Comprar un árbol a raíz desnuda significa llevarse a casa un ejemplar arrancado del suelo del vivero, sin cepellón ni maceta, con las raíces al aire y a menudo envueltas en un saco húmedo o un poco de serrín. Es la forma más barata de adquirir frutales, rosales, setos de hoja caduca y árboles ornamentales, y también la que más desconfianza genera: cuesta creer que ese manojo de raíces desnudas vaya a arrancar. Lo hace, y muy bien, siempre que se respeten dos cosas: la época y el trato que reciben las raíces desde que salen del vivero hasta que quedan enterradas.
Por qué solo funciona en parada vegetativa
Un árbol a raíz desnuda ha perdido, al arrancarlo, la mayor parte de sus raíces finas: precisamente las que absorben agua. Si tiene hojas, sigue transpirando y no puede reponer lo que pierde, así que se seca en cuestión de días. Por eso solo se plantan a raíz desnuda especies de hoja caduca y durante la parada vegetativa, cuando el árbol no tiene hoja y su metabolismo está al mínimo.
En la Península eso significa desde mediados de noviembre hasta finales de febrero. En zonas de montaña conviene esperar a que pasen las heladas más duras y plantar en febrero; en el interior y el sur, noviembre y diciembre son ideales, porque las lluvias asientan la tierra y el árbol emite raíces nuevas antes de que llegue el calor. Plantar en marzo con la yema ya hinchada es posible, pero cada semana de retraso resta garantías. En abril, con el árbol brotado, ya no.
Conviene deshacer un malentendido frecuente: no existe el árbol de hoja perenne a raíz desnuda. Un ciprés, una encina o un olivo se venden siempre con cepellón o en contenedor.
Qué hacer al llegar a casa
El peor enemigo es el aire seco. Diez minutos de viento sobre las raíces finas bastan para matarlas. Nunca transportes el árbol atado al techo del coche ni lo dejes apoyado en el porche "hasta el fin de semana".
Si vas a plantar el mismo día, mete las raíces en un cubo de agua entre 2 y 12 horas. Es la rehidratación previa, y marca la diferencia. Por encima de un día entero en remojo, en cambio, empiezan a asfixiarse.
Si no puedes plantar de inmediato, haz un enterrado provisional: abre una zanja en un rincón resguardado, tumba los árboles en diagonal, cubre las raíces con tierra suelta o arena y riega. Así aguantan semanas sin sufrir.
Antes de plantar, corta con tijera limpia las raíces rotas, machacadas o de aspecto negruzco, por encima de la zona dañada. No recortes la raíz sana por sistema: cada centímetro que quites es capacidad de absorción perdida.
El hoyo y la plantación
Abre un hoyo ancho y poco profundo, no un pozo estrecho: la raíz de un árbol se extiende horizontalmente, no baja como una zanahoria. Si el terreno es compacto o arcilloso, rasca las paredes del hoyo con la azada; las paredes lisas hechas con pala en suelo húmedo se comportan como la pared de una maceta y las raíces giran dentro en lugar de salir.
Forma un pequeño montículo cónico de tierra fina en el fondo y coloca el árbol encima, repartiendo las raíces por la ladera del cono, hacia afuera y hacia abajo. Ninguna raíz debe quedar doblada hacia arriba ni enrollada sobre sí misma.
La profundidad es el punto donde más se falla. El cuello del árbol —la zona donde el tronco ensancha y pasa a raíz— debe quedar al nivel del suelo o un dedo por encima, nunca enterrado. En los frutales injertados, el punto de injerto (el abultamiento del tronco bajo) tiene que verse claramente por encima de la tierra; si lo entierras, la variedad emite raíces propias y anula el efecto del portainjerto, con lo que el árbol crece mucho más de lo previsto. Ten en cuenta que la tierra se asienta unos centímetros tras los primeros riegos, así que planta ligeramente alto.
Rellena con la propia tierra del hoyo, desmenuzada, en varias tandas, moviendo suavemente el árbol para que la tierra penetre entre las raíces y no queden bolsas de aire. Pisa con firmeza pero sin ensañarte: apelmazar el suelo hasta dejarlo como una acera es tan malo como dejarlo hueco.
Abono, riego y tutor
Aquí conviene corregir otra costumbre muy extendida: no eches abono químico ni estiércol fresco al fondo del hoyo. Las raíces desnudas están heridas y el contacto directo con sales fertilizantes las quema. Además, rellenar el hoyo con un sustrato mucho más rico que el terreno circundante crea el llamado "efecto maceta": la raíz se queda encantada dentro y no explora.
Lo correcto es usar la tierra del sitio y, como mucho, mezclar una parte de compost o estiércol bien hecho con el conjunto del volumen extraído. El abonado de verdad llega en la primavera siguiente, en superficie, cuando el árbol ya haya brotado.
El primer riego es obligatorio aunque llueva: no es tanto para dar agua como para asentar la tierra alrededor de las raíces. Aplica entre 20 y 40 litros para un árbol de porte medio, despacio, dentro de un alcorque. Después, en invierno, riega solo si pasan dos o tres semanas sin lluvia: el exceso de agua en suelo frío pudre raíces. El riego serio empieza con la brotación y se mantiene los dos primeros veranos, que son los críticos.
Cubre el alcorque con acolchado —paja, corteza, restos de poda triturados— dejando unos centímetros libres alrededor del tronco.
El tutor solo hace falta si el emplazamiento es ventoso o el árbol es alto y delgado. En ese caso, clávalo antes de rellenar el hoyo para no atravesar raíces y ata con material ancho y flexible en forma de ocho, a un tercio de la altura del tronco, no arriba del todo: el tronco necesita bambolearse para engordar. Retíralo al cabo de uno o dos años.
La poda de plantación
Como el árbol ha perdido raíz, se equilibra reduciendo parte aérea. En frutales de vareta se despunta a la altura deseada de cruz, y en árboles ramificados se acortan un tercio las ramas y se eliminan las mal orientadas. Si el ejemplar viene ya formado por el vivero, no hace falta más.
En resumen
Plantar a raíz desnuda es sencillo si se planta en invierno, con el árbol sin hoja; si las raíces no ven el aire ni el sol; si el hoyo es ancho y la tierra la del propio terreno; si el cuello y el injerto quedan por encima del suelo; y si el primer riego es abundante. El resto —abonos, hormonas de enraizamiento, sustratos caros— importa mucho menos de lo que parece. Un árbol bien plantado en diciembre y regado el primer verano alcanza en tres años a otro comprado en contenedor por cinco veces el precio.