Hay una función del cuarto de baño que se pasa por alto cuando se habla de plantas: es la única habitación de la casa con agua corriente, desagüe en el suelo y superficies que no se estropean si se mojan. Eso lo convierte en el taller de mantenimiento de todas las plantas de la vivienda, incluidas las que viven en el salón y no pisan nunca el baño. Cinco o seis operaciones que en cualquier otro sitio obligan a montar un dispositivo de toallas y barreños aquí se resuelven en diez minutos.

Que el baño sea además un mal sitio para tener plantas viviendo de forma permanente es otro asunto, y está tratado en el artículo sobre plantas para el cuarto de baño, donde se explica por qué su humedad engaña y qué especies aguantan de verdad. Lo que sigue es el uso del baño como espacio de trabajo.

Cuarto de baño con plantas de interior

Riego por inmersión: la técnica que necesita un lavabo

Cuando un sustrato con turba se seca del todo, se vuelve hidrófobo: las fibras se contraen, se separan de la pared del tiesto y el agua que se echa por arriba baja por el hueco perimetral y sale por el agujero sin mojar el cepellón. La planta sigue seca por dentro después de un riego que parecía abundante, y ese es el mecanismo por el que mueren de sed plantas que se regaban con regularidad.

La inmersión lo resuelve. Se llena el lavabo o un barreño con agua templada hasta unos dos tercios de la altura de la maceta, se mete el tiesto y se deja hasta que dejen de salir burbujas, entre diez y veinte minutos según el tamaño. El agua entra por capilaridad desde abajo y rehidrata la turba en toda su masa. Después hay que dejar escurrir la maceta en la ducha o sobre la rejilla al menos media hora antes de devolverla a su sitio, porque un cepellón saturado dentro de un cachepot es asfixia radicular garantizada.

No conviene convertirlo en el método habitual, y menos con agua dura. La inmersión repetida no arrastra nada hacia abajo, de modo que las sales del agua de red se van quedando dentro. Como rescate de una planta muy seca, o para plantas de raíz fina como las Peperomia, es la técnica correcta; como rutina semanal, acaba salinizando el sustrato.

Lavar el cepellón dos veces al año

El complemento del punto anterior. En gran parte de España el agua de grifo pasa de 25 grados franceses de dureza, y a eso se suman los restos del abono líquido. Todo ese material se concentra en el sustrato conforme el agua se evapora, y termina formando la costra blanca que se ve en el borde de las macetas viejas. Cuando la conductividad sube, la raíz deja de absorber agua aunque el sustrato esté húmedo, y la planta muestra puntas y bordes secos que se atribuyen al aire seco y no mejoran.

El lavado consiste en poner la maceta en la bañera o en el plato de ducha y hacer pasar por ella un volumen de agua equivalente a cuatro o cinco veces el del tiesto, despacio y con el chorro suave, dejando escurrir entre pasadas. Se hace en primavera y a finales de verano, con el agua templada, nunca fría de golpe sobre raíces de una planta tropical. Este es el trabajo que justifica por sí solo tener un plato de ducha a mano.

La ducha como limpieza y como tratamiento

Una hoja polvorienta recibe bastante menos luz y, en interiores con poca luz, eso cuenta. Pasar las plantas de hoja grande y lisa por la ducha —Ficus, Monstera, Aspidistra, Strelitzia, palmeras— con agua templada y chorro fino las deja limpias por el haz y por el envés en un minuto, mucho más rápido que a paño. Después se dejan escurrir dentro del baño hasta que dejen de gotear.

La misma operación sirve como primera medida contra la araña roja y contra la mosca blanca. Un chorro dirigido al envés arrastra buena parte de la población de ácaros y de sus puestas por medios puramente mecánicos, y repetido cada cuatro o cinco días durante tres semanas interrumpe el ciclo sin aplicar ningún producto. Para las cochinillas no basta el agua, pero la ducha previa retira la melaza y facilita el trabajo posterior.

Dos precauciones. El agua tiene que estar templada, entre 20 y 25 °C: fría produce manchas en hojas de Saintpaulia y de otras especies de hoja pilosa, y caliente escalda. Y las plantas de hoja aterciopelada o cubierta de pelos —Saintpaulia, Tradescantia sillamontana, Begonia rex— no van a la ducha en absoluto: se limpian con un pincel seco.

