Las flores del dondiego de noche (Mirabilis jalapa) se abren al caer la tarde y perfuman el jardín justo a la hora en la que uno sale a sentarse fuera. Añádase que florece cinco meses seguidos, que se siembra sola y que aguanta la sequía del verano interior, y se entiende que una planta del jardín de la abuela haya vuelto a los catálogos por la puerta grande. También tiene sus contrapartidas, y conviene conocerlas antes de plantarla.
Qué es y de dónde viene
Pertenece a la familia Nyctaginaceae y es originaria de las zonas cálidas de América, con el foco en México y los Andes. Llegó a Europa en el siglo XVI y aquí se quedó: hoy está naturalizada en casi toda la Península, sobre todo en solares, cunetas y bordes de huerta del litoral mediterráneo.
Botánicamente es una perenne tuberosa, aunque en muchos jardines se comporte como anual. Forma una mata redondeada y ramificada de 60 a 100 cm de alto y otro tanto de ancho, con hojas ovadas, opuestas, de un verde intenso. Por debajo desarrolla un tubérculo negro con forma de nabo que engorda año tras año y que en ejemplares viejos puede llegar a pesar varios kilos. Ese tubérculo es la clave de su rusticidad: la parte aérea se pierde con las primeras heladas, pero la planta rebrota en primavera desde la reserva subterránea, con más fuerza cada año.
Recibe muchos nombres populares: don Diego de noche, maravilla del Perú, arrebolera, periquito, flor de las cuatro, bella de noche. En catalán, bonina de nit.
La flor: casi nada de lo que parece es lo que parece
Aquí hay un detalle botánico que casi nunca se cuenta y que explica varias cosas. El dondiego de noche no tiene pétalos. Lo que parece una corola en forma de trompeta es en realidad un perianto de sépalos fusionados y coloreados. Y lo que parece un cáliz verde en la base es un involucro de cinco brácteas. Al madurar, ese involucro envuelve el fruto, y lo que recogemos y llamamos "semilla" es en rigor un antocarpo: un aquenio negro, duro y arrugado, con aspecto de grano de pimienta.
Las flores miden entre 3 y 5 cm y aparecen en grupos en el extremo de las ramas. Los colores van del blanco al amarillo, rosa, magenta, rojo y naranja. Lo llamativo es que una misma planta puede dar flores de varios colores, e incluso flores bicolores, jaspeadas o partidas por la mitad en dos tonos. No es un defecto ni un problema de cultivo: es inestabilidad genética del pigmento, y forma parte del encanto de la especie.
De hecho, Mirabilis jalapa es una planta con historia en genética. Es el ejemplo clásico de dominancia incompleta que se estudia en el instituto: cruzando una planta de flor roja con otra de flor blanca no salen ni rojas ni blancas, sino rosas. Y a principios del siglo XX sirvió para demostrar que ciertos caracteres, como el jaspeado de las hojas, se heredan solo por vía materna, fuera del núcleo celular.
Por qué abre de noche (y por qué no siempre a las cuatro)
El nombre popular "flor de las cuatro" ha creado la idea de que la planta abre a una hora fija de reloj. No es así. La apertura la dispara la combinación de descenso de luz y bajada de temperatura al final del día, de modo que en un agosto tórrido en Córdoba las flores pueden no abrirse hasta las nueve de la noche, mientras que en un día nublado y fresco de septiembre en Galicia estarán abiertas a media tarde. Las flores se marchitan a la mañana siguiente, hacia media mañana, y cada tarde se abren flores nuevas.
Esta estrategia no es un capricho. La flor está adaptada a la polinización nocturna por mariposas esfíngidas, esas polillas grandes que vuelan estacionarias delante de la flor y sondean el tubo con una espiritrompa de varios centímetros. En España las visitan la esfinge de las adelfas, la esfinge de la correhuela y la esfinge colibrí. El tubo floral largo y estrecho, el color claro que destaca en la penumbra y la emisión de perfume solo a partir del atardecer son piezas del mismo mecanismo. La planta ahorra néctar y aroma durante las horas en las que su polinizador no vuela.
