Antes de nada, un aviso, porque la lista que circula por internet con el título "plantas que hidratan la piel" mezcla dos cosas que no tienen nada que ver y algunas de ellas no se deben poner sobre la piel. El lirio de la paz (Spathiphyllum) y la cala (Zantedeschia aethiopica) son aráceas: todas sus partes contienen rafidios de oxalato cálcico, unas agujas microscópicas que irritan la piel y, sobre todo, la boca y la garganta si se mastican. Son tóxicas para perros y gatos, que es lo que muchísima gente busca cuando pregunta por estas plantas. El ficus o árbol del caucho (Ficus elastica) suelta un látex blanco irritante y sensibilizante al cortarlo. Ante cualquier ingestión, al médico o al veterinario, o al Instituto Nacional de Toxicología.
Y ahora la pregunta de fondo, que es la que de verdad merece una respuesta: qué significa "hidratar" la piel. Porque una planta de interior no hidrata ninguna piel, una hoja no es una crema, y las palabras humectante, emoliente y oclusivo, que en cosmética significan cosas distintas, en estos artículos se usan como sinónimos. Conviene añadir además que en la Unión Europea un cosmético se rige por el Reglamento (CE) 1223/2009, que prohíbe atribuirle a un cosmético efectos propios de un medicamento. Una crema hidrata; no cura una dermatitis.
Humectante, emoliente y oclusivo
La piel no se hidrata echándole agua. Se hidrata reteniendo el agua que ya tiene, y hay tres mecanismos distintos para conseguirlo:
- Humectante: sustancias que atraen y retienen agua, como la glicerina o los mucílagos vegetales. Aportan agua a la capa superficial, pero si el ambiente está muy seco pueden acabar tomándola de la propia piel.
- Emoliente: materias grasas que rellenan los huecos entre las células muertas de la superficie y dejan el tacto suave. Aquí entran los aceites vegetales y las mantecas.
- Oclusivo: una película que frena la evaporación. Las ceras y algunas grasas hacen ese papel.
Una crema decente combina los tres. Una hoja machacada no hace ninguno de manera estable, y ese es todo el problema de la cosmética casera con plantas: el ingrediente puede ser real, pero la formulación no existe.
El mucílago, que sí es real
Una roseta de aloe. El género tiene centenares de especies y la de la foto no tiene por qué ser Aloe vera.
El mucílago es un polisacárido que al hidratarse forma un gel viscoso. Existe, es medible y varias plantas lo tienen en cantidad: el aloe en el parénquima de sus hojas carnosas, el llantén (Plantago major) en las hojas, la malva (Malva sylvestris) y el malvavisco (Althaea officinalis) en hojas y raíces.
Decir que esas plantas contienen mucílago es describir su composición, y eso es perfectamente honesto. Decir que por eso reparan la piel, cierran heridas o quitan arrugas ya no lo es: son afirmaciones de tipo medicamentoso, precisamente las que el Reglamento 1223/2009 no permite en un cosmético. En el terreno cosmético, además, existe el Reglamento (UE) 655/2013, que fija los criterios comunes que debe cumplir cualquier alegación: veracidad, honradez y poder demostrarla.
Llantén mayor. La roseta de hojas anchas con nervios paralelos marcados y las espigas erguidas lo identifican.
El aloe: el gel y el acíbar no son lo mismo
Esto es lo más útil que se puede contar de un aloe. Al cortar una hoja salen dos cosas distintas. Primero, justo bajo la piel verde, un exudado amarillento de sabor amarguísimo, el acíbar, rico en compuestos antraquinónicos, que es irritante y que no es lo que quieres. Debajo está el parénquima incoloro, el gel transparente propiamente dicho.
Si cortas una hoja y te la aplicas sin más, te estás aplicando las dos cosas. En la industria esa separación es un paso de proceso, y el producto que compras lleva además conservantes y estabilizantes, porque el gel puro se oxida y se contamina en cuestión de horas.
