Una hembra de pulgón pare entre cinco y diez crías al día, sin macho, y esas crías ya llevan dentro los embriones de la generación siguiente. Con esa aritmética se entiende por qué un rosal limpio el lunes amanece cubierto el sábado, y por qué la lucha contra esta plaga se gana en la primera semana o no se gana.

Colonia de pulgones sobre un brote de rosal

Qué es exactamente un pulgón

Los pulgones o áfidos son insectos chupadores de la familia Aphididae, dentro del orden de los hemípteros, el mismo al que pertenecen cochinillas y mosca blanca. Miden entre 1 y 4 mm, tienen el cuerpo blando y periforme, antenas largas y, en la parte trasera del abdomen, dos tubitos característicos llamados sifones o cornículos. Por ahí no expulsan melaza, como se repite a menudo: emiten unas ceras de alarma que avisan al resto de la colonia cuando uno es atacado. La melaza sale por el ano.

Su herramienta es un estilete bucal finísimo que introducen entre las células hasta alcanzar el floema. Una vez dentro, la presión del propio vaso les inyecta la savia sin esfuerzo; pueden quedarse clavados horas en el mismo punto. Esa savia elaborada es un alimento desequilibrado, cargado de azúcares y escaso en aminoácidos, así que el pulgón filtra volúmenes enormes y elimina el exceso azucarado en gotas. Además vive en simbiosis con una bacteria interna, Buchnera aphidicola, que le fabrica los aminoácidos que la savia no le da.

Dentro de una misma colonia conviven dos formas: los ápteros, sin alas, que son las máquinas de reproducirse, y los alados, más estilizados y oscuros, que aparecen cuando la colonia se satura o la planta se agosta y salen a colonizar otras plantas. Ver alados en un cultivo significa que la plaga está a punto de repartirse por el resto del huerto.

El ciclo que explica las explosiones de primavera

Su biología reproductiva es lo que los hace tan difíciles de contener. Durante la primavera y el verano las hembras se reproducen por partenogénesis vivípara: sin fecundación y pariendo ninfas ya formadas en lugar de poner huevos. Y hay un detalle que multiplica todo lo demás: dentro de la hembra ya se está desarrollando su hija, y dentro de esa hija su nieta. Tres generaciones encajadas a la vez, como muñecas rusas. Ese fenómeno se llama generaciones telescópicas.

A 20-25 °C una ninfa pasa por cuatro mudas y empieza a parir en siete a diez días. Cada hembra deja entre 40 y 100 descendientes a lo largo de su vida. Con esos números, una sola fundadora puede generar decenas de miles de individuos en una temporada si nada la frena.

Muchas especies practican además una alternancia de huéspedes. En otoño, con los días cortos y el descenso de temperatura, aparecen machos y hembras sexuadas que se aparean y ponen huevos de invierno, negros y resistentes al frío, en las yemas de un huésped leñoso: melocotonero y almendro en el caso de Myzus persicae, manzano en el de Dysaphis plantaginea, rosal o evónimo en otras. De esos huevos salen en febrero o marzo las fundatrices, y en primavera los alados saltan al huésped secundario herbáceo, que es tu huerto. Este esquema completo se llama holociclo.

En el litoral mediterráneo y en el sur, donde no hiela con dureza, muchas poblaciones se saltan la fase sexual y siguen pariendo hembras todo el año: es el anholociclo. Tiene dos consecuencias prácticas. Que en Málaga, Almería o la costa levantina hay pulgón en enero, y que al no haber recombinación sexual los clones resistentes a insecticidas se mantienen intactos año tras año.

Las especies que te vas a encontrar en España

Hay más de cuatrocientas especies descritas en la Península, pero un huerto y un jardín corrientes concentran casi todo en una docena. Estas son las que importan:

Myzus persicae, el pulgón verde del melocotonero, de 1,5 a 2,5 mm, verde pálido o rosado. Es el más polífago y el peor de todos como transmisor de virus. Ha acumulado múltiples mecanismos de resistencia, así que si un tratamiento repetido deja de hacer efecto, sospecha de él.

Aphis gossypii, el pulgón del algodonero, pequeño y de color muy variable, del amarillo al verde casi negro. Domina en cucurbitáceas: pepino, calabacín, melón y sandía.

Aphis fabae, el pulgón negro de la haba, negro mate y en colonias muy densas sobre habas, remolacha y adelfilla. Es el que primero aparece en el huerto de invierno-primavera.

Macrosiphum euphorbiae, grande y de patas largas, verde o rosado, sobre tomate, patata, lechuga y rosal.

Macrosiphum rosae, el clásico de los botones florales del rosal, con sifones negros bien visibles.

Brevicoryne brassicae, el pulgón ceroso de las coles, gris azulado por la capa de cera que lo recubre y que hace resbalar los caldos si no llevan mojante.

Aphis spiraecola y Toxoptera aurantii, en cítricos, verde amarillento el primero y negro brillante el segundo, responsables del enrollado de los brotes de la brotación de primavera.

