Hojas amarillentas con los nervios todavía verdes no significan hambre de abono: significan cal en el agua de riego. Es el diagnóstico que más veces se equivoca con las camelias, y explica por qué tantos ejemplares comprados en flor terminan consumiéndose en dos temporadas mientras su dueño les echa fertilizante. La camelia no es una planta caprichosa; es una planta acidófila, y eso condiciona absolutamente todo lo demás.
Qué planta estamos cultivando
El género Camellia pertenece a la familia Theaceae y agrupa más de doscientas especies originarias del este y sudeste asiático: China, Japón, Corea, Vietnam. En jardinería española pesan cuatro:
Camellia japonica es la camelia por antonomasia. Arbusto o arbolillo de hoja perenne, coriácea y brillante, que en condiciones favorables alcanza de 4 a 7 metros tras muchos años. Florece de enero a abril, con miles de cultivares registrados y flores de formas muy distintas: simple, semidoble, anemoniforme, peoniforme, rosiforme o formal doble. Sus flores casi no huelen.
Camellia sasanqua florece al revés, de octubre a diciembre, con flores más pequeñas, a menudo perfumadas y de pétalos que caen sueltos. Tolera bastante mejor el sol directo y el calor, y por eso es la mejor opción para quien vive fuera de la cornisa cantábrica.
Camellia reticulata da las flores más grandes del género, de hasta 15 centímetros, pero es más delicada al frío y de porte más desgarbado.
Camellia sinensis es la planta del té. Misma familia, mismas necesidades de suelo ácido, flor blanca pequeña y modesta, y hoja que se cosecha en brotes tiernos. En Galicia existen plantaciones experimentales y comerciales que funcionan, lo que da una idea de hasta qué punto ese clima le conviene al género.
Los híbridos modernos, especialmente los del grupo C. × williamsii (cruce de japonica con saluenensis), merecen atención: son más rústicos, florecen con más facilidad en climas fríos y, sobre todo, sueltan la flor marchita en lugar de dejarla pardeando sobre la planta, un defecto estético serio de muchas japonica.
Dónde se da bien en España
El mapa es bastante claro. Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y el norte de Portugal reúnen las tres condiciones que la camelia pide: inviernos suaves, veranos frescos y húmedos, y suelos naturalmente ácidos sobre granito o pizarra. No es casualidad que exista una Ruta de la Camelia en Galicia ni que los pazos gallegos conserven ejemplares centenarios de porte arbóreo.
Fuera de esa franja se puede cultivar, pero pasa a ser una planta de maceta y de trabajo. El enemigo en el interior y el sur no es el frío del invierno, sino el aire seco y el calor de julio y agosto combinados con agua de riego calcárea. En Madrid o Sevilla una camelia sobrevive en un patio orientado al norte, en maceta con sustrato ácido y regada con agua de lluvia o acidificada, pero no será nunca el arbustazo de cuatro metros de una finca de Pontevedra.
Ubicación y luz
Semisombra luminosa. La camelia crece de forma natural en el sotobosque, bajo la copa de árboles altos, y esa es la situación que hay que imitar: mucha luz indirecta, sol suave de primera hora o de última, y protección del sol de mediodía en verano.
Hay un matiz que cuesta caro ignorar. En zonas donde hiela, conviene evitar la orientación este para los ejemplares en flor. Una flor o un capullo helado durante la noche se descongela demasiado rápido con el primer sol de la mañana y se vuelve marrón; con orientación norte u oeste ese deshielo es gradual y el daño, mucho menor. También agradece estar resguardada de vientos secos y fríos, que le queman los bordes de la hoja.
Suelo y sustrato: el punto crítico
La camelia necesita un pH entre 4,5 y 6,0. Por encima de 6,5 empieza a no poder absorber hierro y manganeso, aunque el suelo los contenga, y aparece la clorosis férrica: hoja amarilla con la nervadura marcada en verde, empezando por los brotes nuevos.
En jardín, lo primero es medir el pH del suelo con un kit barato de jardinería. Si es calizo, no hay solución duradera: el sustrato ácido que se aporte al hoyo se irá alcalinizando con cada riego. En ese caso, maceta o cantero elevado aislado del suelo natural.
