A partir de septiembre, las marismas atlánticas y los saladares del sureste cambian de color: el verde glauco que las cubría todo el verano se vuelve rojo, cobre y granate, y aguanta así hasta bien entrado el invierno. Quien pone ese color es sobre todo la sosa o almajo, Sarcocornia fruticosa, un subarbusto suculento y articulado que vive donde la sal impide vivir a casi todo lo demás.

Mata de Sarcocornia fruticosa en un saladar

Una planta hecha de artejos

Es un arbusto bajo, de 30 cm a un metro, leñoso en la base y con las ramas jóvenes carnosas, ascendentes o postradas y a menudo enraizantes al contacto con el fango. Lo característico es que el tallo parece una cadena de segmentos: cada nudo se estrecha y cada entrenudo se hincha, formando artejos cilíndricos o ligeramente claviformes de un centímetro escaso.

Esos artejos no son hojas. Las hojas están ahí, pero reducidas a un par de escamas diminutas y opuestas, soldadas entre sí y al tallo, que forman el pequeño reborde membranoso que se ve en cada nudo. Todo el volumen verde es tallo suculento, y en él ocurre la fotosíntesis. Es la misma solución que adoptan otras plantas de ambientes extremos —los juncos que hemos tratado en otros artículos suprimen la lámina foliar por sequía; aquí se suprime por sal— y el efecto es reducir al mínimo la superficie expuesta.

Las flores son casi invisibles: grupos de tres, hundidos en una cavidad del artejo, sin pétalos, reducidos a estambres y estigmas que asoman en verano y otoño. La familia es Amaranthaceae, la de las quenopodiáceas de toda la vida.

Sobre el nombre. Los estudios moleculares han demostrado que el género Sarcocornia queda dentro de Salicornia, y los tratamientos actuales de referencia aceptan por eso Salicornia fruticosa (L.) L. como nombre correcto, con Sarcocornia fruticosa (L.) A.J.Scott como sinónimo. En la bibliografía y los viveros españoles sigue usándose el segundo. Conviene saber que hablan de lo mismo.

Suculencia: agua para diluir la sal

Aquí está la clave fisiológica, y no es lo que suele pensarse. Esta planta no es suculenta porque le falte agua; vive con los pies en un fango encharcado. Es suculenta porque le sobra sal.

Una halófita como esta no expulsa el sodio ni lo evita: lo absorbe deliberadamente y lo encierra en las vacuolas de sus células, donde le sirve para bajar su potencial osmótico interno por debajo del del suelo salino y así poder seguir tomando agua. El problema es que ese sodio, en concentración excesiva, envenena las enzimas del citoplasma. La solución es diluirlo: la célula acumula agua, se hincha, y la concentración salina por unidad de volumen se mantiene tolerable. Eso es la suculencia, un volumen de dilución. En el citoplasma, mientras tanto, el ajuste osmótico se hace con solutos compatibles que no dañan las proteínas, del tipo de la prolina y la glicina betaína.

Como la sal sigue entrando, hace falta una vía de salida, y la planta tiene una elegante: desprender los artejos viejos de los extremos, cargados de sal, sacrificándolos igual que un árbol tira las hojas. La sal sale de la planta convertida en hojarasca.

Su tolerancia es notable: prospera con salinidades de suelo muy superiores a las del agua de mar, y en los saladares interiores de Alicante, Murcia y Albacete soporta costras salinas de verano que ninguna planta de cultivo resistiría. Puede vivir sin sal, en tierra normal, pero entonces es una mala competidora y la desplaza cualquier hierba.

El rojo del otoño y por qué no es una hoja seca

El enrojecimiento otoñal es fisiológico y tiene explicación. Los pigmentos responsables no son antocianos —los de las hojas rojas de los arces o las vides— sino betacianinas, pigmentos nitrogenados exclusivos de las Caryophyllales, la misma familia química que da color a la remolacha y a los higos chumbos. Sus rutas de síntesis son distintas y no coexisten en la misma planta.

Se acumulan cuando el estrés aprieta: al final del verano, con salinidad máxima por evaporación, radiación intensa y bajada de temperatura, la planta reduce su fotosíntesis y los pigmentos actúan como pantalla, absorbiendo el exceso de luz que el aparato fotosintético ya no puede procesar y evitando así el daño fotooxidativo. El rojo es, literalmente, una persiana. En primavera, con el suelo lavado por las lluvias y el crecimiento reanudado, la planta vuelve al verde.

El resultado paisajístico es de los más llamativos del litoral ibérico, y en las marismas del Guadalquivir, la bahía de Cádiz, el delta del Ebro, el Mar Menor o las salinas de Santa Pola es un espectáculo estacional en sí mismo.

Su lugar en el saladar

Un saladar no es una masa uniforme: es una escalera, y cada peldaño de altura sobre el nivel de inundación tiene su especie. La Sarcocornia fruticosa ocupa el escalón intermedio, y eso define todo su comportamiento.

Abajo, en lo más inundado, donde la marea o el agua salobre cubre a diario o casi, domina Sarcocornia perennis —también tratada hoy como Salicornia perennis—, postrada, de tapiz bajo, y en las marismas atlánticas la espartina. En el fango desnudo y muy inundado entran también las salicornias anuales, que germinan cada primavera.