Consecuencia práctica de diseño de jardín: no la pongas donde no vayas a estar de noche. Su sitio es el borde de la terraza, junto a la puerta de casa o al lado del banco donde te sientas después de cenar. Plantada al fondo de una parcela grande, te perderás casi todo lo bueno que tiene.
Cultivo y cuidados
Exposición. Pleno sol es lo suyo. Tolera media sombra, pero con menos de cinco horas de sol directo la mata se ahíla, se tumba y florece bastante menos. Es una de las pocas plantas de flor que soporta sin quejarse el sol de un patio interior de la meseta en pleno julio.
Suelo. Se conforma con casi cualquier cosa. Prefiere suelos sueltos, profundos y bien drenados, porque el tubérculo necesita espacio para engordar, pero prospera igual en terrenos calizos, pobres y pedregosos. Lo único que no perdona es el encharcamiento invernal: un suelo arcilloso que se queda embarrado semanas enteras pudre el tubérculo y ahí acaba la planta. Si tu terreno es pesado, plántala en caballón o mejora el hoyo con arena gruesa y compost.
Riego. Moderado y espaciado. Una vez establecida, dos riegos abundantes por semana en pleno verano en el interior peninsular son suficientes, y en costa con menos basta. En primavera y otoño, uno por semana. En invierno, ninguno: la planta está dormida bajo tierra y el agua solo puede hacerle daño. Riega al pie, nunca por aspersión sobre las hojas, para no favorecer el oídio.
Abonado. Es una planta poco exigente y responde mal al exceso. Una aportación de compost o estiércol bien hecho al pie en marzo cubre toda la temporada. Si la tienes en maceta, un abono líquido para plantas de flor, rico en potasio y bajo en nitrógeno, cada quince días de mayo a septiembre. Demasiado nitrógeno da matas enormes con hojas espléndidas y pocas flores.
Maceta. Funciona bien en contenedor, pero pide volumen: mínimo 25 a 30 cm de diámetro y de profundidad para que el tubérculo tenga sitio. En maceta pequeña florece un año y luego se ahoga.
Poda. No necesita formación. Una despunta a mitad de primavera, cortando los extremos de los brotes cuando la mata tenga unos 20 cm, la hace ramificar más y florecer más densamente. En otoño, cuando la helada haya secado la parte aérea, se corta a ras de suelo y se acolcha.
Frío: hasta dónde aguanta
Es el punto que decide si la tratas como perenne o como anual. La parte aérea se quema en cuanto la temperatura baja de 0 °C. El tubérculo, en cambio, resiste bastante más si el suelo no se congela en profundidad y está seco.
En el litoral mediterráneo, Andalucía, Levante, Canarias y buena parte del suroeste, se queda plantada en el suelo sin más cuidados y rebrota en abril. En Madrid, Castilla y León, Aragón interior o Navarra, donde son habituales heladas de -5 a -8 °C, conviene acolchar el pie con 10 cm de paja, hojarasca o corteza en noviembre. En zonas de invierno más duro, o si el suelo es húmedo, lo seguro es desenterrar el tubérculo en otoño, dejarlo secar unos días a la sombra y guardarlo en una caja con turba seca o serrín, en un local fresco y oscuro, para replantarlo en abril, igual que se hace con las dalias.
Reproducción
Por semilla es lo habitual y es fácil. Las semillas son grandes, negras y de cubierta dura, así que agradecen un remojo de 24 horas en agua templada antes de sembrar, o un ligero raspado con papel de lija. Sin ese paso germinan igual, pero más despacio y de forma irregular.