Una mezcla que funciona bien en contenedor: 50 % de sustrato para plantas acidófilas, 25 % de corteza de pino compostada de grano medio y 25 % de perlita o arena silícea. La corteza de pino aporta aireación duradera y mantiene la acidez; la perlita evita la compactación. La camelia tiene raíces finas y superficiales que necesitan oxígeno: un sustrato apelmazado la mata igual que la cal.
Un acolchado de 3 a 5 centímetros de corteza de pino o de acículas sobre la superficie conserva humedad, mantiene fresca la raíz superficial y frena las malas hierbas. Nunca amontonarlo contra el tronco.
Riego y calidad del agua
El sustrato debe mantenerse fresco pero nunca encharcado. En maceta, riego cuando los dos primeros centímetros estén secos; en verano puede ser cada dos días, en invierno cada diez o quince. Nada de plato con agua estancada debajo.
El agua importa tanto como la cantidad. Lo ideal es agua de lluvia recogida, que es naturalmente algo ácida y blanda. Si se riega con agua de red dura, la cal se acumula en el sustrato y en pocos meses aparece la clorosis. Se puede corregir acidificando el agua ligeramente, hasta dejarla en torno a pH 6, con unas gotas de vinagre o con ácido cítrico, midiendo con tiras reactivas al principio hasta cogerle la medida a la dosis. Conviene hacerlo con cabeza y no cada riego a ojo, porque pasarse de ácido también es un problema.
Una precisión sobre los remedios caseros: el poso de café no acidifica el suelo de forma significativa. Aporta algo de materia orgánica y poco más. Y el sulfato de hierro corrige un síntoma pasajero pero no la causa; en suelos calizos su efecto dura semanas. Cuando la clorosis está instalada, el producto útil es el quelato de hierro EDDHA, que sigue siendo asimilable a pH alto, aplicado con el riego a la dosis del envase. Pero lo que hay que arreglar es el agua y el sustrato.
Abonado
Se abona con fertilizante específico para plantas acidófilas (el mismo de azaleas, rododendros y hortensias), que suele llevar los micronutrientes en forma asimilable y un pH bajo. El calendario: desde el final de la floración, cuando la planta arranca el brote nuevo, hasta finales de agosto, cada quince días si es líquido o dos aplicaciones si es de liberación lenta.
A partir de septiembre se corta. Abonar en otoño estimula brotes tiernos que llegarán sin agostar al invierno y se helarán, y no aporta nada a la floración, cuyos botones ya están formados desde el verano.
Plantación y trasplante
La mejor época es el otoño, de octubre a noviembre, en zonas de invierno suave, y el final del invierno o principio de la primavera en zonas frías, siempre después de la floración. Plantar una camelia en flor es tirar la floración: la planta abortará capullos por el estrés.
El detalle que más se descuida: el cepellón se planta a ras de superficie o incluso un par de centímetros por encima, nunca enterrado. Las raíces son superficiales y el cuello enterrado se pudre. El hoyo debe ser ancho, dos o tres veces el diámetro del cepellón, más que profundo.
En maceta, el trasplante se hace cada dos o tres años, pasando a un contenedor solo un par de tallas mayor. Sobredimensionar la maceta es contraproducente: el volumen de sustrato sin raíces retiene agua y acidifica mal el ambiente radicular.
Poda
La camelia apenas necesita poda, y la mayor parte de las que se hacen sobran. Cuando se hace, hay una regla que no admite excepciones: se poda justo después de la floración, entre marzo y mayo según especie y clima.
El motivo es que los botones florales se forman en verano, en la madera del año. Quien recorta su camelia en septiembre u octubre, con buena intención de darle forma antes del invierno, está cortando literalmente las flores del año siguiente y luego no entiende por qué no florece.
La poda útil se limita a: retirar ramas secas, cruzadas o mal orientadas; aclarar el interior si la planta está muy densa, para que entre luz y aire; y acortar los ejemplares desgarbados. Rebrota bien de madera vieja, así que un rejuvenecimiento drástico es posible, aunque cueste dos o tres años recuperar floración.
Una técnica opcional es el desbotonado: en verano, cuando los botones florales están del tamaño de un guisante, se dejan uno o dos por ramilla y se retiran los demás pellizcándolos. Las flores restantes salen bastante más grandes y la planta se agota menos. Es fácil confundir botón floral y yema de hoja: el floral es redondeado y grueso, el vegetativo es puntiagudo y estrecho.