Eriosoma lanigerum, el lanígero del manzano, envuelto en una borra blanca algodonosa en las heridas de poda y el cuello del árbol. Este no se comporta como los demás y necesita manejo propio.

Y aparte quedan los pulgones formadores de agallas, como Pemphigus en chopo o los que abollan las hojas del ciruelo y del peral. Deforman mucho y preocupan poco: cuando se ve la agalla, el insecto ya está protegido dentro y el daño al árbol es estético.

Daños: melaza, negrilla y deformación

La succión directa de savia rara vez mata una planta adulta, aunque en plántula y en semillero sí puede hacerlo. Lo que se ve primero es el brote deformado: hojas abarquilladas hacia el envés, ápices detenidos, entrenudos apretados y botones florales que se secan sin abrir. Algunas especies inyectan saliva tóxica al picar, y por eso el enrollamiento persiste aunque elimines el pulgón; la hoja ya está formada así y no se recupera.

Después llega la melaza, que barniza las hojas inferiores y los frutos. Sobre ella se instalan hongos saprófitos —Capnodium y afines— que forman la negrilla: una película negra y polvorienta que no parasita el tejido, pero bloquea los estomas, reduce la fotosíntesis y deprecia la fruta. La negrilla no se trata con fungicida; desaparece cuando desaparece la melaza, y se retira lavando con agua jabonosa.

La melaza atrae también avispas y, sobre todo, hormigas.

El daño que no se ve: los virus

Los áfidos son los principales vectores de virus vegetales que existen: transmiten más de doscientos, y solo Myzus persicae se encarga de más de un centenar. En el huerto español eso significa virus del mosaico del pepino (CMV) en tomate, pimiento y cucurbitáceas, virus Y de la patata, virus del enrollado de la patata o el mosaico de la sandía.

Aquí es donde conviene deshacer una idea muy asentada. En la transmisión no persistente, que es la más común, el virus viaja adherido al estilete y se transmite en segundos: al pulgón alado le basta una picadura de tanteo para inocularlo, y esa picadura ocurre antes de que ningún insecticida tenga tiempo de actuar. Por eso un cultivo tratado con rigor puede virosarse igual. El insecticida reduce la colonia, no la epidemia vírica.

Contra los virus lo que funciona es lo que impide el aterrizaje: malla antiáfidos en los laterales del invernadero o del túnel, acolchado plástico reflectante o gris plata en el suelo, que desorienta a los alados durante el vuelo de descenso, trampas cromáticas amarillas para saber cuándo empieza el vuelo, y arrancar y retirar las plantas con síntomas en vez de tratarlas.

Por qué aparece en tus cultivos

Que llegue es inevitable: llega volando desde cualquier ribazo con adelfilla, cardos o crucíferas silvestres. Que se instale y explote depende de otras cosas.

Lo primero es el nitrógeno. Un abonado nitrogenado alto sube la concentración de aminoácidos libres en la savia, mejora la dieta del pulgón y acelera su tasa de reproducción de forma medible. Estiércol fresco, riegos semanales con abono de crecimiento o un 20-5-5 en primavera producen brotes tiernos, blandos y nutritivos, exactamente lo que la plaga necesita. Un huerto abonado con compost maduro y equilibrado tiene menos pulgón, y no por magia.

Lo segundo son las hormigas, que no traen la plaga pero la conservan. Ordeñan la melaza, transportan pulgones de una planta a otra y expulsan activamente a mariquitas, sírfidos y parasitoides. Un frutal con un reguero de hormigas subiendo por el tronco no se limpia solo; un anillo de cola entomológica a media altura cambia el resultado en pocos días.

Lo tercero es la falta de refugio para la fauna auxiliar. Un huerto sin flores, rodeado de suelo desnudo y tratado con insecticidas de amplio espectro, no tiene depredadores esperando cuando llega el primer alado.

Y lo cuarto es el clima: primaveras suaves y húmedas, con medias de 18 a 24 °C, adelantan los vuelos y alargan la temporada. Los golpes de calor por encima de 30 °C, en cambio, hunden las poblaciones por sí solos.

Control biológico, que es el que sostiene el huerto

Mariquita depredando pulgones sobre una hoja

El pulgón es lento, blando y no se defiende, así que tiene una lista de enemigos naturales larguísima. Las larvas de mariquita (Coccinella septempunctata, Adalia bipunctata), grises y alargadas con manchas naranjas, consumen varios cientos de pulgones antes de pupar; las adultas, menos. Las larvas de sírfido son unas orugas verdosas translúcidas, sin patas y sin cabeza aparente, que muchos aplastan creyéndolas plaga: es un desperdicio, porque cada una liquida entre 400 y 800 pulgones. Las crisopas (Chrysoperla carnea) aportan larvas igual de voraces.

Los parasitoides, avispillas diminutas de los géneros Aphidius, Lysiphlebus o Aphelinus, ponen un huevo dentro del pulgón y lo convierten en una momia: un cuerpo hinchado, rígido y color caramelo o dorado, a veces con un agujero circular por donde salió la avispa. Contar momias es la mejor señal de que no hay que hacer nada más. Si tratas en ese momento con un insecticida de amplio espectro, matas al auxiliar y provocas un rebrote de la plaga a las dos semanas peor que el original.

