Reunir doce plantas que toleren la sombra no da un macizo: da una colección. Lo que convierte un rincón umbrío en algo que se sostiene los doce meses no es el acierto en la lista de especies, sino cómo se organizan entre ellas. En sombra, además, el jardinero pierde la herramienta con la que suele resolverlo todo, que es el color de la flor, y tiene que apoyarse en otras.

Antes de montar nada conviene saber qué clase de sombra se tiene, porque la composición cambia por completo entre un patio fresco y una zona seca bajo copa: eso está desarrollado en el artículo sobre los tipos de sombra y cómo identificarlos. Lo que sigue supone ya identificada.

Tres capas y no más

Un macizo de sombra que funciona tiene estructura, capa media y tapiz, y las tres se plantan a la vez, no una detrás de otra según vaya apeteciendo.

La estructura son de tres a cinco arbustos o matas grandes de hoja perenne que dan volumen en enero, cuando lo demás ha desaparecido bajo tierra. En sombra sirven Fatsia japonica, Aucuba japonica, Viburnum tinus, Mahonia × media, Sarcococca confusa, Danae racemosa y, en clima atlántico o en el norte de Canarias, Dicksonia antarctica. Una regla útil: si al mirar el macizo en enero se ve tierra desnuda de lado a lado, falta estructura.

La capa media, de treinta a ochenta centímetros, es la que hace el trabajo visual entre abril y octubre: hostas, helechos, Heuchera, Bergenia, Astilbe, Helleborus × hybridus, Brunnera macrophylla, Tricyrtis hirta, Carex y Liriope muscari.

El tapiz cubre el suelo, evita que la lluvia lo compacte y ahorra escarda. Vinca minor, Waldsteinia ternata, Pachysandra terminalis, Ajuga reptans, Lamium maculatum, Geranium macrorrhizum, Epimedium y Ophiopogon japonicus 'Nanus'. Aquí conviene ser generoso en número: un tapizante plantado a nueve por metro cuadrado cierra en dos temporadas; a tres por metro, en cinco.

La textura hace el trabajo del color

En un arriate soleado el ojo se orienta por manchas de color. En sombra, donde predomina el verde en todas sus gamas, lo que separa una planta de la siguiente es la forma y el tamaño de la hoja. Ese es el recurso principal, y conviene manejarlo con intención.

Las hojas de sombra se agrupan en tres familias visuales. La hoja ancha y entera, que lee como una masa sólida: Hosta, Bergenia, Fatsia, Farfugium japonicum, Asplenium scolopendrium. La hoja dividida y plumosa, que lee como un encaje y deja pasar la luz: helechos como Polystichum setiferum o Dryopteris affinis, Astilbe, Aruncus dioicus, Acer palmatum del grupo Dissectum. Y la hoja lineal, vertical y estrecha: Liriope, Ophiopogon, Carex morrowii, Iris foetidissima.

El principio de composición es sencillo: nunca dos vecinas de la misma familia. Un helecho junto a una astilbe es una sola mancha confusa; un helecho junto a una hosta se distinguen a diez metros y en día nublado. Y una vez elegidas las combinaciones, la textura se repite a lo largo del arriate en tres o cuatro puntos, para que haya ritmo y no una sucesión de ejemplares distintos.

El brillo cuenta también. La hoja lustrosa de la Aucuba o del Danae devuelve luz y anima una esquina apagada; la hoja mate y azulada de Hosta sieboldiana la absorbe. Alternarlas da profundidad.

Helecho culantrillo de hoja fina y dividida en un rincón sombrío

Hoja clara y variegada, en dosis

El verde limón, el crema y el blanco funcionan en sombra como funcionaría un foco: iluminan. Hakonechloa macra 'Aureola', Brunnera macrophylla 'Jack Frost', Lamium maculatum 'White Nancy', Hosta 'Frances Williams', Milium effusum 'Aureum' o Farfugium japonicum 'Aureomaculatum' rompen la masa oscura sin necesidad de que florezca nada.

Dos precauciones. La primera es de composición: si todo va variegado, la vista se satura y el efecto desaparece; lo razonable es que la hoja clara ocupe entre un quinto y un cuarto del conjunto, concentrada en el punto donde se quiera llevar la mirada, que suele ser el fondo del macizo, porque el claro al fondo agranda la perspectiva.

La segunda es fisiológica. Una hoja variegada tiene menos superficie de clorofila que su equivalente verde, de modo que en penumbra profunda crece más despacio y puede acabar revirtiendo a verde en los brotes nuevos. Las variegaciones se colocan en la parte más luminosa de la zona umbría, no en la más oscura. Y el amarillo de Hakonechloa o de Milium se quema con dos horas de sol de tarde en el interior peninsular, así que su sitio es la sombra clara y no la media sombra de poniente.