La cuarentena de la planta recién comprada

Un ejemplar de vivero llega con la fauna del invernadero, y las plagas que más disgustos dan en una colección doméstica entran así: cochinilla algodonosa en las axilas, huevos de araña roja en los ápices, mosca del sustrato en la turba. Aislar la planta nueva tres o cuatro semanas antes de acercarla a las demás corta ese camino, y el baño es el lugar natural para hacerlo porque suele estar apartado y porque allí se la puede duchar y revisar cómodamente.

La revisión se hace con lupa cada pocos días, mirando el envés, las axilas de los peciolos y el cuello. Conviene aprovechar la cuarentena para cambiar el sustrato de vivero, casi siempre turba pura muy retentiva, por una mezcla propia con perlita o corteza, y para colocar una trampa cromática amarilla que delate la mosca del sustrato. Si el baño no tiene luz suficiente para tener allí la planta cuatro semanas, la cuarentena se hace en otro cuarto y el baño se reserva para la revisión y la ducha.

La bañera durante las vacaciones

Para dos o tres semanas de agosto, el sistema más fiable no es un dispositivo comprado sino la propia bañera. Se pone en el fondo una toalla vieja o una manta capilar bien empapada, se colocan encima las macetas sin plato, en contacto directo con la tela, y se deja el grifo cerrado. La tela cede agua por capilaridad al ritmo que la planta la pide, y el conjunto se mantiene en un ambiente cerrado y sombreado que reduce la transpiración. Conviene cerrar la persiana a medias, no del todo, y dejar la puerta entornada para que el aire circule.

Antes de irse: riego a fondo el día anterior, retirada de flores y de hojas amarillas, y ninguna planta de sol directo en el montaje, porque tres semanas en penumbra le costarían más que la sequía. Las suculentas y los cactus se quedan donde están y no se riegan; ese es su terreno.

Trasplantar sin estropicio

Cambiar de maceta genera tierra suelta, agua sucia y raíces cortadas. Hacerlo dentro del plato de ducha, con la alcachofa a mano para humedecer el sustrato nuevo y aclarar las herramientas, ahorra la mitad del trabajo. Y permite algo que en una mesa de cocina no se puede: desmoldar el cepellón y deshacerlo bajo un chorro suave para ver de verdad el sistema radicular, que es la única forma de distinguir una raíz sana —blanca o clara, firme— de una podrida, marrón, blanda y que se desprende al tirar.

Lo que no debe hacerse es tirar el sustrato viejo por el desagüe. La turba y la perlita no se disuelven, se acumulan en el sifón y en el bote sifónico y acaban atascando. El sustrato usado va a la basura orgánica o al compost, y los restos gruesos se recogen con una rejilla sobre el sumidero.

Lo que no debe irse por el desagüe

Conviene ser explícito con esto, porque el baño invita a aclararlo todo bajo el grifo. Los sobrantes de insecticidas, fungicidas y herbicidas de uso doméstico no se vierten al desagüe ni se aclaran los envases en el lavabo: la depuradora no elimina bien esos compuestos y acaban en el cauce. Los restos y los envases vacíos van al punto limpio, donde se admiten como residuo especial del hogar. Tampoco se tira agua de riego con abono concentrado.

Y un caso particular: los fragmentos de tallo de plantas incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, como Tradescantia fluminensis, no deben acabar en el desagüe ni en un contenedor de restos vegetales. Van a la basura general, en bolsa cerrada.

En resumen

El cuarto de baño rinde más como taller de las plantas de toda la casa que como sitio donde tenerlas. Allí se hace el riego por inmersión, que es la única manera de rehidratar un sustrato de turba que se ha secado y ha dejado de admitir agua por arriba; el lavado del cepellón dos veces al año con cuatro o cinco volúmenes de agua templada, que arrastra las sales del agua dura y del abono; la limpieza de las hojas grandes con la ducha, que además arrastra araña roja y mosca blanca sin ningún producto; la cuarentena de tres o cuatro semanas de cada planta recién comprada; el trasplante con el cepellón deshecho bajo el chorro para revisar raíces; y el montaje de vacaciones sobre una manta capilar en la bañera. El sustrato usado no va al desagüe, y los fitosanitarios sobrantes, al punto limpio.


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