Para tener ese ejército disponible, siembra en los bordes plantas de flor pequeña y abierta que alimenten a los adultos: hinojo, eneldo, cilantro, zanahoria en flor, alisos, caléndula, facelia. Los adultos de sírfido comen polen y néctar, y solo ponen huevos donde encuentran ambas cosas cerca de una colonia.

Tratamientos, del más suave al más contundente

Antes de nada, revisa dos veces por semana el envés de las hojas jóvenes y los diez últimos centímetros de cada brote. Una colonia detectada con veinte individuos se quita con los dedos; la misma colonia diez días después exige pulverizar el jardín entero.

Agua a presión. Un chorro dirigido al envés y a los ápices desprende la colonia, y el pulgón caído no vuelve a subir. En rosales y frutales jóvenes es sorprendentemente eficaz. Repetir cada dos o tres días mientras haya brotación tierna.

Pinzado. Cortar y retirar los ápices infestados elimina de una vez el grueso de la población, porque las colonias se concentran en la punta.

Jabón potásico. Actúa por contacto disolviendo la cutícula, no tiene efecto residual y solo mata lo que moja, de modo que hay que empapar el envés a conciencia. Con un formulado al 40 %, del orden de 10 a 20 ml por litro. Al atardecer o a primera hora, nunca a pleno sol ni con más de 30 °C, y sin mezclarlo con azufre o aceites el mismo día. Dos o tres pases separados cinco o siete días. En pulgón de la col conviene añadir mojante, porque la cera lo repele.

Aceites de verano y de invierno. Actúan por asfixia. El aceite de invierno, aplicado a frutal desnudo o en yema hinchada, es el tratamiento decisivo contra los huevos y las fundatrices de melocotonero y manzano. Es la aplicación con mejor relación esfuerzo-resultado del calendario, y se hace en enero o febrero, cuando nadie está pensando en pulgón.

Azadiractina. Extraída del neem, actúa como antialimentario y regulador del crecimiento. No fulmina en el día: el pulgón deja de alimentarse y no completa las mudas, así que hay que aplicarla al principio de la infestación y no esperar cadáveres inmediatos.

Piretrinas naturales. Derriban rápido, se degradan con la luz en pocas horas y tienen un problema serio: no son selectivas. Arrasan mariquitas, sírfidos y polinizadores. Úsalas como último recurso, al anochecer, y nunca sobre planta en flor.

Sobre los productos químicos y lo que puedes usar en casa

En España, en jardinería particular solo pueden emplearse productos autorizados con la mención uso reservado a jardinería exterior doméstica en la etiqueta. Los envases profesionales, aunque se consigan, no son legales en un huerto familiar, y en cultivos comestibles hay que respetar el plazo de seguridad indicado. El catálogo autorizado cambia con frecuencia: materias activas de uso corriente hace pocos años, como el imidacloprid o el clorpirifos, están retiradas.

Otra razón para no vivir del insecticida es la resistencia. Myzus persicae ha desarrollado resistencia documentada a varias familias químicas, y en poblaciones anholocíclicas del sur peninsular esos clones se perpetúan sin recombinación. Repetir siempre la misma materia activa selecciona a los supervivientes y garantiza que en dos temporadas deje de funcionar. Si tratas, alterna modos de acción y no cubras toda la campaña con el mismo producto.

Fallos habituales al tratar

Pulverizar solo por el haz deja intacta la colonia, que vive por debajo. Tratar con la planta en flor mata a los polinizadores y a los auxiliares que iban a resolver el problema. Aplicar jabón a mediodía en julio quema las hojas tiernas. Confundir la larva de sírfido o de mariquita con la plaga y eliminarla es tirar el mejor aliado que tenías. Abonar con nitrógeno para que la planta se recupere del ataque alimenta la siguiente generación. Y tratar en pleno agosto una población que ya se estaba desplomando por el calor es gastar producto sin motivo.

El que más cosecha cuesta, sin embargo, es esperar. Con generaciones cada semana, una intervención el día que ves las primeras veinte hembras vale por diez tratamientos posteriores.

En resumen

El pulgón es un hemíptero chupador de floema que se reproduce sin macho, pare ninfas ya grávidas y duplica su población en días, lo que convierte la vigilancia temprana en la medida más rentable. Sus daños van del brote deformado y la melaza con negrilla hasta la transmisión de virus, y esto último no se frena matando insectos, sino con mallas, acolchados reflectantes y retirada de plantas afectadas. Sujeta el nitrógeno, corta el paso a las hormigas y deja sitio a mariquitas, sírfidos, crisopas y avispillas parasitoides, que son las que sostienen el equilibrio a lo largo del año. Cuando haya que intervenir, empieza por agua a presión, pinzado y jabón potásico bien aplicado al envés, reserva el aceite de invierno para los frutales en enero y guarda las piretrinas como último recurso. Y en cultivo doméstico, usa solo productos con mención de jardinería exterior doméstica, alternando modos de acción para no fabricarte tú mismo una población resistente.


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