se le atribuyen virtudes que no tiene.

No es un tratamiento fitosanitario. El hidróxido de calcio es fuertemente alcalino y sí reseca huevos y larvas invernantes escondidos en las grietas de la corteza, y la capa endurecida dificulta el paso de algunos insectos. Pero ese efecto es marginal comparado con un tratamiento de invierno bien hecho, y contarlo como control de plagas lleva a no hacer lo que sí funciona. Su fama fungicida viene por asociación con el caldo bordelés, donde el papel activo lo tiene el cobre y la cal solo neutraliza el sulfato. Si buscas efecto fungicida, usa un producto de cobre inscrito en el Registro de Productos Fitosanitarios y respeta su etiqueta; en España, ese registro es el que determina qué se puede aplicar y en qué cultivo.

No detiene a las hormigas. Suben por encima de la cal sin dificultad. Contra hormigas que acarrean pulgón hasta la copa lo que funciona es una banda de cola entomológica o un cinturón adhesivo colocado a media altura, renovado cuando se ensucia.

No protege del gusano cabezudo. Capnodis tenebrionis, la plaga que mata almendros, ciruelos y albaricoqueros en el interior peninsular, pone los huevos en el suelo junto al cuello y las larvas entran por la raíz. Blanquear el tronco no interfiere en nada de eso.

No abona el árbol. La cal que se aplica sobre la corteza no aporta calcio a la nutrición del árbol; el calcio se absorbe por la raíz, y a un suelo español medio, calizo en gran parte del territorio, no le falta.

No cura heridas de poda. Pintar los cortes con cal, con alquitrán o con pasta cicatrizante no acelera nada. La arboricultura actual desaconseja sellar las heridas: el árbol compartimenta la lesión por sí mismo y una capa impermeable retiene humedad debajo, que es justo lo que necesitan los hongos de pudrición. Corte limpio, en el ángulo correcto, respetando el collar de la rama, y nada encima.

Hilera de árboles con los troncos pintados de blanco en una calle

Qué árboles lo agradecen

Los candidatos claros son los árboles jóvenes de corteza fina, lisa y oscura, plantados en zonas de invierno continental y sin nada que les dé sombra en el tronco:

  • Frutales de hueso recién plantados: cerezo, ciruelo, albaricoquero, melocotonero. Son los más propensos a que la grieta acabe en gomosis.
  • Manzano y peral en formación, sobre todo en plantaciones en espaldera donde el tronco queda muy expuesto.
  • Nogal joven, especialmente en las primeras campañas tras la plantación.
  • Cualquier árbol al que una poda severa acabe de dejar el tronco a pleno sol.

No lo necesitan los árboles de corteza gruesa, agrietada y corchosa, que ya se aíslan solos: olivo adulto, alcornoque, encina, pino, plátano viejo. Tampoco los que crecen con la copa baja o en masa, porque su propio follaje sombrea el tronco. Y en un jardín ornamental de clima suave, encalar es una decisión estética, no técnica.

Una alternativa que evita el debate entero: proteger el tronco con un tubo protector de rejilla o con una funda de caña los primeros años, o simplemente dejar que el árbol conserve ramas bajas mientras se forma. Sombra propia, cero mantenimiento.

Cuándo se hace

El momento útil en España es noviembre y diciembre, antes de que lleguen los días despejados y fríos de enero y febrero, que son los que hacen el daño. Aplicar en marzo llega tarde para lo que importa.

Elige un día seco, con temperatura por encima de 5 °C y sin previsión de lluvia en las siguientes 24 o 48 horas: la lechada necesita secar y carbonatar para agarrarse. La lluvia invernal se lleva parte de la capa, así que en la práctica hay que repasarla cada año o cada dos.

Para prevenir quemadura estival tras una poda fuerte de aclareo, el momento es distinto: en cuanto se termina la poda, antes de que llegue el calor.

Con qué pintar

Lechada de cal. Lo tradicional. Parte siempre de cal apagada o hidratada (hidróxido de calcio), que se vende ya lista en sacos, y dilúyela en agua hasta consistencia de leche espesa; una proporción de trabajo habitual ronda 1 a 2 kg por cada 10 litros de agua, ajustando hasta que cubra sin chorrear. No compres cal viva para apagarla tú: la reacción con agua libera muchísimo calor, hierve y salpica, y provoca quemaduras químicas graves y lesiones oculares serias. Ese paso no merece el ahorro.