Plagas
Cochinillas. El problema número uno. La algodonosa (Chloropulvinaria floccifera) forma ovisacos blancos en el envés y a lo largo del nervio central; la negra de la olivera (Saissetia oleae) aparece como escudetes oscuros en ramillas. Ambas segregan melaza, sobre la que crece la negrilla, ese hollín negro que tapa la hoja. Se tratan con aceite de parafina o jabón potásico bien aplicado al envés, repitiendo a los diez o quince días; en ataques leves, retirarlas a mano con un algodón basta.
Pulgón. Sobre brotes tiernos en primavera. Jabón potásico y poco más.
Otiorrinco (Otiorhynchus sulcatus). Se delata por muescas semicirculares en el borde de las hojas, hechas por el adulto de noche. El daño grave lo causa la larva, que devora las raíces dentro de la maceta y puede matar la planta sin que nada avise por arriba. En contenedor se controla con nematodos entomopatógenos (Heterorhabditis) regados con el sustrato templado, en primavera y a finales de verano.
Araña roja y trips. Aparecen con calor y aire seco: hoja moteada, bronceada o plateada. Suben la humedad ambiental y el problema remite en buena medida.
Enfermedades
Mal de la flor (Ciborinia camelliae). El hongo más temido, bien instalado en la cornisa cantábrica y en Galicia. Ataca solo a la flor: aparecen manchas pardas que avanzan desde el centro, con las nervaduras de los pétalos más oscuras, y en tres o cuatro días la flor entera está marrón y cae. En la base de la flor caída se forman esclerocios negros que pasan el año en el suelo y reinfectan en la floración siguiente. No hay fungicida realmente eficaz: el control es cultural y consiste en recoger todas las flores caídas y no dejar ninguna en el suelo, retirarlas del jardín (no al compost), y renovar el acolchado en otoño para enterrar los esclerocios. Es un trabajo pesado, pero es el único que funciona.
Distinguirlo del daño por helada es sencillo con un poco de atención: la helada pardea los pétalos por los bordes y de forma uniforme, sin nerviación oscura ni esclerocios, y afecta a todas las flores expuestas la misma noche.
Podredumbre de raíz por Phytophthora. Marchitez general, hojas apagadas que cuelgan, planta que no responde al riego. Se asocia siempre a exceso de agua y drenaje malo. Prácticamente irreversible; la prevención es el sustrato aireado y no regar por costumbre.
Manchas foliares y quemaduras. Las manchas pardas grandes y secas en la cara superior suelen ser sol directo, no hongo. Antes de comprar un fungicida conviene revisar la exposición.
Multiplicación
Esqueje semileñoso, el método estándar. Se toman en julio y agosto trozos de brote del año ya semiagostado, de 8 a 12 centímetros, con dos o tres hojas de las que se recorta la mitad de la lámina para reducir transpiración. Corte limpio bajo un nudo, hormona de enraizamiento y sustrato de turba ácida con perlita a partes iguales. Necesitan humedad ambiental muy alta (miniinvernadero o bolsa) y, si se puede, calor de fondo en torno a 20-22 °C. Enraízan en dos o tres meses, a veces más: la camelia es lenta y la impaciencia mata más esquejes que los hongos.
Acodo aéreo, en primavera, sobre una rama de dos o tres años. Anillado de corteza de un centímetro, hormona, musgo de esfagno húmedo y plástico. Tarda una temporada entera pero da una planta ya formada y es la vía más segura para cultivares difíciles de esquejar.
Injerto, reservado a variedades de enraizamiento rebelde, normalmente sobre patrón de C. japonica vigoroso.
Semilla, solo para hibridar. Las semillas se siembran frescas, pierden viabilidad rápido, y la planta resultante no se parece a la madre y puede tardar de cinco a siete años en florecer.
Rusticidad y frío
Conviene separar dos cosas. La planta de C. japonica adulta y bien establecida aguanta heladas de -10 °C e incluso algo más en episodios cortos. Las flores y los botones abiertos son mucho más frágiles y se estropean ya en torno a -3 o -4 °C. Por eso una camelia puede pasar el invierno perfectamente sana y aun así perder toda su floración.