En el escalón medio, con inundación frecuente pero no permanente y suelo que se seca en superficie en verano, está la nuestra, formando matorrales cerrados de medio metro a un metro que pueden cubrir hectáreas enteras. Es la comunidad que da nombre a la clase Sarcocornietea fruticosae y que la Directiva Hábitats recoge como hábitat 1420, matorrales halófilos mediterráneos y termoatlánticos.

Arriba, en lo más seco y salino, donde apenas llega el agua y la sal se concentra por evaporación, la sustituye Arthrocnemum macrostachyum, el almajo dulce, de artejos más gruesos y grises, y aparecen Suaeda vera, Halimione portulacoides, los Limonium —muchos de ellos endemismos locales— y los juncos halófilos Juncus maritimus y Juncus acutus.

Esa zonación se lee sobre el terreno como un mapa de centímetros: veinte centímetros de desnivel cambian la especie dominante. Y por eso los saladares son tan sensibles a cualquier alteración de la hidrología, un relleno, un camino o un drenaje.

Cuál se come, y cuál no

Conviene aclararlo porque el mercado ha popularizado el nombre. La verdura que se vende con el nombre de salicornia —también llamada espárrago de mar o alga de mar, que no es un alga— corresponde a las salicornias anuales, Salicornia ramosissima, S. europaea y, en cultivo comercial, S. bigelovii. Son plantas tiernas, herbáceas, sin base leñosa, que se recolectan jóvenes en primavera y comienzo de verano.

La Sarcocornia fruticosa es perenne y leñosa, con las ramas fibrosas y duras; sus brotes tiernos no son tóxicos, pero no es la planta del mercado ni tiene su textura. Y hay un matiz sanitario que sí importa: todas estas plantas son muy ricas en sodio, con contenidos que las hacen desaconsejables en dietas de restricción salina, hipertensión o insuficiencia renal. Quien esté en alguna de esas situaciones debe consultarlo con su médico o su farmacéutico. En cuanto a las virtudes que la tradición atribuyó a las «sosas» —depurativas, diuréticas—, no hay evidencia clínica que las respalde, y no procede tomarlas como remedio.

Su uso histórico real fue industrial: la quema de sosas y barrillas producía cenizas ricas en carbonato sódico, materia prima del jabón y del vidrio, y sostuvo una industria importante en el litoral levantino y murciano hasta el siglo XIX, cuando el proceso Leblanc y después el Solvay la fulminaron. De ahí le viene el nombre castellano de sosa.

En jardinería de costa y en restauración

En el jardín es una planta de nicho pero muy resolutiva donde otras fallan: primera línea de mar, taludes y rotondas litorales con riego de agua salobre o regenerada, jardines de arena con aerosol marino constante, y composiciones de estilo salino junto a Limonium, Atriplex halimus, Lycium, Frankenia y Tamarix. Aporta masa suculenta compacta y el cambio de color otoñal, que es su mejor baza.

Requiere sol pleno y no le importa el suelo, con tal de que no sea ácido y sombrío; en tierra de jardín normal crece más rápido y más blanda. El riego, moderado y regular en verano, escaso el resto. No necesita abono. Se poda ligeramente a finales de invierno para compactar la mata, sin entrar en la madera vieja, que rebrota mal. Rusticidad: aguanta heladas suaves, hasta unos -6 u -8 °C, aunque en el interior peninsular la combinación de frío húmedo y suelo pesado la perjudica.

Se multiplica con facilidad por esquejes de rama semileñosa en primavera u otoño, que enraízan en arena húmeda, y por semilla recogida en invierno, muy pequeña y de germinación mejor con agua ligeramente salobre.

En restauración es una pieza básica en la recuperación de marismas transformadas, salinas abandonadas y suelos agrícolas salinizados. Se planta para reinstalar el matorral halófilo tras devolver la hidrología, estabiliza el sedimento fino frente a la erosión mareal y crea el hábitat estructural que utilizan invertebrados y aves limícolas. Se investiga además su uso en fitorremediación de suelos salinos y con metales pesados, aprovechando su capacidad de acumulación; los resultados son prometedores pero conviene tomarlos como lo que son, una línea de trabajo en curso y no una técnica consolidada.

En resumen

Sarcocornia fruticosa —hoy Salicornia fruticosa en los tratamientos actuales— es el matorral suculento de artejos que domina el escalón intermedio del saladar, entre la Sarcocornia perennis de las cotas inundadas y el Arthrocnemum macrostachyum de las más secas y salinas. Sus tallos carnosos sustituyen a las hojas, y su suculencia es un volumen de dilución para la sal que absorbe a propósito y expulsa después desprendiendo los artejos viejos. El rojo otoñal de las marismas se debe a betacianinas acumuladas como pantalla frente al exceso de luz cuando el estrés salino frena la fotosíntesis. No es la salicornia que se come, que son las especies anuales y tiernas, y todas ellas son muy ricas en sodio. En jardín sirve para primera línea de mar y riego salobre, se esqueja sin dificultad, y en restauración de marismas y salinas es especie de cabecera.


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