Floración escalonada, para que no sea todo mayo

El macizo de sombra recién comprado suele florecer entero entre abril y junio, porque esas son las plantas que están en flor en el vivero cuando uno va. Repartir la floración exige comprar fuera de temporada, o comprar en verde y fiarse de la ficha.

Un calendario que funciona en buena parte de España, con ajustes de dos o tres semanas según altitud:

Enero y febrero. Helleborus × hybridus y Helleborus foetidus, Sarcococca confusa —que perfuma un patio entero con flores insignificantes—, Galanthus nivalis y las primeras Camellia japonica. Marzo y abril. Pulmonaria, Brunnera, Epimedium, Omphalodes verna, narcisos naturalizados. Mayo. Aquilegia vulgaris, Digitalis purpurea, Polygonatum multiflorum, Tiarella. Junio y julio. Astilbe, Hydrangea macrophylla, Astrantia major, las varas florales de las hostas. Agosto y septiembre. Anemone hupehensis, Tricyrtis hirta, Liriope muscari, Begonia grandis. Octubre a diciembre. Cyclamen hederifolium, Mahonia × media 'Charity', las cápsulas naranjas de Iris foetidissima, las bayas de Ruscus y Danae y la hoja marmórea de Arum italicum, que brota justo cuando lo demás se retira.

Ese último tramo, de octubre a febrero, es el que distingue un macizo pensado de uno improvisado, y se resuelve con frutos, hoja perenne y perfume más que con flor.

El suelo bajo el árbol, que es el problema de verdad

Si la sombra viene de un árbol, la planificación estética es la parte fácil. La difícil es plantar sin dañar al árbol y sin que las nuevas plantas mueran de sed en su primer agosto.

Las raíces absorbentes de un árbol no están en profundidad: se concentran en los primeros veinte o cuarenta centímetros y se extienden bastante más allá de la vertical de la copa. De ahí salen tres reglas.

No se aporta tierra por encima. Echar veinte centímetros de sustrato para «nivelar» asfixia las raíces superficiales, y hay especies que lo acusan durante años antes de morir; los cipreses, los cedros y las hayas son especialmente sensibles. Un recebo de tres a cinco centímetros de mantillo es el límite razonable.

No se motoazada. Fresar bajo la copa siega miles de raicillas absorbentes de golpe. Se planta a mano, abriendo hoyos individuales entre las raíces gruesas y sin cortar ninguna de más de dos o tres centímetros de diámetro.

Se planta pequeño. Un ejemplar de maceta de nueve centímetros o un rizoma a raíz desnuda necesita un hoyo minúsculo y se adapta a la competencia desde el principio. Uno de contenedor de tres litros exige un agujero que obliga a destrozar raíces y, además, arrastra un cepellón de sustrato que se seca antes que la tierra de alrededor.

La época importa: en el litoral mediterráneo y en el sur, de octubre a diciembre, para que el invierno haga el enraizado; en la meseta norte y en zonas con heladas fuertes, de febrero a marzo. Después, dos veranos de riego sin excusas, preferiblemente por goteo y no por aspersión, porque el aspersor moja la hoja y alimenta hongos en un sitio poco ventilado.

Y una salida honesta cuando el caso es imposible: bajo cipreses adultos, moreras viejas o ficus de raíz somera, no hay macizo que prospere. Ahí lo sensato es acolchado de corteza, algún grupo de macetas grandes y renunciar a plantar en el suelo.

Ritmo, escala y número de especies

Un macizo de sombra de treinta metros cuadrados se resuelve con ocho o diez especies, no con treinta. Cada una se planta en grupos impares —tres, cinco, siete— y esos grupos se repiten a lo largo del arriate. La repetición es lo que da sensación de proyecto; la variedad indiscriminada da sensación de vivero.

La escala se controla con una proporción sencilla: la estructura al fondo del orden de metro y medio, la capa media alrededor de medio metro y el tapiz por debajo de veinte centímetros, con algún ejemplar alto adelantado para que el borde no quede en escalones. Y el margen del macizo se define con una línea limpia de tapizante continuo, porque en sombra el contorno difuso se lee como abandono.

En resumen

Un macizo de sombra se compone en tres capas —estructura perenne, capa media y tapiz—, se articula por contraste de textura de hoja en lugar de por color, y se ilumina con un quinto de hoja clara o variegada situada en la zona menos oscura. La floración se reparte de enero a diciembre apoyándose en hellebores y Sarcococca al principio, anemonas de otoño y Tricyrtis al final, y en frutos y hoja perenne durante el invierno. Bajo árbol, la clave es no aportar tierra encima, no fresar, plantar ejemplares pequeños en hoyos abiertos a mano y regar los dos primeros veranos.


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