Pintura plástica blanca diluida. Alternativa muy usada en fruticultura: pintura al agua de interior, blanca y mate, rebajada al 50 % con agua. Se adhiere mucho mejor que la cal, aguanta dos o tres inviernos y refleja igual. Debe ser al agua, nunca con disolvente.

Caolín. Las arcillas blancas formuladas para agricultura, que se aplican en pulverización sobre fruto y madera contra el golpe de sol, sirven también en tronco y son la opción moderna en explotaciones.

Lo que no debe usarse nunca: esmaltes sintéticos, pinturas al aceite, alquitrán, betún de Judea o cualquier producto impermeable. Sellan la corteza, impiden el intercambio de gases, se agrietan al crecer el tronco y crean debajo una cámara húmeda donde prospera la pudrición. Un tronco cubierto de alquitrán está peor que uno sin pintar.

Sobre los aditivos tradicionales conviene una precisión: añadir sal a la lechada no aporta nada y el sodio no le hace ningún favor al suelo del alcorque. Añadir sulfato de cobre convierte la mezcla en un preparado fitosanitario casero, que no es lo que la normativa española contempla para uso profesional; si quieres cobre, compra un producto registrado y aplícalo aparte, como tratamiento de invierno.

Cómo se aplica

Primero, limpia el tronco con un cepillo de cerdas duras para retirar cortezas sueltas, musgo y líquenes. Nada de rasquetas metálicas ni cepillos de púas de acero sobre corteza viva: las heridas que abren son peores que la suciedad que quitan.

Aprovecha ese momento para inspeccionar. Busca exudaciones de goma, chancros hundidos, serrín en la base, orificios de salida de perforadores. Lo que encuentres condiciona lo que hay que hacer después, y una vez pintado ya no se ve nada.

Aplica con brocha ancha, de abajo arriba, desde la base del tronco hasta la primera cruz de ramas —normalmente entre 80 cm y 1,2 m—, cubriendo bien la cara sur y suroeste, que es la que se daña. En árboles jóvenes conviene pintar también los primeros centímetros de las ramas principales. Dos manos finas cubren mejor y duran más que una gruesa, que se cuartea y salta en placas.

Protección personal: la cal es cáustica, con un pH próximo a 12,5. Usa guantes, gafas de protección y manga larga, y no pintes en día de viento, porque una salpicadura de lechada de cal en el ojo produce quemadura corneal. Si cae en la piel, lava con agua abundante; si cae en un ojo, lavado prolongado y consulta médica sin esperar a ver qué pasa. Mantén el saco y la mezcla fuera del alcance de niños y animales.

Los inconvenientes que hay que sopesar

Oculta síntomas. Es el inconveniente serio. Un tronco blanco no deja ver la gota de goma, la mancha de exudado, el chancro incipiente ni la mancha de humedad que delata una pudrición del cuello. En un frutal vigilado se compensa inspeccionando al repasar la cal cada año; en un árbol que nadie mira, retrasa el diagnóstico.

Mantenimiento. Es una tarea que se repite todos los inviernos. Si no se repasa, la capa desconchada protege a medias y queda sucia.

Estética. En un jardín de diseño naturalista, los troncos blancos cantan mucho. En una plantación agrícola no importa; en un jardín pequeño, hay que decidir si compensa.

Riesgo de aplicar mal. Capas demasiado gruesas, productos impermeables o cepillados agresivos hacen más daño que el asoleado que se pretendía evitar.

En resumen

Encalar el tronco sirve, sobre todo, para una cosa concreta: reflejar la radiación invernal e impedir que la corteza expuesta al sur se recaliente de día, pierda el endurecimiento al frío y muera con la helada nocturna, dejando grietas por donde entran chancros y gomosis. Tiene sentido en árboles jóvenes de corteza fina y oscura plantados en zonas de invierno continental, y tras podas que dejan el tronco de golpe al sol; en árboles adultos de corteza gruesa o en clima suave es más costumbre que necesidad. Se aplica en noviembre o diciembre, con cal apagada diluida o con pintura al agua rebajada al 50 %, desde la base hasta la primera cruz, en dos manos finas. Nunca con alquitrán ni esmaltes. Y no cuentes con ello como insecticida, ni contra hormigas, ni como abono, ni para cerrar heridas de poda: para eso hay soluciones que sí funcionan.


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