Treinta metros de alto y doce de copa. Esas son las medidas de un cedro del Atlas adulto en un suelo decente, y conviene tenerlas delante antes de decidir dónde va el hoyo, porque el árbol que se planta en marzo con un metro y medio de altura tardará cuarenta años en enseñar el problema y para entonces ya no habrá solución barata. El cedro es un árbol magnífico y de cultivo sencillo; lo que casi nunca es, en un jardín español medio, es un árbol del tamaño adecuado.
Qué es un cedro y qué no lo es
Botánicamente, cedro es Cedrus, un género de coníferas de la familia de las pináceas con apenas cuatro especies, todas ellas de montaña y todas del entorno mediterráneo y del Himalaya. Fuera de ese género, la palabra se ha aplicado a media docena de árboles sin ningún parentesco: el cedro rojo de la ferretería es Thuja plicata, el de los lápices y las virutas antipolillas es el enebro Juniperus virginiana, y el cedro americano de la ebanistería tropical es Cedrela odorata, una meliácea prima de la caoba. Ninguno de ellos es un cedro verdadero.
Los Cedrus se reconocen sin dificultad por tres rasgos. Las acículas nacen en rosetas de quince a cuarenta y cinco unidades sobre braquiblastos, ramillas cortas y engrosadas, mientras que en los brotes del año aparecen aisladas y en espiral. Los conos son erguidos, con forma de barril, colocados encima de las ramas como huevos en una repisa, y tardan de dos a tres años en madurar; después no caen enteros, sino que se deshacen en el propio árbol escama a escama y dejan el eje central clavado en la rama, como una vela. Y el polen se suelta a finales de verano y en otoño, entre septiembre y noviembre según la zona, una rareza entre las coníferas europeas que sí polinizan en primavera.
El alerce (Larix) también tiene rosetas de acículas, pero pierde la hoja en invierno y sus conos son mucho menores. Esa es la única confusión de campo con posibilidades reales.
Las cuatro especies y cómo separarlas
La regla que mejor funciona a distancia mira la guía terminal y las puntas de las ramas:
- Cedrus atlantica, cedro del Atlas. Guía y ramillas ascendentes, apuntando al cielo. Acículas cortas, de 10 a 25 mm. Es la especie de las grandes repoblaciones españolas —Sierra de los Filabres, Sierra de Baza, Sierra Espuña, Cazorla— y la que mejor aguanta el clima continental del interior. El cultivar 'Glauca', de follaje azul plateado, es el cedro azul de los jardines.
- Cedrus libani, cedro del Líbano. Guía erguida de joven, pero de adulto la copa se aplana y las ramas se disponen en pisos horizontales muy marcados. Acículas de 20 a 35 mm, verde oscuro. Es el más resistente al frío y el de silueta más monumental, aunque necesita décadas para adquirirla.
- Cedrus deodara, cedro del Himalaya. Guía y puntas de rama colgantes, con un aire llorón inconfundible ya desde pequeño. Acículas largas, de 25 a 50 mm, las mayores del género. Es el más rápido y el más ornamental de joven, y también el menos rústico.
- Cedrus brevifolia, cedro de Chipre. Endemismo de la sierra de Tripylos, con acículas de apenas 5 a 15 mm y porte más contenido. Muy raro fuera de colecciones botánicas; algunos autores lo tratan como subespecie del cedro del Líbano.
Como nemotecnia: Atlas arriba, Líbano en línea, Deodara hacia abajo. Falla en ejemplares jóvenes de libani, que aún no han desarrollado los pisos, y en algunos cultivares seleccionados precisamente por romper el porte típico.
Dónde plantarlo
A pleno sol, sin discusión. Un cedro a media sombra se deforma buscando la luz y pierde por completo la densidad de copa que justifica plantarlo.
Y con espacio de verdad. Deje un mínimo de 10 a 12 metros a cualquier fachada, 8 metros a pavimentos, aceras y muros, y ni se plantee ponerlo bajo una línea eléctrica. Las raíces del cedro no son destructivas al modo de las de los chopos, pero son extensas y superficiales en los primeros 50 cm de suelo y levantan cualquier solado que quede dentro del área de proyección de la copa. Un cedro mal situado no se arregla podando: cuando se le recorta un lado para separarlo de una ventana, el hueco no se rellena nunca.
Si el jardín es pequeño y aun así quiere un cedro, la salida razonable son los cultivares enanos o rastreros: C. deodara 'Feelin' Blue' o 'Golden Horizon', C. libani 'Sargentii', C. atlantica 'Glauca Pendula' guiado sobre un tutor. Son el mismo árbol en versión de dos o tres metros, y se propagan por injerto precisamente porque de semilla saldría el gigante.
Suelo y agua
El cedro es tolerante con la textura y con el pH: C. atlantica viene de las calizas y dolomías del Atlas medio y vive perfectamente en suelos calizos, y C. deodara, aunque prefiere sustratos ligeramente ácidos, se adapta sin problema a los suelos básicos de medio país. Lo que no negocia es el drenaje. Un cedro sobre suelo compactado o con la capa freática alta muere, y no lo hace deprisa: se va aclarando la copa durante dos o tres años hasta que alguien se da cuenta.
