El catálogo de otoño mete en una sola casilla, la de los bulbos, cinco órganos subterráneos que ni tienen el mismo origen, ni se cortan igual, ni se multiplican igual, ni se entierran a la misma profundidad. Llamar bulbosa a una dalia es tan impreciso como llamar bulbo a un rizoma de iris, y la imprecisión no sería grave si no acabara en un tubérculo troceado que se pudre o en un cormo enterrado a quince centímetros que no llega a asomar.

La confusión tiene una causa razonable: los cinco órganos hacen lo mismo. Son almacenes. Guardan almidón, agua y una yema ya formada para que la planta pueda desaparecer durante la estación mala —el verano seco mediterráneo o el invierno frío continental— y rebrotar de golpe cuando vuelven las condiciones. Es convergencia evolutiva: distintas piezas de la planta engordaron para resolver el mismo problema. Lo que cambia es qué pieza engordó.

Bulbos de distintas plantas antes de la plantación

El bulbo verdadero: hojas apretadas alrededor de una yema

Un bulbo es un tallo comprimidísimo —el disco basal, esa placa dura de la que salen las raíces— rodeado de hojas engrosadas. Todo el volumen es hoja. La cebolla es el ejemplo didáctico perfecto porque al cortarla en dos se ven los anillos concéntricos y, en el centro, la yema del año siguiente.

Dentro de los bulbos hay dos modelos. El tunicado tiene las catáfilas cerradas unas sobre otras y una túnica externa seca, papirácea, que protege de la desecación: es el del narciso (Narcissus), el tulipán (Tulipa), el jacinto (Hyacinthus orientalis), el ajo ornamental (Allium) y la propia cebolla (Allium cepa). Esa túnica es la razón de que estos bulbos se puedan vender en malla, sin sustrato, y aguanten meses en un cajón.

El escamoso no tiene túnica. Está formado por escamas carnosas sueltas, imbricadas como las tejas de un tejado, y basta apretarlo para que se desprenda alguna. Es el bulbo del lirio (Lilium) y de la Fritillaria. Sin capa protectora, se deshidrata deprisa, y de ahí una consecuencia práctica de peso: los bulbos de azucena no toleran el almacenaje seco prolongado. Cuando en el garden aparecen arrugados y blandos ya han perdido buena parte de su reserva. Se compran en cuanto llegan y se plantan sin demora, o se guardan en turba ligeramente húmeda.

El cormo: macizo por dentro, sin una sola capa

El cormo del gladiolo (Gladiolus), del azafrán (Crocus sativus), de la fresia (Freesia) o de la Crocosmia parece un bulbo desde fuera, porque también tiene túnicas secas envolviéndolo. La diferencia se ve al partirlo: dentro no hay anillos, hay una masa blanca uniforme. Es tallo macizo, no hojas apiladas. Las túnicas exteriores son los restos secos de las hojas de la temporada anterior y no aportan volumen.

El cormo tiene además una biología llamativa: se consume entero cada año. La planta gasta el cormo viejo para producir la floración y, mientras tanto, forma uno nuevo justo encima, más los cormillos —hijuelos pequeños— alrededor de la base. Al arrancar un gladiolo en otoño se encuentra un disco arrugado y muerto debajo del cormo nuevo. Ese disco se descarta.

Tubérculo caulinar: yemas repartidas por todo el cuerpo

La patata (Solanum tuberosum) es un tallo subterráneo engrosado, y lo delata que tenga ojos distribuidos por toda su superficie: cada ojo es una yema con sus hojitas escamosas. También son tubérculos caulinares el caladio (Caladium), la begonia tuberosa (Begonia × tuberhybrida) y, con matices anatómicos, el ciclamen (Cyclamen), cuyo tubérculo procede del hipocótilo.

Que las yemas estén repartidas permite algo que ningún otro de estos órganos admite igual de bien: trocearlo. Se corta en porciones con una o dos yemas viables cada una, se dejan cicatrizar los cortes un par de días en sitio seco y aireado, y cada trozo dará planta. Con el ciclamen y la begonia esta operación es mucho más arriesgada por la podredumbre, y en jardinería doméstica rara vez compensa.

Tubérculo radical: engorda la raíz, y la raíz no tiene yemas

Aquí está el error de división más frecuente del jardín. En la dalia (Dahlia), el ranúnculo (Ranunculus asiaticus) o el boniato (Ipomoea batatas) lo que engorda es la raíz, y una raíz carece de yemas propias. Las yemas de la dalia están todas concentradas en el cuello, la corona de tejido de tallo viejo donde se insertan los tubérculos.