Las sasanqua, al florecer en otoño, esquivan las heladas fuertes pero son algo menos rústicas de planta. Los híbridos williamsii son la opción más segura donde el invierno aprieta. En maceta, la raíz está mucho más expuesta que en suelo: envolver el contenedor con malla o arpillera en las noches de helada evita más daños que cubrir la copa.
Camelia como bonsái
Es un material agradecido en flor y exigente en todo lo demás. Suele preferirse C. sasanqua por hoja más pequeña y ramificación más fina. El sustrato mantiene la lógica de siempre: mezcla ácida y muy drenante, con kanuma o kiryu si se dispone de ellos, y riego con agua blanda.
El trasplante se hace tras la floración, respetando las raíces finas y sin desnudar el cepellón por completo. El alambrado exige cuidado porque la madera es quebradiza y la corteza se marca con facilidad; muchos cultivadores prefieren trabajar por poda de ramas y pinzado. Y como en la planta de jardín, cualquier poda pasado el verano se lleva por delante los botones florales.
Usos: del jardín a la taza
Ornamental. Es su papel principal: ejemplar aislado, macizo de acidófilas junto a rododendros, azaleas y hortensias, setos informales de sombra, patios frescos y macetones. Aporta lo que casi nada más aporta, que es flor grande en pleno invierno y hoja perenne brillante el resto del año.
Alimentario. Aquí manda Camellia sinensis: sus hojas jóvenes, según el procesado que reciban, dan té verde, blanco, oolong o negro. Todos proceden de la misma especie; la diferencia está en el grado de oxidación, no en la planta.
Aceite. De las semillas de Camellia oleifera y, en menor medida, de C. japonica, se extrae un aceite ligero muy usado en cosmética asiática para piel y cabello, y en cocina en China.
Sobre usos medicinales conviene ser prudente. Al té se le atribuyen efectos asociados a su contenido en cafeína y polifenoles, pero eso no se traslada a la camelia ornamental de jardín, que no tiene un uso medicinal contrastado. No hay motivo para preparar infusiones con hojas de C. japonica.
Un dato tranquilizador para quien tenga animales: las camelias no figuran entre las plantas tóxicas para perros y gatos, a diferencia de vecinas habituales de macizo como la adelfa o el rododendro, estas sí seriamente venenosas.
Lo que simboliza
En Japón, donde se la llama tsubaki, la camelia arrastra una lectura ambivalente: la flor se desprende entera, sin deshojarse, y esa caída limpia se asoció con la muerte del guerrero, lo que la hizo mal recibida en visitas a enfermos y, a la vez, respetada como emblema de nobleza y de fin sin decadencia.
En Occidente la fijó Alejandro Dumas hijo con La Dama de las Camelias (1848), y de ahí pasó a la ópera de Verdi; desde entonces se le adjudica el papel de flor de amor discreto y devoción sin aspavientos. Coco Chanel la convirtió en emblema de la casa precisamente porque no huele, no compite con el perfume y tiene una geometría perfecta.
Por colores, el reparto habitual es: roja para el amor y el deseo, blanca para el afecto puro y la admiración, rosa para la nostalgia y el anhelo. Y en Galicia ha acabado siendo casi un símbolo identitario del jardín pacego, más allá de cualquier lectura oriental.
En resumen
La camelia es un arbusto acidófilo de hoja perenne que pide pH entre 4,5 y 6, sustrato aireado con corteza de pino, semisombra luminosa, riego constante sin encharcar y agua blanda o de lluvia. La clorosis por cal es su problema más común y se corrige en el agua y el sustrato, no solo con hierro. Se abona con fertilizante para acidófilas desde el final de la floración hasta agosto, y se poda únicamente después de florecer, porque los botones del año siguiente se forman en verano. Vigila cochinillas, otiorrinco y, en el norte húmedo, el mal de la flor causado por Ciborinia camelliae, que solo se controla recogiendo escrupulosamente las flores caídas. Se multiplica por esqueje semileñoso en julio y agosto o por acodo aéreo en primavera. Elige C. sasanqua o híbridos williamsii si tu clima es más cálido o más frío que el del noroeste peninsular, y planta siempre el cepellón a ras, nunca enterrado.