De ahí sale la causa de muerte más frecuente en jardinería particular: el cedro plantado en medio del césped y regado a diario por aspersión todo el verano. La combinación de suelo permanentemente húmedo y temperaturas altas es la receta exacta de Phytophthora cinnamomi y de la armilaria (Armillaria mellea), y ninguna de las dos tiene tratamiento curativo una vez instalada. Si va a plantar un cedro, sáquelo de la zona regada o renuncie al riego estival en su radio.
El riego que sí necesita es el de establecimiento: los dos o tres primeros veranos, un aporte generoso y espaciado —25 o 30 litros cada diez o quince días es mejor que tres litros diarios—, buscando que el agua baje y las raíces la sigan. A partir del cuarto año, en cualquier punto de la Península con más de 450 mm anuales, un cedro adulto no necesita riego. Los grandes cedros de los jardines históricos españoles llevan un siglo sin que nadie los riegue.
Con el abonado pasa algo parecido: apenas hace falta. Una aportación de compost o de materia orgánica extendida bajo la copa al final del invierno cada dos o tres años basta y sobra. Los abonos ricos en nitrógeno producen brotes largos, blandos y muy apetecibles para el pulgón, además de acentuar el desgarbe de los ejemplares jóvenes.
Plantación y multiplicación
La época es el otoño, de octubre a diciembre, y en su defecto el final del invierno antes de que arranque la brotación. Plantar un cedro en mayo o junio obliga a un riego de socorro que casi nunca se sostiene.
Compre pequeño. Un cedro de un metro en contenedor de 10 o 15 litros se instala mucho mejor que uno de tres metros con cepellón, y en cinco o seis años lo habrá adelantado. Los ejemplares grandes trasplantados arrastran años de estancamiento porque han perdido la raíz pivotante que la planta forma en su juventud.
La multiplicación por semilla es sencilla si se respetan dos cosas. Los conos se recogen maduros, en su segundo o tercer otoño, y se dejan secar hasta que se deshagan solos; las escamas se separan a mano y las semillas, muy resinosas, se limpian en seco. Antes de sembrar conviene una estratificación fría de tres a cuatro semanas a 3-5 °C en arena o vermiculita húmeda, que uniformiza la nascencia. Se siembra en primavera en contenedor profundo —la raíz pivotante lo agradece— con sustrato muy drenante, y germina en dos a cuatro semanas. La semilla pierde viabilidad con rapidez, así que use la del año.
Lo que no funciona es el esqueje: los Cedrus enraízan muy mal. Todos los cultivares de porte, color o forma llorona que verá en el vivero están injertados sobre patrón de semilla, y ese es el motivo de su precio.
La poda: cuanto menos, mejor
Aquí es donde se estropean más cedros. Las pináceas no tienen yemas adventicias en la madera vieja: si corta una rama gruesa, en ese punto no volverá a brotar nada, y el hueco se queda para siempre. Descabezar un cedro para bajarle la altura destruye la silueta de forma irreversible y además abre una puerta enorme a las pudriciones del duramen.
La poda legítima se limita a retirar ramas secas, rotas, enfermas o cruzadas, y a corregir en los primeros años las guías dobles, dejando una sola. Se hace a finales de invierno o al terminar el verano, evitando los periodos de mayor circulación de savia y los días de lluvia. Corte siempre respetando el collar de la rama y no selle la herida con pastas: el árbol compartimenta mejor solo.
Plagas, enfermedades y un aviso
Pulgón del cedro (Cinara cedri). Es específico del género y está bien instalado en España desde las repoblaciones de cedro del Atlas. Se agrupa en colonias pardas sobre ramillas y brotes, produce melaza abundante y detrás llega la negrilla, que ennegrece el follaje y reduce la fotosíntesis. En ejemplares jóvenes o estresados provoca defoliaciones apreciables. En árbol adulto y sano se convive con él; en planta joven se puede tratar con jabón potásico o aceite de verano al inicio de la colonia, insistiendo en el envés y en las axilas.
Procesionaria (Thaumetopoea pityocampa). Es un error muy extendido creer que solo va a los pinos: el cedro del Atlas y el del Himalaya están entre sus huéspedes preferidos, y en las repoblaciones del sureste peninsular es la plaga principal. Los bolsones blancos aparecen en la copa a partir del otoño y las orugas descienden en fila en febrero o marzo. Los pelos urticantes de la oruga son un riesgo sanitario real: producen dermatitis, conjuntivitis y crisis respiratorias en personas, y en perros que lamen o mordisquean las orugas causan necrosis de lengua que puede acabar en amputación parcial. No manipule los bolsones sin protección completa ni los queme al aire libre, porque los pelos vuelan. Lo eficaz y seguro es la retirada de bolsones por personal equipado, las trampas de feromona en verano, los collares o anillos de captura en el tronco antes del descenso, o el tratamiento con Bacillus thuringiensis var. kurstaki en otoño, cuando las orugas están en los primeros estadios.