La consecuencia es directa: un tubérculo de dalia separado limpiamente, sin llevarse un fragmento de corona con al menos un ojo, no brotará nunca. Puede estar perfecto, gordo y sano, y quedarse en el suelo hasta pudrirse. Al dividir una mata de dalia en primavera —mejor en primavera que en otoño, porque las yemas ya están hinchadas y se ven— hay que cortar la corona en cuñas, cada una con su ojo y sus tubérculos colgando.

El rizoma: un tallo que avanza en horizontal

El rizoma es un tallo que crece tumbado, dentro del suelo o justo a ras. Tiene todo lo que tiene un tallo aéreo: nudos, entrenudos, hojas reducidas a escamas, yemas laterales y una yema apical que marca la dirección de avance. Emite raíces adventicias por la cara inferior. Lo tienen el lirio barbado (Iris germanica), el cannaceo (Canna indica), el jengibre (Zingiber officinale), el muguete (Convallaria majalis) y muchos bambúes, cuyo rizoma corredor explica su fama de invasores.

Al dividirlo, la regla es que cada fragmento lleve al menos un nudo con yema y un abanico de hojas. En el Iris germanica se descartan los tramos viejos del centro de la mata, ya agotados, y se replantan los extremos jóvenes.

La prueba del corte, en cuatro segundos

Con un órgano dudoso en la mano y un cuchillo, la identificación es inmediata:

Anillos concéntricos y una yema central: bulbo tunicado. Se deshace en piezas carnosas sueltas y sin túnica: bulbo escamoso. Masa uniforme y blanca, envuelta en túnicas secas, con un anillo de yemas cerca del ápice: cormo. Masa uniforme con ojos repartidos por la superficie: tubérculo caulinar. Masa uniforme sin ninguna yema en el cuerpo y con una cicatriz de inserción en un extremo: tubérculo radical. Pieza alargada con nudos y raíces por la cara inferior: rizoma.

Tulipanes en flor procedentes de bulbo tunicado

A qué profundidad va cada uno

La regla de partida, válida para bulbos y cormos, es enterrar a dos o tres veces la altura del propio órgano, medida desde su ápice. Un tulipán de 5 cm va a unos 12-15 cm; un crocus de 2 cm, a 5-6 cm. Enterrar de más retrasa y debilita la emergencia; enterrar de menos expone a las heladas y a que la planta se tumbe.

Hay excepciones que conviene conocer. Los lirios (Lilium) van más hondos de lo que su tamaño sugiere, unos tres diámetros, porque emiten raíces caulinares en el tramo de tallo situado por encima del bulbo y necesitan suelo ahí; la azucena blanca (Lilium candidum) es la excepción de la excepción y se planta casi a ras. El rizoma del Iris germanica se coloca con el lomo asomando al sol, porque enterrado se pudre. Y Nerine y Amaryllis belladonna quieren el cuello del bulbo fuera del sustrato.

Sobre fechas, en España: los de floración primaveral —tulipán, narciso, jacinto, crocus— se plantan de septiembre a diciembre, y en el sur y el Levante conviene esperar a noviembre, cuando el suelo ya ha enfriado, para reducir el riesgo de podredumbres. Los de floración estival —gladiolo, dalia, canna, begonia— van de marzo a mayo, pasado el peligro de heladas tardías.

Un aviso sobre toxicidad

Los bulbos de narciso, jacinto y tulipán contienen compuestos irritantes y son tóxicos por ingestión: los Narcissus por alcaloides del grupo de la licorina y los jacintos y tulipanes por rafidios de oxalato cálcico, que además provocan dermatitis de contacto en quien manipula muchos bulbos seguidos. Con guantes y sentido común no hay problema, pero no se guardan en la cocina junto a las cebollas ni al alcance de niños y mascotas. Si hay ingestión, se llama al Servicio de Información Toxicológica o se acude a urgencias.

En resumen

Bajo la etiqueta comercial de bulbosas conviven cinco órganos: bulbo tunicado (hojas en capas, con túnica seca), bulbo escamoso (hojas sueltas, sin túnica, frágil al almacenaje), cormo (tallo macizo que se consume y se renueva cada año), tubérculo caulinar (tallo con ojos repartidos, se puede trocear), tubérculo radical (raíz sin yemas, obliga a dividir por el cuello) y rizoma (tallo horizontal con nudos). Un corte transversal los distingue en segundos, y de esa identificación se deducen las dos decisiones que más determinan el resultado: cómo multiplicarlos y a qué profundidad enterrarlos.


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