Hay un detalle en la madreselva mediterránea que permite identificarla desde el coche parado en un arcén: las dos hojas de arriba del todo, justo debajo del ramillete de flores, están fundidas la una con la otra formando un plato ovalado que atraviesa el tallo por el centro. Ninguna otra trepadora del monte español hace eso. Se llama Lonicera implexa y es la Lonicera del calor y la piedra.
El disco de hojas soldadas y el resto del retrato
El carácter que da nombre al asunto se llama, en jerga botánica, hojas connatas o perfoliadas. En las Lonicera las hojas van opuestas, enfrentadas en el nudo; en esta especie, los dos o tres pares superiores de cada tallo florífero pierden el peciolo y se sueldan por la base, de modo que forman una lámina continua elíptica con el tallo saliendo por el medio, como un plato pinchado en un palo. Los pares inferiores, en cambio, van libres y con peciolo corto, ovalados o lanceolados. Ese contraste dentro de la misma rama es inconfundible.
Lonicera caprifolium, que se cultiva en jardines del norte, comparte el carácter, pero es caducifolia, tiene la hoja mate y verde y no vive en el monte seco. Y la atlántica Lonicera periclymenum no tiene ninguna hoja soldada: ahí se separan sin margen de error. Cada una tiene su artículo, y la comparación completa del género está en el artículo general de la madreselva.
El resto del retrato encaja con un clima de veranos secos. Es una liana perennifolia o semiperenne, que conserva la hoja todo el año salvo en inviernos muy duros. El follaje es glabro -sin un pelo, al tacto liso- y glauco, de un verde azulado grisáceo con la cutícula gruesa y cerosa, sobre todo por el envés. Los tallos jóvenes son también glabros, a menudo teñidos de rojo por el lado que da el sol, y se lignifican con los años en cuerdas retorcidas. No pasa de los tres o cuatro metros, bastante menos que la atlántica, y el porte es más apretado y menos desmadrado.
Ese conjunto -cutícula gruesa, cera superficial, ausencia de pelos, hoja persistente y pequeña- es un equipo estándar de planta esclerófila: reduce la pérdida de agua por transpiración y refleja parte de la radiación. Es la razón física de que aguante lo que aguanta.
Dónde vive: encinar, maquis y roquedo
Es un endemismo de la cuenca mediterránea occidental. En España aparece en toda la mitad este y sur peninsular, en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha y buena parte de Extremadura, además de Baleares. Falta en la franja atlántica húmeda, precisamente donde manda su prima.
Vive en encinares y carrascales aclarados, coscojares, maquis, pinares de pino carrasco y matorral alto, trepando sobre coscoja, lentisco, madroño, aladierno o enebro, y también arrastrándose entre las rocas de un roquedo calizo cuando no hay nada por lo que subir. Tolera muy bien la caliza y prospera en suelos pedregosos, esqueléticos, con poca tierra fina entre las piedras. Sube desde el nivel del mar hasta unos 1.200 metros.
Su estrategia frente a la sequía combina tres cosas: la hoja dura descrita arriba, un sistema radicular profundo que busca la humedad retenida en las grietas y en el subsuelo, y una parada vegetativa en el corazón del verano, con el crecimiento detenido de julio a septiembre hasta que las lluvias de otoño la despiertan otra vez. Una planta establecida sobrevive un verano manchego o murciano sin una gota de riego. Del frío tampoco tiene mucho que temer: aguanta hasta unos -10 o -12 °C, con daño en la hoja por debajo de eso pero rebrote desde la cepa.
Flor de primavera y fruto para las aves
Florece de abril a junio, con el pico en mayo, y el calendario tiene sentido: aprovecha la humedad que queda en el suelo tras las lluvias de invierno y cierra el ciclo antes de que llegue el estrés hídrico. En el norte de su área puede alargarse a julio; en el sureste se adelanta a marzo en años suaves.
Los ramilletes salen en el centro del disco de hojas soldadas, con seis a doce flores de tres a cinco centímetros, de tubo largo y dos labios, en amarillo pálido o crema con lavados rosados o purpúreos por fuera. Perfuman al caer la tarde, con menos potencia que la atlántica pero de manera reconocible. Los estambres y el estilo asoman muy por delante de la corola.
Después vienen las bayas, ovoides, de menos de un centímetro, de un rojo anaranjado brillante agrupadas sobre el plato de hojas, que maduran de julio a septiembre y aguantan colgadas hasta bien entrado el otoño. No son comestibles para las personas -sirve lo dicho para el resto del género- pero constituyen alimento de mirlos, currucas cabecinegras, currucas capirotadas y zorzales, que dispersan la semilla. Sumado al enredo de tallos leñosos, que da refugio y sitio de nido a paseriformes pequeños, y al néctar para esfinges y mariposas crepusculares, el balance de fauna de esta especie es alto para lo poco que pide.
En el jardín seco autóctono
El nicho de esta madreselva en jardinería está muy definido: es la trepadora perfumada para quien no quiere -o no puede- regar en verano. En un jardín de bajo consumo hídrico en Alicante, Sevilla, Zaragoza o Toledo cubre pérgolas, vallas de obra, alambradas y taludes conservando la hoja todo el invierno, cosa que ninguna caduca hace.
Combina bien con la paleta mediterránea de siempre: lentisco, mirto, romero, jara, arbutus, coronilla, esparraguera y bulbos de otoño al pie. Sobre un talud sin soporte se comporta como cubresuelos leñoso y sujeta el terreno.
Se planta en otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias y llegue al primer verano con algo hecho. Quiere sol pleno o media sombra, admite cualquier suelo drenado -incluido el calizo y el pobre- y lo único que no perdona es el encharcamiento invernal en arcilla compacta. Durante los dos primeros veranos hay que regarla: un riego copioso y espaciado, cada quince o veinte días, para forzar la raíz hacia abajo. A partir del tercer año se puede retirar el riego por completo salvo en sequía extrema.
No necesita abono. Un suelo demasiado rico le provoca crecimiento blando y le quita compacidad. La poda se limita a un repaso después de la floración, en junio, quitando lo seco y conteniendo lo que se desmande, y a un aclareo de tallos viejos cada varios años. Se multiplica por esqueje semileñoso en final de verano, por acodo -los tallos que tocan el suelo enraízan por su cuenta- y por semilla, que necesita estratificación fría de dos o tres meses y germina de manera irregular.
Un aviso realista: cuesta encontrarla en vivero comercial, mucho más orientado a las asiáticas y a los cultivares de periclymenum. Merece la pena buscarla en viveros especializados en flora autóctona, que son los que suelen tenerla, y evitar recolectar material del monte.
En resumen
Lonicera implexa es la madreselva del Mediterráneo: perennifolia, glabra, de hoja glauca y cerosa, con los pares superiores soldados en un disco perfoliado que la identifica de un vistazo y la separa de Lonicera periclymenum. Vive en encinares, coscojares y maquis secos sobre suelo pedregoso, florece de abril a junio en crema y púrpura con perfume vespertino, y da bayas rojas no comestibles que aprovechan mirlos y currucas. Aguanta la sequía estival sin riego una vez establecida, gracias a hoja dura, raíz profunda y parada veraniega. En jardinería seca autóctona es la trepadora perfumada de bajo consumo por excelencia, con la única pega de su escasa presencia en vivero.