Se puede sembrar directamente en el sitio definitivo a partir de mediados de abril, cuando el suelo pasa de 15 °C y no hay riesgo de helada, enterrando la semilla 1 o 2 cm y dejando 40 cm entre plantas. O adelantar la siembra en semillero protegido en marzo, a 18-22 °C, para trasplantar en mayo. Germina en 7 a 15 días y florece ese mismo año, normalmente de julio a las primeras heladas. Las semillas se conservan viables tres o cuatro años en sitio seco.
Por división del tubérculo en primavera, cortando porciones que lleven al menos una yema y dejando cicatrizar los cortes uno o dos días antes de plantar. Es el único modo de conservar exactamente el color de flor de una planta concreta, porque la semilla no lo hereda de forma fiable.
Por esqueje de tallo semileñoso a finales de verano, en sustrato arenoso y con humedad ambiental alta. Funciona, pero rara vez compensa teniendo lo anterior.
Aviso importante: se resiembra sola con muchísima facilidad. En clima suave puede pasar de planta de jardín a hierba naturalizada difícil de erradicar, porque el tubérculo rebrota de cualquier fragmento que quede en el suelo. Si no quieres que se extienda, retira las flores marchitas antes de que cuajen y recoge las semillas caídas.
Plagas, enfermedades y toxicidad
Es una planta sana. Los problemas que aparecen son casi siempre de manejo.
Pulgón. Coloniza los brotes tiernos en primavera. Con un chorro de agua a presión o jabón potásico al 1 %, aplicado al atardecer, se controla sin más. Evita insecticidas de amplio espectro: matarías también a la fauna auxiliar y a los polinizadores nocturnos que dan sentido a esta planta.
Araña roja. Aparece en verano seco y caluroso, sobre todo en macetas de terraza. Se detecta por un punteado amarillento en el haz y telaraña fina en el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental y con azufre mojable o acaricidas específicos.
Caracoles y babosas. Devoran los brotes recién emergidos en abril, que es el momento crítico. Después, con la mata ya hecha, dejan de ser un problema.
Oídio. Polvillo blanco en las hojas al final del verano, favorecido por noches húmedas y riego por aspersión. Se previene aireando la mata y regando al pie; si aparece, azufre en polvo o bicarbonato potásico.
Sobre la toxicidad: tanto la raíz como las semillas contienen compuestos irritantes y purgantes, y su ingestión provoca vómitos, dolor abdominal y diarrea. No es una planta letal, pero las semillas negras son muy manejables y llamativas para un niño pequeño. Si tienes críos o mascotas que mordisquean, tenlo en cuenta al elegir el emplazamiento. El contacto con la savia puede causar dermatitis en personas sensibles.
Dónde queda bien
Funciona muy bien como seto estacional: una fila de plantas a 40 cm forma una pantalla densa de un metro en dos meses, útil para tapar una valla fea o un cuadro de huerta durante el verano. También en el fondo de un arriate mixto, acompañada de plantas de floración diurna que tomen el relevo cuando ella se cierra, y en jardines de aroma nocturno junto a Nicotiana, Cestrum nocturnum o jazmín.
Su gran virtud en el clima español es que florece justo en el bache de agosto, cuando muchas vivaces han parado por calor, y sigue hasta octubre o noviembre en costa. Su gran defecto es que de día, con las flores cerradas, es simplemente una mata verde. Combínala teniendo eso en cuenta.
En resumen
Mirabilis jalapa es una perenne tuberosa de cultivo muy sencillo: pleno sol, suelo drenado, riego moderado en verano y ninguno en invierno, abonado escaso y siembra directa a partir de abril para florecer el mismo año, de julio hasta las heladas. Sus flores abren al atardecer para atraer a las esfinges y perfuman una terraza entera, así que hay que plantarla donde se vaya a estar de noche. Aguanta el frío bajo tierra si el suelo drena; en el interior con heladas fuertes, acolchar o desenterrar el tubérculo. Vigila dos cosas: el encharcamiento invernal, que la pudre, y su facilidad para autosembrarse hasta volverse invasora en clima suave. Semillas y raíz son tóxicas por ingestión.