Añade otro problema: el género Aloe tiene centenares de especies y muchas se venden en vivero etiquetadas simplemente como "aloe". El de la etiqueta cosmética es Aloe vera, con hojas erectas, grises verdosas y dientes claros en el borde. Los aloes arbustivos de jardín, mucho más frecuentes en el litoral mediterráneo, no son la misma planta.
Las cuatro de la lista que no van sobre tu piel
Esta es la parte que más desconcierta del artículo original: en medio de una lista de plantas cosméticas aparecían cuatro plantas de interior. La cinta (Chlorophytum comosum), el lirio de la paz (Spathiphyllum), el ficus elástico (Ficus elastica) y la areca (Dypsis lutescens) no se aplican en la cara de nadie. Están ahí por una confusión con otra idea distinta: la de que las plantas de interior suben la humedad ambiental al transpirar.
Como planta de interior, cada una tiene su ficha y sus cuidados, y eso sí merece leerse. Como cosmética, no pintan nada. Y dos de ellas, además, con las advertencias del principio: las aráceas por los oxalatos y el ficus por el látex.
Esta foto venía etiquetada como lirio de la paz, pero es una cala (Zantedeschia aethiopica). Son dos aráceas distintas, las dos con oxalato cálcico.
Romero y violeta, contados como plantas
Romero. La hoja estrecha con los bordes enrollados y el envés blanco es la adaptación clásica al verano mediterráneo.
El romero (Salvia rosmarinus, antes Rosmarinus officinalis) aparece en todas estas listas por su aceite esencial. Conviene saber que su nombre científico cambió: los estudios moleculares lo metieron dentro del género Salvia, así que si lo ves escrito de las dos maneras, las dos se refieren a la misma planta. Como arbusto es de lo más agradecido que hay en clima mediterráneo: sol, sequía y suelo con drenaje.
La violeta es el género Viola, con muchas especies silvestres en España. La violeta de olor es Viola odorata, pero no todas las violetas del campo son esa, ni todas huelen. Es una herbácea de sombra fresca, con la flor de cinco pétalos desiguales y espolón por detrás.
Una violeta silvestre. El género Viola es amplio y no toda violeta es la violeta de olor.
El preparado casero, en dos líneas
Dos riesgos concretos, y ninguno es teórico. El primero, la sensibilización por aceites esenciales: son mezclas concentradas de compuestos volátiles y algunos de ellos son alérgenos reconocidos, hasta el punto de que la normativa cosmética obliga a declarar en la etiqueta una lista de sustancias perfumantes alergénicas. Una vez que te sensibilizas, es para siempre.
El segundo, la contaminación microbiana. Cualquier preparado con agua, o con una planta fresca, es un medio de cultivo. Sin conservante y a temperatura ambiente, en pocos días tienes bacterias y hongos en el bote. Este asunto, junto con las quemaduras por fototoxicidad, está desarrollado en cosmética casera con plantas.
En resumen
Hidratar la piel no es mojarla: es retener agua, y eso se consigue combinando humectantes, emolientes y oclusivos. Los mucílagos del aloe, el llantén, la malva o el malvavisco son humectantes reales, y describirlos así es correcto; atribuirles curar, reparar o rejuvenecer no lo es, porque el Reglamento (CE) 1223/2009 prohíbe darle a un cosmético efectos de medicamento y el Reglamento (UE) 655/2013 exige que toda alegación sea demostrable.
De la lista que circula, la mitad ni siquiera se aplica sobre la piel: son plantas de interior coladas por una confusión con la humedad ambiental, y dos de ellas llevan aviso propio, las aráceas por sus oxalatos y el ficus por su látex. Si lo que tienes es piel seca de verdad, una crema formulada y con conservante hace el trabajo mejor que cualquier hoja, y si hay picor, enrojecimiento o descamación que no se va, eso ya es consulta médica y no jardinería.