Podredumbres radiculares. Phytophthora cinnamomi y Armillaria mellea, ya comentadas, son la causa habitual de las muertes lentas. El síntoma inicial es un aclarado progresivo de la copa desde arriba y un color mate en la acícula. No hay cura; hay prevención, que se llama drenaje.
Escolítidos del género Phloeosinus. Barrenillos que atacan la corteza de ramas y troncos, pero solo de árboles ya debilitados por sequía prolongada, encharcamiento o daños mecánicos. Su presencia es un síntoma, no la causa: si aparecen, el problema real está en otra parte.
Rusticidad y clima
Los tres cedros de jardín son resistentes al frío, pero no por igual. C. libani soporta alrededor de −25 °C, C. atlantica unos −20 °C y C. deodara se queda en el entorno de −15 a −18 °C, con el añadido de que sus brotes tiernos sufren con las heladas tardías de abril. Para la meseta norte, Aragón o zonas de montaña, elija atlantica o libani. Para el litoral mediterráneo, Andalucía occidental o la cornisa cantábrica, deodara va sobrado y crece más deprisa.
Los tres aguantan bien el verano seco una vez establecidos, y el cedro del Atlas en particular tolera la sequía estival mejor que la mayoría de coníferas ornamentales, que es justo lo que llevó a plantarlo masivamente en las sierras semiáridas de Almería y Murcia. Lo que ninguno tolera es la contaminación atmosférica intensa ni la salinidad marina directa.
Usos, y una creencia que conviene revisar
El uso principal hoy es ornamental: ejemplar aislado en parques, grandes jardines, fincas y avenidas amplias. También forestal, en las repoblaciones citadas, donde el cedro del Atlas ha demostrado una productividad y una resistencia a la sequía notables en sustituciones de pinares degradados.
La madera de cedro es aromática, ligera, de albura clara y duramen pardo rojizo, duradera y muy estable. Se usó en la construcción naval fenicia y en los templos del Próximo Oriente, y hoy queda para carpintería fina, arcones y revestimientos donde el aroma cuenta.
Y aquí hay que matizar algo que se repite mucho. Las virutas y bloques que se venden para proteger la ropa de las polillas no suelen ser Cedrus, sino enebro de Virginia, y su eficacia real es limitada: el aroma solo repele mientras la madera está reciente, y a las pocas semanas queda como perfume sin función. Lijar la superficie devuelve algo de olor, pero un armario con virutas de cedro no equivale a un armario protegido. Lo que de verdad funciona contra la polilla es lavar y guardar limpio, sellar en bolsas herméticas y usar frío o calor sobre las prendas afectadas.
El aceite esencial de cedro del Atlas se obtiene por destilación de la madera y se emplea en perfumería. Sobre sus usos medicinales, la evidencia clínica es escasa y las precauciones no lo son: no debe ingerirse, no se aplica puro sobre la piel, se desaconseja en embarazo y lactancia y es tóxico para gatos y perros, que metabolizan mal los terpenos, tanto por contacto como en difusores en espacios cerrados. Los conos, las acículas y la resina del cedro no tienen uso alimentario.
Conservación
Merece la pena saberlo: aunque el cedro sea un árbol común en viveros y jardines, sus poblaciones silvestres están en apuros. El cedro del Atlas figura como en peligro en la Lista Roja de la UICN por la mortalidad masiva asociada a la sequía y al sobrepastoreo en Marruecos y Argelia, y los cedrales del Líbano se han reducido a un puñado de rodales protegidos frente a la extensión que tuvieron en la Antigüedad. Los ejemplares que se plantan en Europa —incluidas las repoblaciones españolas— tienen por eso un valor de conservación que no es solo decorativo.
En resumen
El cedro verdadero es Cedrus, con cuatro especies de las que tres se cultivan aquí: el del Atlas, con ramas ascendentes y la mejor opción para el interior peninsular; el del Líbano, de porte horizontal en pisos y el más resistente al frío; y el del Himalaya, colgante, rápido y para climas suaves.
Pide sol pleno, suelo drenado —tolera bien la caliza— y, sobre todo, sitio: doce metros de separación a cualquier construcción, y cultivar enano si el jardín no los tiene. El riego solo durante los dos o tres primeros veranos, y nunca aspersión diaria a sus pies, que es lo que se lleva por delante a los cedros de jardín por Phytophthora. El abonado, mínimo. La poda, la imprescindible y nada más, porque la madera vieja no rebrota.
Vigile el pulgón Cinara cedri y, muy especialmente, la procesionaria, que ataca al cedro igual que al pino y cuyas orugas suponen un riesgo sanitario para personas y animales. Se multiplica de semilla con una estratificación fría corta; los cultivares, solo injertados. Bien situado, un cedro no necesita casi nada durante siglos.